Cuando el camino “se porta duro”

Al seguir el trayecto de los migrantes centroamericanos y mexicanos del sureste hacia Estados Unidos en su paso por Guadalajara, el investigador Eduardo González muestra los riesgos que enfrentan con tal de escapar de una realidad mucho peor en sus lugares de origen. Evidencia también que, pese al esfuerzo de organizaciones sociales, como FM4 Paso Libre y El Refugio, parte de la sociedad y el gobierno estatal no han cobrado conciencia de que un problema de tales dimensiones no se resuelve ignorándolo.

Cinco centroamericanos no mayores de 50 años miran fijamente la tranquilidad del río Suchiate, cuyo serpenteo es la frontera chiapaneca con el istmo latinoamericano. Frente a ellos van y vienen, flotando, las cámaras de llantas sobre las que diariamente cruzan cientos de personas a nuestro país “sin papeles”.

Traen con ellos objetos legales e ilegales. “A nosotros no nos detiene nadie”, presume un balsero guatemalteco. Pueden entrar a México por alguno de los cientos de “puntos ciegos”, a cambio de pagar un dólar de peaje. Lo complicado viene después: atravesar la frontera vertical mexicana. Sin importar que la aventura migratoria comience en Chiapas, en Tabasco o en Campeche, la ruta tendrá su punto de intersección en Medias Aguas, Veracruz: la “estación de estaciones”.

De ahí el rumbo puede ser Veracruz y Tamaulipas, de breve territorialidad pero violencia inaudita; o el centro y occidente, de menor peligrosidad pero amplia geografía.

Desde el corazón de la República el camino se bifurca en dirección de San Luis Potosí, Saltillo, Nuevo Laredo o Ciudad Juárez. La segunda opción corre hacia Querétaro, Guanajuato y Jalisco, para alcanzar más tarde el desierto de Altar, Sonora, y la frontera de Baja California.

Históricamente los centroamericanos han construido su migración en función de su urgencia económica. El periplo se inició desde la segunda mitad del siglo XIX. El primer siglo y medio lo dominaron los flujos temporales entre las naciones centroamericanas y las plantaciones del Soconusco. En las décadas de los setenta y los ochenta del siglo XX, el violento empujón hacia Estados Unidos vino a consecuencia de las guerras intestinas del istmo centroamericano. Al final de los conflictos armados, la relativa estabilidad política fue insuficiente para mitigar el desempleo y la precariedad económica, por lo que la sangría poblacional volvió a repuntar a inicios de este siglo, esta vez con mayor violencia en la zona y la consecuente vulnerabilidad de los migrantes.

En la ruta del occidente, Guadalajara es la última gran urbe a mitad del camino donde los migrantes pueden “fortalecer” su andar. Varios encuentran refugio temporal en albergues y comedores; otros se hacen de un empleo; otros más “charolean” en las esquinas para obtener dinero; pocos se asientan en cinturones de miseria metropolitanos para prolongar su estancia; la mayoría se mimetiza con los indigentes citadinos.

La zona metropolitana de Guadalajara es atravesada por el tendido ferroviario. El tren cruza cinco de los seis municipios que la conforman: Zapopan, Guadalajara, Tlaquepaque, Tlajomulco y El Salto. Las vías recorren 61 kilómetros por 48 colonias de niveles socioeconómicos variopintos: 11 de Zapopan, 16 de Guadalajara, 17 de Tlaquepaque, dos de Tlajomulco e igual número de El Salto.

Las vías del tren se abren paso a través del mosaico multifacético de esta gran ciudad y sus millones de habitantes. Para los exiliados económicos las vías del tren y la mole de metal que las recorre –La Bestia, como la nombran algunos– constituyen un recurso para salir de su ciudadanía a la mitad, pero “un recurso muy peligroso”, afirma el sacerdote Esvin Rolando, uno de los encargados del albergue El Refugio. Atentos a lo que acaba de decir el padre, dos migrantes que se disponen a desayunar en el albergue aclaran: “Los pobres caminamos por las vías”.

El andar por Guadalajara inicia en Las Juntas. “Cuando no brincamos, los guardias privados nos bajan”, coincide una veintena de exiliados económicos que llegaron a pedir ayuda al albergue el 27 de enero. La mayoría recorre a pie calles y avenidas durante la noche, pocos son los que utilizan algún medio de transporte: “No tenemos dinero, y lo que traemos mejor lo usamos para comer”.

Muchos tapatíos hablan de ellos, pocos los miran. La zona metropolitana se torna violenta, indiferente. La población se muestra reacia frente a la disyuntiva de aceptar o rechazar a estos fuereños.

Solidaridad, no política social

La fría mañana de enero vence los tenues rayos del sol invernal al pie del Cerro del Cuatro. Varios llaman a la puerta de El Refugio, son rostros temerosos e historias diversas que siguen instalándose en el horizonte citadino. Bernabé, Santiago, Germán, Luis… todos comparten el penoso presente: huyeron de su país y fueron “tumbados” de La Bestia para ser asaltados y golpeados, pero lograron salvar lo único importante que traían: su vida.

“Los policías y los asaltantes siempre se ponen de acuerdo”, afirman con impotencia. Son semanas atravesando México, días sin poder salir de Guadalajara. En el norte nos “espera el coyote”, dice uno con más esperanza que seguridad. Todos dejaron familia y un presente desgarrador. Con la mirada hundida en el piso, otro de ellos comenta: “Se ha portado duro el camino”. En tanto, personal del albergue registra su llegada: nombre, fecha de ingreso, procedencia, nacionalidad, destino. Desde que el lugar abrió sus puertas se han levantado 2 mil 900 de esos registros.

Uno es el de Brenda. Ella salió de San Pedro Sula, Honduras, en octubre del año pasado. Son casi 100 días caminando hacia el norte. Entró por Tapachula, Chiapas. En algunos lugares ha pasado la noche en las banquetas porque no en todas las ciudades hay albergues, sino sólo comedores donde es imposible pernoctar.

“En Tapachula me quiso vender un señor –relata–. Me dijo que me iba a dar trabajo en una casa, pero adonde me llevó era una casa de prepago (casa de citas) donde un hombre me quiso abrazar y besar, me dijo que era carne fresca; yo lo empujé y me fui corriendo al cuarto”. Finalmente, la dueña de la casa la dejó en libertad.

Continúa: “En el camino he tenido mala vida, en Celaya nos bajaron a punta de pistola. Un policía me jaló de mi mochila y al caer me lastimé el tobillo”.

Desde Coatzacoalcos, un hombre la amarró y ensabanó para traerla: “Me tenía como gallina y me decía que no dijera nada”. Una amiga venía con ella. Al llegar a Guadalajara la dejaron en FM4 Paso Libre. Su amiga “se fue con esos señores”. El 11 de enero por la noche Brenda llegó a El Refugio.

Pese a todo, su pasado resulta más violento que su ofensivo presente: “Yo nunca tuve infancia, me crié en la calle. No tengo hermanos. Mi mamá se fue cuando nací. A mi papá no lo veo desde que me dejó tirada”.

Su padrastro la vendió a los 14 años a un hombre de 21. “Me casaron… Él me pegaba bien feo, me violaba en vez de tener relaciones bien”, recuerda Brenda, envuelta en su silencio que guarda muchas historias de abusos y vejaciones. Ahora tiene 24 años y va en busca de su bebé: “Me lo robó mi marido. Se fue con el recién nacido a San Antonio, Texas. Voy a seguir sola pero debo trabajar en Guadalajara para conseguir plata y pagar mi boleto”.

En la ruta tapatía, desde hace tres años y medio El Refugio es conocido como un centro de ayuda desinteresada. Al frente de la institución se encuentra el sacerdote y arquitecto Alberto Ruiz Pérez, quien se describe como “arquitecto de la basura porque juntó la basura y construyó con ella”.

El albergue tiene su origen en el trabajo realizado con los “drogadictos” desde hace 13 años, cuando el padre Alberto arribó a la comunidad. “Salíamos por las noches dos veces por semana. Los mensajes los daban los mismos chavos banda que no se drogaban; y mi función era avalar el acompañamiento”, recuerda.

Al paso del tiempo, al albergue comenzaron a llegar los primeros migrantes. “La convivencia con ellos se hizo más frecuente”, confirma Raquel, encargada del bazar donde cada miércoles se generan recursos para mantener el establecimiento. Más tarde el albergue fue trasladado de Las Juntas al Cerro del Cuatro, frente a la parroquia. Para 2011 se decidió atender únicamente a los migrantes porque su población era cada vez mayor que la de adictos.

Para 2013 el cardenal de Guadalajara, José Francisco Robles, bendijo el albergue. Entonces, comenta el padre Alberto, “me sentí respaldado por el Arzobispado y la fundación Cáritas”. La influencia territorial de la parroquia se extiende a todo el decanato con dos capillas: la de San Felipe y la de Guadalupe. Pero su presencia en la atención de migrantes se extiende por el sur hasta el Periférico y la Carretera a Chapala, y por el norte hasta la avenida Lázaro Cárdenas.

El albergue situado en la calle Constitución 325, a unas calles de las antenas del Cerro del Cuatro, opera gracias a la asociación civil Proviaso, fundada hace más de 30 años y cuyo presidente es el padre Alberto. Colaboran en ella el padre Esvin Rolando Marroquín Sánchez, de los misioneros de San Carlos; las Misioneras de la Eucaristía pertenecientes a la Iniciativa Kino en Nogales, Sonora; el administrador Rubén Ramírez Vázquez; Raquel Suárez, encargada del bazar; Luz Elena, trabajadora social; Nena, encargada de la cocina, y la psicóloga Sarahí Ruiz.

El establecimiento se sostiene con donaciones de la población y de varias asociaciones civiles. De todas formas, siempre son mayores las necesidades. Cada día llegan más personas que requieren ayuda urgente. El flujo no parece detenerlo nadie.

El horario del albergue es de las seis de la mañana a las 11 de la noche. Nadie puede entrar o salir si no es en ese lapso. El lugar cuenta con circuito cerrado de videovigilancia y un velador.

Aquí se brindan tres noches de alojamiento e incluyen tres alimentos por día, ropa y calzado, atención médica básica y la posibilidad de realizar una llamada telefónica a las comunidades de origen. Además, el comedor ofrece 80 comidas diarias a personas de bajos recursos, así como 300 despensas mensuales.

Desde hace tres décadas el comedor se encarga de la comida de medio día, el desayuno lo provee la Casa del Migrante y la cena la ofrece una familia del Movimiento Familiar Cristiano: todas las tardes una familia llama para preguntar cuántos migrantes llegaron y llevar suficiente alimento. En el patio trasero hay un pequeño criadero de conejos, gallinas ponedoras y patos. Con eso, dice el padre Alberto, “nos ayudamos para darles de comer a los migrantes”. Al dejar el albergue “los mandamos bien armados, sobre todo para el frío que les espera”, interviene Esvin.

El Refugio ha recibido apoyo por parte del gobierno estatal a través del Instituto Jalisciense de Asistencia Social (IJAS). En los últimos años éste otorgó 300 mil pesos, con los cuales se construyeron cinco dormitorios para hombres y mujeres, así como sanitarios, además de reacondicionar el patio. No obstante este apoyo, es evidente que el gobierno estatal y las autoridades municipales de la zona metropolitana siguen sin incluir en sus políticas sociales el fenómeno migratorio y sus consecuencias.

Las autoridades tampoco han dejado de criminalizar a los migrantes, mencionando, por ejemplo, que los centroamericanos comenten delitos en la ciudad. Así, los exiliados económicos sistemáticamente son marginados de posibles beneficios que pudiesen obtener de ciertas políticas sociales a su paso por nuestra ciudad.

Para romper esta lógica se impone que el debate sobre la atención a las poblaciones migrantes en el mundo se realice en planos locales y no nacionales, porque es en lo local donde se generan las dinámicas de exclusión hacia los migrantes. No podemos ignorar la simbiosis generada entre las poblaciones receptoras y migrantes. A querer o no, ambas realidades terminan por influirse en una nueva reconfiguración. Pero esta nueva realidad no debe convertir a los centros de paso, como Guadalajara, en lugares donde las poblaciones migrantes permanezcan desamparadas por la falta de atención gubernamental y por la puesta en marcha de políticas de seguridad y control.

La ironía se materializa cuando los centros urbanos se transforman en lugares de larga estancia al no generar condiciones suficientes para que los errantes del siglo XXI continúen su camino. De ciudades de paso, se convierten en destinos finales.

De vuelta a las vías

El 16 de enero Wilmer, Jenny del Carmen y Cristian Vladimir, originarios de El Salvador, venían montados en el tren desde Irapuato. Las agresiones habían quedado atrás. Sin embargo, al llegar a Poncitlán los guardias del ferrocarril los encañonaron con sus pistolas. La orden se escuchó con fuerza: “Cuando pare el tren se bajan”. La amenaza no se hizo esperar: “Si se suben al otro tren que viene los vamos a madrear”.

No hubo opciones. Caminaron 70 kilómetros desde Poncitlán hasta Guadalajara. Llegaron al Refugio el domingo a las tres de la tarde. Descansaron tres días y reanudaron su camino rumbo a Nogales. Antes de partir comentaron: “Veremos qué dice Dios. No tenemos a nadie en Estados Unidos”.

El padre Alberto comenta que, si bien se venden drogas, hay pandillas en los alrededores del albergue y la zona padece cierto nivel de violencia, sin embargo los trabajadores, los sacerdotes, las religiosas y los migrantes nunca han sufrido agresiones ni amenazas de esos grupos. Aclara que de todas formas, para evitar exponer a los centroamericanos a una situación inconveniente, sólo se les permite salir cuando van a realizar un trabajo conseguido por el padre Alberto, sea como albañiles, jardineros, fontaneros, carpinteros o pintores.

Al menos en la comunidad de Cerro del Cuatro esa es la forma en que los migrantes obtienen recursos para seguir su camino hacia Estados Unidos.

Sentados en el casa parroquial, frente al desayuno servido por la madre del ­sacerdote Alberto Ruiz, le pido a él su punto de vista sobre la diferencia que existe entre el rechazo a los migrantes por parte de los vecinos del comedor FM4 Paso Libre, en la colonia Arcos Vallarta, y la ayuda que brinda su grey del Cerro del Cuatro a los centroamericanos y mexicanos que pasan por ahí. “Yo creo que en aquellas comunidades falta trabajar el recurso espiritual”, contesta.

Brenda y Andrea ya se alistan para seguir su camino. El tobillo de Brenda no ha sanado, pero necesita continuar. No sabe si volverá a ver a su hijo; ni siquiera está segura de poder cruzar la frontera. Las dos saben que se arriesgan: “Vamos a lo que Dios diga”, es lo último que dicen antes de cerrar la puerta y enfilarse hacia las vías del ferrocarril.  l

*Doctor en ciencias sociales e investigador del ITESM.