El festival del dispendio

Este domingo 13 concluye la edición 31 del Festival Internacional del Cine de Guadalajara (FICG), uno de los más onerosos y antiguos del país. A decir de varios críticos, otros eventos similares, como los de Morelia y Guanajuato, ya lo rebasaron, pues ahí sí se promueven las cintas de los jóvenes productores nacionales. Por ejemplo, los morelianos sienten como propio el festival de su ciudad, lo que no ocurre con los tapatíos con respecto al FICG, donde este año se invirtieron 44 millones de pesos en sólo 10 días.   

El Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG) es “el más retardatario y ridículo de los festivales de Latinoamérica”, sostiene Jorge Ayala Blanco, el crítico e historiador de cine que durante dos décadas estuvo vetado y nunca pudo asistir a este evento anual en la capital tapatía.

Y cuando los organizadores “lo perdonaron” ya no valía la pena frecuentarlo, pues se convirtió en uno más los múltiples certámenes de su tipo en el país. Hoy, dice, el FICG es el único foro en el que su jurado internacional, para ser oído, tuvo que premiar la peor película: El mariachi gringo, en su edición 27.

“El FICG ya no es más que otra inepta prolongación del ego seudocultural de un nefasto cacique académico (Raúl Padilla López)”, comenta Ayala Blanco, autor de más de 30 libros y numerosos artículos en periódicos y revistas especializadas.

Para el crítico de cine local Hugo Hernández Valdivia la ausencia de Ayala Blanco en el FICG es lamentable y puede explicarse por sus incisivas opiniones contra algunos colegas suyos, como Emilio García Riera, quien desde el principio se acogió al festival.

Hernández Valdivia es profesor de asignatura en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) y colabora con frecuencia en la revista Magis de esa casa de estudios; Luvina, que edita la Universidad de Guadalajara, y escribe reseñas de películas y documentales en su portal cinexcepcion.mx.

Él sostiene que no existen criterios transparentes en la programación del festival, que este año llegó a su 31 edición; acaso la excepción fue Jorge Sánchez Sosa, quien cuando estuvo al frente del FICG tuvo claro lo que representa la producción cinematográfica.

Y como el festival crece “por decreto y casi por obligación” –cada año Raúl Padilla habla de más películas y más asistentes sin presentar cifras–, Hernández Valdivia decidió no asistir a la 31 edición que tuvo a Suiza como país invitado. En esta ocasión, comenta, ninguna exposición despertó interés, como ocurre con la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, presidida también por Padilla.

El FICG, insiste Hernández Valdivia, poco o nada ha contribuido a la creación de públicos. Y aun cuando las universidades locales incluyeron estudios sobre medios audiovisuales, eso no se refleja en el festival ni en un crecimiento en la oferta del llamado cine de arte.

Por extraño que parezca, los sitios que proyectan esa clase de películas son menos que hace tres décadas, cuando inició el festival. Antes existían el Cinematógrafo 1 y 2, el Charles Chaplin, Plaza del Ángel, además de los cines del Bosque y las salas Lux, que ahora programan cintas pornográficas. Hoy, añade, los cineastas tapatíos encuentran más apoyo en los festivales de cine de Morelia y Guanajuato.

Admite que aun cuando son pocas las películas locales que se inscriben en el FICG, los egresados de la Universidad de Guadalajara prefieren llevar sus producciones al festival de Morelia. Así lo hizo la realizadora Claudia Sainte-Luce con su ópera prima, Los insólitos peces gato, por ejemplo.

Otras películas, como Somos Mari Pepa, dirigida por Samuel Kishi Leopo, egresado del Departamento de Imagen y Sonido, no fue incluida en ninguna de las secciones en competencia del FICG, pese a que es una maravilla, sostiene Hernández Valdivia.

Otras opciones

El Festival Internacional de Cine de Morelia, que sólo tiene 13 años, es considerado uno de los más importantes del país, donde hay más de 120 eventos de ese tipo.

Ello se debe simplemente, según el crítico, a que ha sido congruente desde sus orígenes. Ha crecido en forma tan natural que hasta los morelianos lo sienten suyo, cosa que no ocurre en Guadalajara.

“No sé si ha dejado en la lona al FICG, lo cierto es que los cineastas mexicanos han manifestado en los últimos años una franca preferencia por participar en Morelia. En gran parte se debe a la calidez de la directora Daniela Michel, quien hace una verdadera labor de promoción dentro y fuera del país”, puntualiza Hernández Valdivia.

Antes, dice, el FICG funcionaba mejor como muestra de cine mexicano. Tenía claro el propósito de acercar al público a los productos nacionales; pero como festival internacional sus resultados no son tan espectaculares.

“No compite con festivales grandes, como el de La Habana; los realizadores latinoamericanos tampoco reservan sus producciones para competir en Guadalajara, de ahí que en la programación aparezca una buena cantidad de películas que ya circularon en otros festivales”, destaca.

Refiere que el FIGC tendría que pensar en una programación más amplia que incluya actividades académicas y no concentrarse sólo en “echar la casa por la ventana”, con alfombras rojas por todos lados.

En 30 años, asegura, los organizadores del FICG ya tendrían que haber madurado el proyecto, tener claros sus lineamientos y saber a qué público pretenden dirigirse, la producción que desean; pero no lo han hecho. Quienes sí lo lograron son los organizadores del Festival Internacional de Cine de Guanajuato, que en julio próximo cumple 19 años. Ellos le apuestan a los creadores de cortometrajes.

“Los jóvenes que empiezan van a Guanajuato y ahí son las estrellas, no le están robando cámara a nadie. Es un festival que está mucho más estructurado, mucho más organizado. La sección mexicana ha ganado muchísima fuerza, al grado de que los mejores directores y las mejores producciones nacionales se están dando cita ahí”, insiste Hernández Valdivia.

En el FICG, la falta de criterios en la programación de películas también se presenta en los homenajes y premiaciones. Algunas veces, como en el caso del español Antonio Banderas, algunos comentaristas de espectáculos escribieron que los organizadores aprovecharon su visita a la Ciudad de México para traerlo a Guadalajara.

Proceso Jalisco envió un cuestionario vía correo electrónico al crítico de cine Ernesto Diezmartinez sobre la falta de claridad del FICG en la programación de cintas.

Diezmartinez respondió: “En todos los festivales hace falta mayor claridad y transparencia en la selección de las cintas en competencia –especialmente cuando son mexicanas, insisto– y no estaría nada mal seguir el ejemplo del Festival de Durango que hace pública la deliberación de los jurados, por lo menos en el caso del premio de la crítica”.

Festival opaco

El FICG es un evento glamoroso. Por él han desfilado estrellas de Hollywood como Andy García, Willem Defoe, Matt Dillon, Brian de Palma, Antonio Banderas, Eva Longoria y Ron Perlman, quien fue el invitado de honor en la 31 edición.

Pero también es un evento opaco. Pese a que utiliza recursos de la Universidad de Guadalajara, de los municipios de Zapopan, Guadalajara y Tlajomulco de Zúñiga, así como de los gobiernos estatal y federal a través del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine), los organizadores nunca rinden cuentas.

En el portal del festival –www.ficg.mx– no hay un solo dato sobre la suma que se invirtió en la 31 edición que concluye este domingo 13. Sólo se sabe que la casa de estudios pagó el hospedaje y boletos de avión de la mayoría de sus invitados, además de los cocteles y fiestas que se celebraron la semana pasada.

La página web del Imcine tampoco indica cuánto aporta a los festivales de cine que se realizan en el país, incluido el FICG. El último dato de donativos al Patronato del FICG del que se tiene registro es de 2 millones de pesos y corresponde al año 2012.

El director del FICG, Iván Trujillo Bolio, comenta a Proceso Jalisco que en la 31 edición se gastaron alrededor de 44 millones de pesos. De ese monto, la Universidad de Guadalajara sólo aportó 12 millones de pesos.

Esos 44 millones de pesos invertidos esta vez –que se ejerció en sólo 10 días, entre el viernes 4 y el domingo 13– es elevada, si se compara con lo que el Consejo General Universitario (CGU) etiquetó en varios rubros para el año fiscal 2016.

El CGU, por ejemplo, destinó 34 millones de pesos al equipamiento de centros universitarios; 28 millones al Programa de Lenguas Extranjeras; 24 millones a la actualización de tecnologías, y 20 millones al Programa de Universidad Incluyente, destinado a reforzar los estudios de grupos vulnerables, entre ellos los indígenas y las personas con discapacidad.

Esos 44 millones de pesos invertidos representan cerca de 40% de lo que se asignó al Programa de Rehabilitación y Mantenimiento de la Red Universitaria para 2016: 122.9 millones de pesos.

Esa suma se invertirá en la restauración de infraestructura antigua, como la Escuela Preparatoria de Jalisco y la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz, así como en la rehabilitación de planteles de educación media superior en las poblaciones de Encarnación de Díaz, Contla, Telcruz, Chacala, Soyatlán del Oro, Oconahua, Santa María del Valle, El Chante, La Ribera, Bolaños, San Miguel Huaixtita, Amatitán, Jalostotitlán, Cocula, Unión de Tula y Huejuquilla el Alto.

Cuando se le pregunta a Trujillo Bolio cuánto le costó a la UdeG traer a Ron Perlman, comenta que no tiene la cifra exacta.

–Algunos críticos de cine señalan que el FICG está muy cargado a la farándula –le comenta el reportero.

–No comparto esa opinión. l