No deportar: mexicanos trabajando

Como estado expulsor de mano de obra y ruta de paso hacia Estados Unidos, Jalisco participa de esa compleja corriente migratoria que desemboca en las calles de las grandes ciudades gringas: Los Ángeles, Chicago, Nueva York… El investigador Eduardo Vázquez viajó a esta última y describe con detalle cómo los mexicanos se inventan allá la vida y el trabajo con tal de no volver al país de sus amores y sufrimientos.

Los locales comerciales de la Tercera Avenida hasta la calle 162 de Nueva York son muy parecidos a los de la zona de Obregón, en Guadalajara. De no estar en esta metrópoli estadunidense, se diría que venden fayuca. Por momentos las banquetas desaparecen de la vista, no hay espacio libre para transitar. Todo está ocupado por la vendimia ambulante: nieves, cocos, joyería, relojes, mangos, baterías de cocina, ropa, calzado, perfumes, películas piratas, cosméticos, audífonos y equipo de sonido, carteras, bolsas, cinturones, gorras. Los dueños de los locales sacan las prendas de vestir a las banquetas, los precios comienzan desde 1.79 dólares la pieza.

Aunque históricamente el impulso de los mexicanos para cruzar la frontera ha sido la precaria situación económica, no siempre han llegado a las mismas ciudades de Estados Unidos. Los primeros flujos migratorios se orientaron hacia Texas y California, al paso de tiempo aparecieron más alejados del sur estadunidense, por ejemplo en Illinois. Hoy la paisanada habita casi en todos los rincones del vecino país norteño. Una de las “nuevas” geografías es la ciudad de Nueva York, que ofrece variadas oportunidades de trabajo para la mano de obra dócil, barata y calificada que provee nuestro país, y por eso, según diversas estimaciones, en la urbe de hierro habitan al menos 320 mil mexicanos.

Esos migrantes se asientan en los cinco distritos neoyorquinos: Manhattan, Brooklyn, Queens, Bronx y Staten Island. En Manhattan habitan el “Barrio”, en el East Herlem, al norte de Upper East Side, dentro del cuadrante que hacen la Park Avenue al este, la 128 al norte, la Pleasant al oeste y la 100 al sur; todo atravesado por la importante avenida Lexington.

Es una zona que a lo largo del tiempo ha recibido diferentes oleadas migratorias. Primero llegaron holandeses, luego judíos, puertorriqueños y, en las últimas dos décadas del siglo pasado, los mexicanos procedentes de Puebla, Oaxaca, Guerrero y el Estado de México; todos en busca de una vivienda barata aunque sea de mala calidad, y un día a día “en español”, pero con bajo nivel de desarrollo humano.

El “Barrio”, como otras zonas de recepción migratoria, ha experimentado un desplazamiento de algunos habitantes hacia áreas aún de menor costo, por su lejanía de las zonas de trabajo y servicios, lo que ha sido aprovechado por los mexicanos para repoblar varias zonas al sur del Bronx. No es extraño que los mexicanos recién llegados a Estados Unidos compartan una casa a fin de aprovechar mejor los escasos recursos; situación que se repite cuando el desempleo los alcanza y los dólares los abandonan, obligándolos a dejar sus viviendas para rentar una sola entre varios.

En el Bronx, al norte de Manhattan, el glamour neoyorquino desaparece. La escasez satura los espacios. “Aquí muchos no ganamos ni mil dólares al mes”, dice un vendedor de tacos árabes. Se aprecia el desorden urbano y la pobre infraestructura citadina. Sin duda forma parte del “otro” Nueva York. Los mexicanos de aquí no se quedaron en su pueblo, pero están atrapados en la pobreza del alto Manhattan. Compran parte de su despensa en dos pequeños supermercados, Aldí y Rite Aid. Los dos establecimientos ofrecen productos de bajo precio, menor calidad y poca variedad. La letra “A” con la que la Sanitary Inspection Grade califica de “excelente” a un restaurante en Nueva York casi desaparece de los establecimientos de comida; la portan sobre todo las grandes cadenas de comida rápida que existen en la zona, que son muy pocas.

El trajín cotidiano de los brazos mexicanos apuntalando la economía neoyorquina no impide escuchar las voces de descontento sobre la tierra que los vio nacer, pero, sobre todo, de las autoridades que gobiernan nuestro país: “Veo a México de la chingada. El gobierno tiene a la gente engañada… Para que las cosas se resuelvan en México es necesaria una revolución”, es la cantilena que se repite. Las mismas ideas son expresadas sobre las autoridades mexicanas en Nueva York: “Esos del consulado mexicano son unas mierdas”, retumba la voz de un vendedor de frutas y verduras al sur de Brooklyn.

Vivir para trabajar

No hay duda que la paisanada vive para trabajar. “Aquí lo único que se ve es el trabajo: no hay cumpleaños ni Navidad ni Año Nuevo; nos estamos matando 12 horas al día”.

Como en todo proceso migratorio, el inicio es muy complicado: “Los tres primeros años son los más duros. Tienes que acostumbrarte a extrañar o, mejor dicho, a que no te duela extrañar”. Al comienzo, dice un entrevistado,  “muchos mapeamos” (del verbo to mop, trapear en inglés), sobre todo edificios públicos. Otros “empezamos a trabajar con judíos porque ellos no te piden papeles y te pagan en efectivo, aunque nunca te dan algo de más”. Trabajan en panaderías, restaurantes, lavanderías, fruterías, en el servicio doméstico y en un sinfín de locales comerciales, pero también como vendedores ambulantes de variadas mercancías y alimentos preparados.

Varios se emplean como repartidores de comida: “Nosotros trabajamos en el delivery”. Como no cuentan con licencia para conducir motocicletas, utilizan bicicletas. El trabajo, incluyendo los traslados, ocupa la mitad de su día.

“El trabajo es lo único que nos mantendrá en este país”, dice un grupo de taqueros que ofrecen sus productos en la Street Fair, una de varias ferias de verano instalada en la ciudad. La vendimia se monta los viernes, sábados y domingos, desde abril hasta noviembre. El sábado, los puestos se despliegan en la Octava Avenida, entre las calles 42 y 50; el domingo corren por la avenida Lexington y la 43. Este tianguis neoyorquino ofrece de todo y los vendedores son mexicanos, griegos, chinos, colombianos, ecuatorianos y brasileños. Los compradores principalmente son estadunidenses.

Fuera del tianguis, de los restaurantes, del servicio doméstico y otros empleos, muchas mujeres elaboran y venden tamales de pollo, queso, puerco o rajas, además de atole, champurrado, agua de horchata y arroz con leche. Ellas son originarias de Tlapa, Guerrero. Ofrecen sus productos en carritos de supermercado. Les compran los “morenos, dominicanos, blancos, chinos y mexicanos”: todos gustan de la tamaliza.

Varias entraron por el desierto desde inicios de la década pasada. Una de ellas “estuvo perdida un mes en la frontera”. Otras llegaron por McAllen, Texas, pagando hasta 4 mil dólares por el cruce. “Cuando una viene pasando la frontera no la dejan mirar por la ventana del carro, por eso no recuerdo por dónde pasé”, explica una de ellas. Pocas de estas mujeres tuvieron breves estancias en otros estados, la mayoría están en Nueva York desde el principio de su aventura migratoria. Prácticamente desde que llegaron comenzaron a preparar y vender tamales sin desmayo. Su jornada laboral comienza a las tres de la madrugada con la cocción de los tamales, que venden de seis a 11 de la mañana en la esquina de la 137 y Brooklyn, al norte de Manhattan. Solamente descansan un día: “Los lunes no hay tamales”.

Casi nadie duda de que en Estados Unidos “hay más oportunidades para los mexicanos que en nuestro país, porque se gana un poquito más, aunque la renta y los billes sean más caros. En cambio, en México ganas poquito y pagas mucho, en nuestra tierra el dinero no alcanza, hay trabajo pero pagan poco”.

Jorge piensa diferente: “Me dijeron que aquí en Estados Unidos se recogía el dinero… Llegué con mi escoba y recogedor y no encontré nada”. Para otros parrilleros “el que nace pobre, pobre se queda. Debes sacarte la lotería, porque ya ni vender droga es negocio”.

Con empleo o sin él, con papeles o en busca de ellos, junto a su familia o viviendo solos, para los mexicanos de la Gran Manzana ser migrante denota nostalgia, ansiedad, urgencia, temor. Juan, un empresario restaurantero, afirma: “Los migrantes estamos arrimados en este país; mi peor experiencia es ser ilegal”.

La “ruta dorada” a la ciudadanía

Algunos mexicanos consideran la apertura de un negocio como la culminación de años de trabajo y ahorro que les permite autoemplearse, dar trabajo a familiares y amigos, así como obtener independencia económica. Seguramente la movilidad social no está garantizada, pero al menos la seguridad económica sí. Los comercios que abren nuestros paisanos son “abarroteras mexicanas” que ya no necesitan importar los productos desde su país de origen, sino que los adquieren con los grandes mayoristas de Nueva York, que además les otorgan a los pequeños empresarios mexicanos créditos permanentes para que les compren.

A últimas fechas surgió una fuerte competencia para las abarroteras de mexicanos: los establecimientos que venden productos de México y contratan trabajadores de este país, pero cuyos dueños son chinos. Como la comunidad mexicana continúa creciendo, los orientales han encontrado un nicho de mercado en la dolariza de la paisanada nacional. “Somos tantos que ahora los chinos venden productos mexicanos y han comenzado a dejar de lado su tradicional vocación restaurantera”.

De todas formas el trabajo constante no sólo les ofrece posibilidades de quedarse en Estados Unidos, sino además mandar remesas a sus familias en México. Por eso, además del temor constante de ser deportados, los trabajadores mexicanos “sin papeles” sufren el llamado “robo de salario”: cuando al final de la jornada el empleador decide no pagar sus servicios y amenaza a los migrantes con denunciarlos a las autoridades. Frente a esa situación, los “indocumentados” generalmente se retiran con las manos vacías.

Sin embargo, en Nueva York ya se discute el proyecto de ley de Protección de Salarios Devengados Contra Robos (SWEAT, por sus siglas en inglés), que permitirá que los trabajadores cuyos salarios hayan sido reducidos ilegalmente o retenidos por sus empleadores tengan opciones legales para recuperarlos.

Uno de los aspectos más positivos de ese proyecto es que, de ser aprobado, proporcionará a todos los empleados la posibilidad de agregar los bienes activos del empleador en la demanda judicial por las violaciones a la ley de trabajo relativas al robo de salarios, es decir, los trabajadores podrían solicitar un embargo contra los bienes del empleador que les robe.

La manera de combinar la apertura de un negocio con la obtención de papeles para vivir “legalmente” en Estados Unidos se puede efectuar desde México. Es posible tramitar visas como inversionistas para abrir un negocio. La aportación requerida va desde 100 mil a 1 millón de dólares y se adquiere el compromiso de generar de tres a 10 empleos directos. En ese caso se otorgan visas con vigencia de entre uno a cinco años, con renovación anual. De 2007 a 2010 se tramitaron 8 mil 237 de estas visas, llamadas E1 y E2. Mediante estos documentos y con esa inversión, los migrantes “dorados” y sus familias obtienen la residencia estadunidense, con lo cual sus hijos tienen derecho a ingresar a escuelas públicas e incluso a universidades del Estado pagando las colegiaturas de residentes sin necesidad de tramitar una visa estudiantil.

Sin embargo, varios comerciantes mexicanos en Nueva York están recorriendo la ruta de los migrantes “dorados”, pero una vez avecindados en ese país. “Si a los mexicanos que llegan a poner un negocio les dan sus papeles, pues a nosotros, que ya lo abrimos y generamos empleo, también nos tienen que dar los papeles”, señala el dueño de un taller de bicicletas en Brooklyn. La apuesta de muchos como él para los próximos años es conseguir los papeles una vez que monten su negocio.

Esta estrategia necesariamente es atravesada por la coyuntura electoral. El cambio de jefe en la Casa Blanca a partir de enero de 2017 deja en un impasse la política migratoria y las leyes estatales y nacionales para enfrentar el fenómeno. No obstante, para muchos mexicanos “sin papeles” las campañas electorales y el desenlace del 8 de noviembre los tiene sin mucha preocupación:

“Que gane el que sea, Hillary Clinton o Donald Trump, a mí no me importa; yo no vivo del gobierno y trabajo para mis hijos –sentencia una florista de la Costa Chica de Guerrero–. Cualquiera de los dos candidatos, si deciden corrernos, lo harán con todo y niños, porque ni mi esposo ni yo tenemos papeles. Nos encontramos tranquilas porque sin mexicanos no es nada Estados Unidos”. Pero un muralista originario de Cuautla suelta voz en cuello: “Si gana Trump, pues que chingue a su madre. No nos va a poder sacar, no podrá hacer nada”.

Caminar una mañana por el “Barrio”, con su modesta infraestructura urbana y la estrechez económica de sus habitantes, y andar por la noche en las luminosas calles circundantes a Times Square, con interminables tiendas que disponen aparadores atiborrados con las últimas tendencias de la moda, deja en claro la insalvable distancia socioeconómica existente entre la opulencia de la zona más representativa de la urbe de hierro y una de sus concentraciones latinas menos favorecidas por los proyectos y recursos gubernamentales.

“Nuestra vida es el trabajo”, es la afirmación generalizada de la paisanada viviendo en Nueva York. Experimentan extenuantes jornadas hasta de 12 horas de trabajo que solo les permite llegar a dormir a sus casas, para reanudar el ajetreo al día siguiente. “Aquí la vida es chingarle, así que cuando hay descanso debemos aprovecharlo”.

Son los miles de mexicanos que trabajan en Nueva York. En sus brazos cargando una parte de la economía estadunidense. Pese a que sus familias están separadas, buscan estrategias para no regresar al pueblo que los expulsó.