González de Alba, ave de tempestades

Como intelectual y opinante de asuntos públicos, tal vez su mayor virtud haya sido la de dividir opiniones. Como divulgador de la ciencia fue una sobresaliente rara avis, y no sólo por haber sido una de las pocas personas que han llevado provechosamente este tipo de saberes a la prensa de nuestro país, sino por haberlo hecho con una claridad digna de encomio. Como escritor su fuerte fue el género autobiográfico y aun el confesional, pero no así la literatura de ficción, ámbito este último en el que sus alcances fueron más bien modestos, pues muchos de sus personajes principales y no pocas de sus historias cargan, aparte de un corto vuelo imaginativo, con otro lastre nada menor: se asemejan demasiado al autor y su mundo personal.

En las dos últimas décadas de su vida, cuando decidió quemar las naves en la Ciudad de México y radicarse en Guadalajara, poniendo tierra de por medio con quienes habían sido sus compañeros de viaje, con algunos de los cuales rompió lanzas para siempre y además de fea manera, Luis González de Alba alternó en la prensa su faceta de difusor de asuntos científicos (“La ciencia en la calle”, columna que años atrás había inaugurado en el diario La Jornada, del que fue cofundador y terminó de pleito) con la editorialista de cuestiones preferentemente políticas, materia esta última en la que no pudo o no quiso ocultar sus filias y sus fobias ni tampoco pudo disimular su giro ideológico –en opinión de algunos, un giro rayano en la “defección”– de la izquierda casi extrema a la derecha casi ídem.

Y así como fue sumando a su favor a una fauna variopinta entre ciertos sectores ilustrados (con y sin comillas) de centro derecha y hasta de la derecha descentrada, se granjeó el desafecto tanto de buena parte de la izquierda política mexicana y sobre todo de muchos de sus antiguos compañeros de viaje y hasta los de cautiverio en el Lecumberri de hace cuarenta y tantos años, a raíz de los trágicos sucesos de 1968. Ese camino o anticamino a Damasco (todo depende desde la posición que se vea ese tránsito ideológico) comenzó a recorrerlo Luis González de Alba después de las elecciones presidenciales de 1988, cuando todavía era militante del Partido Mexicano Socialista (PMS) y en tal condición participó en la campaña de Cuauhtémoc Cárdenas, que por entonces había sido postulado por una coalición de partidos y agrupaciones políticas de izquierda y centro izquierda (reunidas en lo que en su momento fue llamado Frente Democrático Nacional, FDN), cuando el susodicho candidato contendió contra Carlos Salinas de Gortari, el abanderado del PRI, y Manuel J. Clouthier, del PAN.

No obstante el desaseado proceso electoral de ese momento y el más que dudoso resultado oficial de esos comicios presidenciales (con todo y la tristemente célebre “caída del sistema”, casualmente cuando el candidato del FDN iba adelante en el cómputo de votos, lo que se revertiría incluso antes de la reactivación cibernética) González de Alba, lo mismo que otros intelectuales identificados en cierto momento con la izquierda y una legión de “liberales” (lo que sea que eso signifique), tácita y explícitamente acabó simpatizando con las “reformas neoliberales” y, consecuentemente, distanciándose de quienes seguían impugnando el “fraude electoral” y la política “modernizadora” emprendida por el salinismo.

Esto lo llevó a alejarse –y de una forma que algunos llegaron a calificar de “pendular”– de las posiciones ideológicas de su juventud y de su primera madurez para acercarlo peligrosamente a las posiciones de lo que comenzó a ser llamado “el nuevo PRI” (Salinas, Zedillo y en tiempos recientes hasta Peña Nieto) e incluso al PAN de Felipe Calderón, de cuyo lado estuvo en la pugna de éste con el tabasqueño Andrés Manuel López Obrador. Este político, el famoso Peje, sin duda la figura más notable y también la más controversial de la izquierda mexicana, se acabó convirtiendo en una suerte de bestia negra para Luis González de Alba, que en su faceta de editorialista no paró en su afán de querer presentar al tabasqueño no como representante en México de “la izquierda moderna”, sino como la encarnación del “viejo PRI” (que había sido responsable de la represión y la matanza de 1968, entre cuyos encarcelados estuvo precisamente González de Alba), partido al que AMLO habría exaltado líricamente en sus mocedades al escribir, según lo reiteraba el finado autor, la letra del himno de ese instituto político.

Esa obsesión antipejista, rayana en la monomanía, lo llevó a combatir todo aquello que fuera, se pareciera u oliera a López Obrador; un combate que mantuvo lo mismo desde las páginas de la prensa que en comentarios a través de los medios electrónicos. Esa postura la conservó hasta el final de sus días, es decir, hasta poco antes de que González de Alba optara por la autoinmolación por motivos que, por lo que parece, optó por llevarse a la tumba. Como consecuencia de esa recalcitrante postura política y a quererlo o no, el finado escritor terminó simpatizando con el “nuevo PRI” y, ¡quién lo creyera de una mente lúcida!, siendo más que considerado con el decepcionante, por no decir lamentable, gobierno de Peña Nieto, a cuya crítica prácticamente renunció.

Por otra parte, aun cuando llevaba 20 años residiendo en Guadalajara, ciudad en la que en los años cincuenta y principios de los sesenta también había pasado buena parte de su infancia y adolescencia, así como su primera juventud, muy poco (como poco casi nada) fue lo que se interesó por la vida política, social o cultural de su última tierra de elección. Su centro de gravitación, lo mismo que sus afectos y desafectos, siguió estando en la Ciudad de México, desde donde continuó viendo la vida pública del país. No pareció sentirse atraído ni por la vida académica ni literaria de la capital jalisciense ni tampoco por la lucha emprendida por organizaciones civiles, así se tratara de agrupaciones que reivindicaban los derechos humanos o se identificaban con la diversidad sexual y que por su confesa identidad en este ámbito todo mundo hubiera esperado que se hubiera adscrito públicamente a este movimiento.

En ciertas temporadas, cuando no era aquejado por las frecuentes recaídas que tuvo en su salud, se le veía en el teatro Degollado, asistiendo a algún concierto, o eventualmente en la presentación de algún libro suyo o de equis persona cercana a su afecto e intereses personales. No se sabe que alguna de las universidades asentadas en la capital jalisciense lo haya invitado a impartir algún curso, o de que hubiera recibido alguna propuesta de las instituciones culturales de la comarca. Guadalajara era sólo la ciudad en la que vivía y punto.

De vez en cuando podía leerse una queja suya en la prensa por un vecino ruidoso, o una nota en la que respondía a la observación que un lector hacía a equis comentario suyo. Pero los vaivenes de la política local o, por ejemplo, el inveterado caciquismo de la UdeG, eran cosas que le tenían sin ningún cuidado, a pesar de que los dirigentes de esa casa de estudios hubieran tomado el partido del gobierno (léase del presidente Gustavo Díaz Ordaz) durante los sangrientos sucesos de 1968.

No obstante, su renombre intelectual logró atraer en torno suyo a algunas personas de la localidad como fue el caso, en su momento, de las editoras de la desaparecida revista Tragaluz. Y casi a la par, su giro en el espectro ideológico le granjeó también la simpatía de varios de los jóvenes panistas cuando éstos ocupaban elevados cargos públicos y quienes se encargaron de organizarle al menos un homenaje o “reconocimiento” oficial, lo que sin ningún problema aceptó el antiguo militante de la izquierda mexicana.

Así fue González de Alba: una destacada personalidad paradójica y, sobre todo, un ave de las tempestades.