El Museo Regional de Guadalajara en riesgo

Si en el ámbito de la vida cultural de nuestro país el recién despedido 2016 cerró con la muerte del secretario federal del ramo, Rafael Tovar y de Teresa, así como de la cantante Betsy Pecanins y del narrador Guillermo Samperio, a escala estatal el cierre del año se dio con el aún irresoluto caso de las transformaciones que se vienen dando, y de manera por demás nebulosa, en el Museo Regional de Guadalajara (MRG) y las cuales hacen temer particularmente por la invaluable pinacoteca que ahí se resguarda y mal exhibe desde hace tiempo.

Pero lo más grave del caso es el incierto destino de esa colección, destino que sigue siendo una incógnita y que, de manera por demás sospechosa, no ha querido disipar la directora de esa institución, Martelva Gómez Pineda, tal vez porque los intereses de dicha funcionaria responden a los de altos mandos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), pero no así a los de los jaliscienses, a quienes en realidad pertenece dicho museo con todos sus haberes.

Y ello porque, aun cuando desde los años setenta el MRG ha venido siendo administrado por el INAH, tanto la institución museística como sus acervos fueron obra de personas nacidas en esta parte del mundo y quienes hace un siglo comenzaron a darle forma al que sin duda no es sólo el museo más antiguo y valioso de Jalisco, sino muy probablemente de todo el Occidente de México, y de manera preminente por su rica pinacoteca, integrada por una colección en la que abundan las obras maestras del arte pictórico de nuestro país, en particular de los maestros originarios de Guadalajara y su región, así como también de otros que trabajaron en ella desde la época virreinal hasta la primera mitad del siglo XX, y entre quienes, en este último periodo, no pocos de los aludidos se adscribieron a su manera a las vanguardias artísticas de entonces.

No está demás decir que ese rico acervo, conformado por cuadros únicos y excepcionales del arte mexicano, fue puesto en valor por un proyecto editorial de alcance intercontinental, a principios de los años ochenta: Obras maestras de la pintura, que la editorial española Planeta publicó en una docena de voluminosos tomos y que circuló por todo el orbe hispanoamericano. En esa obra enciclopédica se pasa revista a las colecciones pictóricas de los grandes museos del mundo como el de El Prado, el Louvre, la Academia de Venecia, el Hermitage, la Tate Gallery, la Pinacoteca Vaticana, la Galería de los Uffizi y el Museo de Arte Moderno de Nueva York, entre más de medio centenar de renombradas instituciones de este tipo. Y para sorpresa de propios y extraños, entre esos museos de clase mundial figura nada menos el MRG, el único de México que fue incluido fuera de la capital del país.

Pues ahora resulta que, con el pretexto de la elaboración de “un nuevo guion museográfico”, esa excepcional pinacoteca, que constituye a no dudarlo el acervo más valioso del mencionado museo jalisciense, pretende ser minimizada –algunas versiones hablan de algo peor: de que existe un proyecto para desmembrarla o de mudarla a otro sitio, incluso fuera de Guadalajara–, a fin de darle relieve a las colecciones de arqueología, paleontología, etnografía e historia que también alberga esa casa de las musas, colecciones que, si se considera el hecho de que fueron incorporadas posteriormente, bien podrían ser reubicadas en otro inmueble como el que durante casi un siglo ocupó la llamada “Quinceava Zona Militar” y desde hace año medio se encuentran instaladas abusivamente las oficinas de la Secretaría de Cultura de Jalisco, luego de clausurar de manera arbitraria y retrógrada el ahora extinto Museo de Arqueología de Occidente.

El MRG, que durante mucho tiempo fue conocido como Museo del Estado e inicialmente Museo de Bellas Artes del Estado de Jalisco, se acerca ya a su primer siglo de existencia, el cual habrá de cumplirse en 2018. Y precisamente en las vísperas de tan destacada efeméride y como bien puede advertirse, viene pendiendo sobre él un oscuro proyecto “renovador” que amenaza con marginar o desmembrar –incluso con desterrar de Jalisco– la joya de corona del MRG: la valiosa pinacoteca que ha sido reconocida por verdaderas autoridades en la materia.

Los habitantes de esta parte del mundo están en todo su derecho de defender su patrimonio cultural inmediato, máxime si se considera que tanto el museo como el edificio que ocupa son creación de tapatíos y prototapatíos de otras generaciones. La espléndida finca, ejemplo más que relevante de la arquitectura barroca regional, fue edificado en una de las contraesquinas posteriores de la Catedral, hacia fines del siglo XVII y comienzos del XVIII, para que sirviera como sede del primer gran seminario que hubo en la Nueva Galicia. Luego, con las Leyes de Reforma fue convertida en Liceo de Varones (en colegio público de educación media), función que cumplió hasta 1914. Cuatro años después, durante el gobierno de Manuel M. Diéguez y a propuesta del pintor tapatío Ixca Farías, pasó a ser el Museo de Bellas Artes del Estado de Jalisco, específicamente en una casa de las musas para resguardar y exhibir la pintura que durante siglos se había hecho en el occidente de México. Mal que bien –mucho menos bien en las décadas recientes– desde entonces esa vocación primigenia ha subsistido y también se ha enriquecido.

No sería exagerado decir que ese museo fue la primera obra constructiva de la Revolución Mexicana en el ámbito de la cultura y también en el educativo, pues nació en pleno movimiento revolucionario, varios años antes que otras instituciones como la Secretaría de Educación Pública, que data de 1921, y el INAH, fundado en 1939.

Y a riesgo de ser machacones, hay que insistir en que el MRG nació como pinacoteca, como un museo dedicado a la pintura que se había hecho en la vasta región que ahora conforman Jalisco y estados circunvecinos. Por lo mismo resulta inaceptable que esa inicial vocación pictórica, la cual ha subsistido desde entonces, pretenda ser echada por la borda y por funcionarios de la Ciudad de México como sería el caso de la ya mencionada Martelva Gómez Pineda, quien por segunda vez funge como directora del museo y hasta ahora no ha desmentido la repetida y más que creíble versión de que, con el pretexto del presunto “nuevo guion museográfico”, va a ser cancelada –o al menos recortada severamente– la valiosa pinacoteca que resguarda el MRG.

El pretexto aducido hasta ahora, aunque nebulosamente, es que con ese renovado guion ya no habría espacio suficiente para la exhibición de la pintura, en la medida en que se pretenderían privilegiar son los acervos de arqueología, antropología, historia y anexas; acervos que fueron integrados posteriormente, cuando la pinacoteca ya llevaba décadas siendo el alma de esa institución. Esos acervos no pictóricos comenzaron a querer ser destacados desde el momento en que el INAH se hizo cargo del manejo durante el sexenio de Luis Echeverría.

Por ello mismo, la invaluable colección de pintura del MRG no tendría por qué ser marginada y mucho menos excluida, pues como bien establece un añejo y aún vigente principio jurídico: lo que es primero en tiempo es también primero en derecho. Y como hasta ahora las autoridades culturales de la comarca han sido más bien omisas, está en la sociedad tapatía y en todos los jaliscienses defender la amenazada pinacoteca del MRG.