Miserias del gasolinazo

El duro golpe que el gasolinazo ha representado para la economía de las familias mexicanas no se limita al desmesurado incremento en el costo de los combustibles derivados del petróleo –incluido el aumento en el precio del gas doméstico y en las tarifas eléctricas–, así como el inevitable encarecimiento de mercancías y bienes de consumo, sino que se ha visto agravado por los ostentosos privilegios y el despilfarro de quienes han llevado una vez más al país al borde de la ruina: nuestros gobernantes, “servidores públicos”, funcionarios de primer nivel y demás fauna política, sin excluir a la flora ídem. Todos ellos y ellas siguen gozando de sueldos desmesurados y prestaciones principescas que, con muy contadas excepciones, son inversamente proporcionales a su decepcionante desempeño como presuntos servidores de la sociedad.

Lo peor del caso es que mientras estos gobernantes incompetentes atribuyen a “factores externos” la mala situación del país y no a su evidente falta de pericia para administrar correctamente los bienes de la nación, atendiendo las necesidades de la población, todavía tienen el descaro de salir muy campantes a pedirle más sacrificio y espíritu de unidad a sus víctimas (los mexicanos), mientras ellos, de una manera por demás cínica, simulan que se “aprietan el cinturón”, cuando sólo le hacen al Tío Lolo, al mantener intocados todos o casi todos sus privilegios.

Véase, si no, el caso de Jalisco, empezando por el gobernador Aristóteles Sandoval, con funcionarios de primer nivel (funcionarios estatales, municipales, judiciales, diputados, titulares de organismos descentralizados e independientes, sin olvidar a la cúpula que regentea a la Universidad de Guadalajara), quienes siguen teniendo sus mismos sueldos (que van de los 50 a los 100 salarios mínimos), aparte de vehículos oficiales, combustible gratuito, choferes, asesores, guaruras, ujieres…

Y lo de jugarle al Tío Lolo (aquel que gusta de hacerse tonto solo) no es ninguna exageración, porque, por ejemplo, ¿cuál es el beneficio para la población de que ahora en adelante equis funcionario utilice un vehículo oficial de seis cilindros y no de ocho? ¿Eso es de veras “apretarse el cinturón”? ¿En dónde estará la ganancia para lo sociedad con la anunciada reducción de un 30% en los gastos de representación y comunicación social, cuando nuestros bien cebados funcionarios estatales y municipales –con excepciones contadas como la de Zapopan–, así como legisladores, jerarcas universitarios y anexas siguen con sus mismos abultados sueldos y sus prestaciones intocados?

No nos engañemos, estamos ante un caso de falsa austeridad para tratar de distraer a la golpeada y burlada sociedad mexicana, a la que sus autoridades federales, en voz del mismísimo presidente Enrique Peña Nieto, hicieron la solemne promesa de que ya no habría más “gasolinazos” gracias a las llamadas Reformas Estructurales, comenzando por la Reforma Energética. Y a la hora de la verdad sucedió exactamente lo contrario. Lo menos que cualquier persona podría decir es que el presidente de la República quedó mal a los mexicanos, al no cumplirles o no poderles cumplir su reiterada promesa de “no más gasolinazos”. Pero son legión quien han salido a decir sin ambages –en diversos ámbitos, incluidas las manifestaciones contra el gasolinazo a lo largo y ancho del territorio nacional– que el primer mandatario del país engañó a los mexicanos, lo cual sería un agravio mayúsculo e imperdonable.

Hasta ahora a nadie convencen las explicaciones que el presidente de la República, el secretario de Hacienda y demás funcionarios, así como otros dirigentes políticos, han dado, culpando de tan gravosa situación lo mismo “al entorno internacional” que a la decreciente capacidad de refinación de Pemex, pasando por el encarecimiento del dólar y la menguante producción de crudo mexicano, a la que Peña Nieto, en el papel de humorista involuntario, equiparó con la disecación de “la gallina de los huevos de oro” o con el fin de la riqueza petrolera.

¡Un engaño por partida múltiple! Y un grosero engaño del que no se puede sustraer ni el gobierno del priista Enrique Peña Nieto como tampoco pueden hacerlo los legisladores (federales y locales) que aprobaron la decepcionante Reforma Energética, ni los gobiernos que precedieron al actual: los de los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón, así como los de los priistas “modernizadores” (Ernesto Zedillo, Carlos Salinas y Miguel de la Madrid), incapaces de poner al día la industria petrolera nacional y acabar con las corruptelas que han privado lo mismo en las sucesivas administraciones de Pemex que en el sindicato de la que durante mucho tiempo fue nuestra empresa paraestatal insignia. Todos ellos fueron cómplices en el gallinicidio, al cometer abusos y tropelías contra nuestra dorada ave de corral, a la que hambrearon, sobreexplotaron, asfixiaron, desangraron, desplumaron…

Desde mediados de los ochenta, es decir, desde hace más de 30 años, no se construye una refinería en México. Y las seis plantas existentes han sido descuidadas, de suerte que pronto pasamos de ser autosuficientes en gasolina y diésel, así como una potencia media en la exportación de petróleo crudo, a depender del exterior, comprando un porcentaje cada vez más elevado de combustible a empresas extranjeras. El último intento de construir una refinería ocurrió durante el sexenio de Felipe Calderón, cuando se dijo que todo estaba a punto para instalar una planta moderna y de gran calado en el estado de Hidalgo. Pero el entonces primer mandatario desaprovechó tontamente esa oportunidad, que era más que factible por las altas y bien cotizadas ventas de nuestro crudo.

Un investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana encontró que sólo en los 12 años de las administraciones de Calderón y Fox las exportaciones petroleras le reportaron al país 420 mil millones de dólares. ¿Dónde quedó esa riqueza? Se dilapidó tontamente. Lejos de reinvertir una parte de ella en exploración de nuevos yacimientos y en construir al menos un par de nuevas refinerías, se gastó en monumentos chafas y caros como la llamada Estela de Luz. Otra parte se fue en repartiéndola periódicamente, como “excedentes petroleros”, entre los gobiernos de las distintas entidades federativas, donde en la mayoría de los casos los gobernadores y presidentes municipales, lejos de destinar esos recursos en obras y proyectos productivos, los emplearon en gasto corriente, en aumentarse su sueldo y en corruptelas de todo tipo. Y a pesar de tamaña ineptitud y de tamañas corruptelas, a ningún funcionario se le fincó algún cargo. ¡México, el país de la impunidad!

A escala local, aparte de los sueldos desmesurados que se autoasignaron las sucesivas administraciones panistas –y que muy convenencieramente ha mantenido el gobierno del priista Aristóteles Sandoval–, la bonanza petrolera dejó en Jalisco el fallido y costoso proyecto de Arcediano, el Teatro Diana, el Auditorio Telmex y otras edificaciones del pretendido Centro Cultural Universitario de la UdeG; el Palacio de las Artes y la Comunicación (Palco), que si bien es manejado por negociantes de la radio y la televisión, fue construido mayoritariamente con dinero del erario; las onerosas y subutilizadas instalaciones deportivas que se hicieron para los Juegos Panamericanos de 2011, incluido el elefante blanco de la Villa Panamericana; el atorado proyecto del Zapotillo y la vecina ciudad fantasma a donde se planeaba enviar a las familias desplazadas de Temacapulín, Acasico y Palmarejo, los poblados que quedarían inundados por la presa de El Zapotillo.

Estas miserias son parte de lo que queda de la bonanza petrolera de antaño, costosas miserias por las que los jaliscienses, como el resto de los mexicanos, ahora tienen que pagar abusos, pifias y corruptelas de sus gobernantes con el gasolinazo.