Caminatas con José Emilio Pacheco

Supongo que al igual que los numerosos lectores de José Emilio Pacheco, me resulta difícil establecer con precisión el primer contacto que tuve con su obra. La razón es muy simple: su escritura nos resulta tan familiar, que la sentimos nacida con nosotros. Sin embargo, puedo rememorar vívidamente cuando leí por primera ocasión un texto de José Emilio que me ha acompañado desde entonces, y donde puede leerse entre líneas la poética de su proyecto.

Debe haber sido en 1972 cuando a bordo del Metro leí, en la heroica revista Plural de entonces, el cuento “Tengo para que se entretenga”. Desde ese momento, miré de manera distinta a Chapultepec, y no puedo pasar al atardecer por los alrededores del Castillo sin pensar en que se abrirá una puerta del centro de la tierra y un pálido soldado del Segundo Imperio me invitará a conocer los caracoles al reino de los muertos. Ese cuento, del cual José Emilio ha escuchado numerosas variaciones orales a partir de su texto, puede ser leído como un puro y contundente cuento de horror, pero también como símbolo del peso de la Historia, esa que no podemos negar no obstante nuestra tendencia al olvido.

Mi adolescencia estuvo habitada por ominosas presencias lovecraftianas, pero Providence, Arkham y Dunwich eran geografías próximas sólo en la imaginación. En cambio, José Emilio construía sus fantasías en escenarios familiares. De ahí su efectividad de lo siniestro: una familia puede ser devorada por las hormigas en un parque público; podemos desaparecer en los túneles del Metro sin que nadie se entere; en el Parque Hondo –metáfora del huerto cerrado– dos niños pueden descubrir la justicia de la vida y el desequilibrio en la repartición del amor. También en mi adolescencia miré la trilogía fílmica El viento distante, de la cual recuerdo sobre todo “Parque Hondo”, adaptada y dirigida por Salomón Leiter, donde en lugar del Parque Hundido que aparentemente evoca Pacheco en la narración homónima, aparece el parque México, con su teatro al aire libre Charles Lindbergh y la tienda de modelos para armar de Álvaro Obregón, escenarios más próximos al niño de la colonia Roma que fue Pacheco, escenarios que reaparecerán en Mariana, Mariana de Arturo Ripstein.

Pocos como José Emilio Pacheco han sabido leer la ciudad de México. Si sus inventarios sobre la Revolución Mexicana pueden integrar una historia privada del movimiento, no se quedan a la zaga sus numerosas páginas dedicadas a explorar la topografía, los luminosos personajes oscuros, los lugares comunes –y siempre nuevos– de la urbe. Al igual que el detective de “Tenga para que se entretenga”, José Emilio no se queda con el conocimiento inmediato; en cambio, busca los misteriosos nexos entre los elementos en apariencia dispares. Si El viento distante, su primer libro de cuentos, y la novela Morirás lejos tienen como principal escenario la Ciudad de México, es en Las batallas en el desierto donde se consuma la reconstrucción memoriosa y detallada de un tiempo y un espacio específicos: la colonia Roma del alemanismo. Es tal el fervor de José Emilio por la exactitud, que en la nueva edición de la novela ha precisado la forma de la fuente donde juega Carlos, en la Antigua Plaza Ajusco, hoy Luis Cabrera.

Me tocó atestiguar una primera correspondencia entre escritura y vida cuando José Emilio y yo caminamos por las calles del centro, pocos días antes del terremoto de 1985. En cada esquina, en cada casa, José Emilio encontraba, jubiloso y compartido, un fragmento para construir el discurso amoroso de nuestra ciudad. En el momento del sismo, José Emilio se hallaba fuera del país, dictando clases en la Universidad de Maryland. Su conversación con la ciudad devastada quedó establecida en “Elegía del retorno”, del libro Miro la Tierra. A partir del poema homónimo de Luis G. Urbina –el primero, como José Emilio ha notado, donde nuestra ciudad aparece protagónicamente– continúa en un tono presente y pavoroso, por exacto, el vaticinio ya presente en poemas de Los elementos de la noche.

Un segundo paseo ejemplar y una nueva lección de historia urbana, tuvieron lugar recientemente. A la salida de esa forma del paraíso llamada restaurante Danubio, José Emilio, Fausto Vega y yo, rumbo a la colonia Roma pasamos frente al edificio art déco de Teléfonos de México en la calle Victoria, donde, anotó nuestro guía, se hallaba la Cruz Roja y donde Trotsky agonizó tras ser herido por el piolet famoso o tristemente célebre, según se vea. En el cruce entre Cuauhtémoc y avenida Chapultepec, José Emilio nos dijo que según José Alvarado, Ramón López Velarde había escrito La suave patria en el bar La Rambla. Aunque no fuera cierto, como dudosa pero fascinante es la leyenda de que en su lecho de muerte corrigió las pruebas de imprenta del poema, ya no podremos beber impunemente en esa cantina. A la segunda copa, sobrevendrá un raptor en garañón y con matraca y entre los tiros de la policía.

Ya entrados en gastos lopezvelardeanos, propuse a mis amigos ir a ver la cuchara de López Velarde. Resulta que junto a la caja registradora de la nevería La Bella Italia, donde Ramón se citaba con Margarita Quijano, han colocado, enmarcada, una pala de nieve de 1920, que bien pudiera haber servido para la nieve del jerezano. Llegamos a la nevería pardeando la tarde, para encontrarnos con que la cantera del edificio estaba siendo profanada por sucesivas capas de pintura de aceite color gris Gayosso. Para consolarnos de la barbarie, pedimos la nieve de chabacano que seguía teniendo el sabor de la niñez y que fue para nuestro Virgilio equivalente a la magdalena y la taza de té proustianos, pues a la salida nos propuso reconstruir la imposible geografía de Las batallas en el desierto. Cruzamos por la Plaza Ajusco, en cuya fuente Carlos trataba –infructuosamente– de olvidar los encantos de Mariana; vimos la casa de donde salió el general Serrano rumbo al patíbulo; pasamos por el taller mecánico en el número 183 de la calle de Guanajuato donde ha desaparecido todo vestigio de la casa natal de José Emilio, antigua casa del general Valdés; llegamos hasta la casa de sus tíos en la calle de Zacatecas, donde se inspiró para el escenario de su novela; cruzamos por la lonchería donde entre una torta de milanesa y un Orange, Carlos se entera de la muerte de Mariana.

Reconstruimos, en fin, la imposible geografía infantil de José Emilio, el buen enamorado de nuestra gran ciudad en minas. Puede desaparecer la colonia Roma, como todos sentíamos los primeros días posteriores al terremoto. Pueden desaparecer sus edificios, sus voces y sus hábitos. Pero su geografía permanecerá en la Ciudad de la memoria, en la escritura de José Emilio que deja testimonio de lo que sucesivamente, sin tregua y sin remordimiento, destruimos.