El otro muro antimigrante

En el ensayo que aquí presentamos, el especialista Eduardo González muestra los motivos específicos que impulsan a las mujeres mexicanas y centroamericanas a buscar un escape hacia Estados Unidos, las condiciones que enfrentan en el trayecto y lo incierto de su destino. Sin embargo, apunta el académico del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, campus Guadalajara, la determinación con que recorren la ruta y las consecuencias de sus decisiones reconfiguran “las relaciones familiares, laborales, de género y de poder en general, además de profundizar la autonomía femenina”.

En los últimos cinco años el rostro de la migración de tránsito por la zona metropolitana de Guadalajara ha cambiado cualitativa y cuantitativamente. La mitad de los migrantes que atraviesan Guadalajara son centroamericanos, la otra mitad son mexicanos, y de todos, apenas la mitad viajan rumbo al norte y el resto regresan a sus comunidades a consecuencia de la deportación, del desempleo o de conflictos familiares.

Sin negar que la presencia femenina es marginal frente al universo masculino, las mujeres, con sus características particulares, no dejan de arribar a las tierras tapatías en su camino al vecino del norte: casi siempre viajan solas, en pocas ocasiones lo hacen con sus hijos, en compañía de su pareja o junto a otras mujeres que encuentran en el trayecto. Casi nunca salen de sus comunidades con la ayuda de un coyote, lo que las obliga a cruzar solas a Estados Unidos o a buscar un contacto al llegar a la frontera norte; en la mayoría de los casos los hombres que aparecen en los grupos con mujeres lo hacen como parte de la población migrante e interactúan muy poco con ellas.

Las motivaciones femeninas para migrar no son sólo de carácter económico, también van en busca de un proyecto de vida independiente; de vivir un proceso de empoderamiento y agencia. El caso de la hondureña Karla muestra un poco esta situación: mientras su esposo prefiere quedarse en Sonoyta, Sonora, pues teme que la Patrulla Fronteriza lo detenga por segunda ocasión y lo encarcele en Estados Unidos, Karla quiere cruzar la frontera aunque sólo sea con sus dos hijos. Su esposo sabe que no la puede detener: “Si ella quiere pasar que lo haga, yo me quedo en México”, dice.

La feminización de la migración es una realidad presente desde hace muchos años, sin embargo, en la segunda década del siglo XXI la violencia que sufren en las comunidades de origen y a lo largo de las rutas migratorias va en aumento, lo que ha disminuido su presencia, aunque nunca se han alejado completamente del periplo.

A consecuencia de ello, sus estrategias migratorias se vuelven un tanto diferentes a las puestas en marcha por los hombres y los menores de edad. Principalmente se mueven en los autobuses llamados tijuaneros, y muy poco se trepan al tren conocido como La Bestia. Tampoco viajan en grupo como los hombres; la mayoría andan solas y algunas suelen tener estancias prolongadas en las ciudades, pero quienes obtienen un permiso del Instituto Nacional de Migración (INM) para quedarse algunas semanas en nuestro país no pierden el tiempo en los albergues y sólo permanecen una noche para seguir su camino a la frontera norte.

En sus comunidades experimentan la sistemática extorsión de las pandillas que exigen un “pago” para “garantizar” la “seguridad” barrial o por no reclutar forzosamente a sus hijos en los grupos criminales. Muchas madres no pueden evitar que los padres de sus hijos sean asesinados en el contexto de la lucha por el control de las plazas para la venta de drogas y la puesta en marcha de toda clase de negocios ilícitos.

Es el caso de Kenya, hondureña de 36 años, quien cuenta que su marido fue asesinado por los maras y sus hijos amenazados de ser reclutados, motivo por el cual tuvo que huir de su comunidad en compañía de sus hijos de 10 y ocho años de edad. “No me gustaría regresar porque vengo amenazada por las bandas, por eso salí huyendo. Donde yo vivía querían agarrar a mi hijo mayor. Tuve que salirme de ahí. Sin embargo, cuando los maras se enteraron me amenazaron y me dijeron que si los denunciaba me matarían junto con mis hijos”.

En un contexto similar, observamos mujeres mexicanas que huyen de la violencia de sus comunidades a consecuencia del narcotráfico. Cada día es más frecuente escuchar las voces femeninas que dan cuenta de ello. “Las madres solteras buscamos otro lugar para llevar a nuestros hijos y enseñarles lo mejor, para que no vean lo que está pasando en nuestro país”, dicen dos mujeres que se preparan para continuar su viaje.

La violencia que padecen en las rutas migratorias es una extensión de las difíciles situaciones en las comunidades de origen: asaltos, violaciones, abuso y acoso sistemático de las autoridades, agentes policiacos y miembros del Ejército y la Marina; incluso la violencia no concluye con el fin de la aventura migratoria, por el contrario, al llegar a las comunidades receptoras siguen sufriendo un entorno violento.

Albergues: sólo un respiro

En medio de la violenta territorialidad de las rutas migratorias construidas por los exiliados bélicos y económicos irrumpe la red de albergues y comedores que humanizan la constante desbandada ciudadana. Para muchas mujeres alcanzar las puertas de un albergue puede significar la diferencia entre la vida y la muerte, entre quedar a mitad del camino o poder seguir soñando con alcanzar la frontera norte.

Muchas de las mujeres que llegan a la zona metropolitana de Guadalajara se resguardan en el albergue El Refugio, dirigido por el sacerdote Alberto a las faldas del Cerro de Cuatro, en el municipio de Tlaquepaque. A su arribo todas son registradas: nombre, fecha y hora de ingreso, procedencia (última ciudad donde estuvieron antes de llegar a Guadalajara), edad, nacionalidad, ciudad de origen, destino. Se les asigna un número de folio y se registra el día de salida. Desde que el albergue abrió sus puertas han pasado por él 3 mil 300 migrantes.

Según los libros de registro, de la población que ha recibido El Refugio desde 2013, el 5% son mujeres. De las 133 registradas, 40 son mexicanas, 58 proceden de Honduras, 13 son salvadoreñas, 21 guatemaltecas y una de Nicaragua.

Asimismo 17 viajaban en compañía de sus hijos, de las cuales cuatro eran mexicanas, 11 hondureñas, una de Guatemala y otra salvadoreña. Solamente 12 viajaban acompañadas de un hombre y 14 regresaban a sus comunidades. El tiempo promedio de estancia en El Refugio es de dos días. La mujer de mayor edad registrada tenía 57 años y la menor tenía 21. El niño más pequeño contaba con cuatro días de nacido.

Muchas de las mujeres llegan a la zona metropolitana de Guadalajara luego de casi 100 días de haber ingresado a nuestro país. Más allá de la violencia que sufren en México, como la hondureña Brenda, de San Pedro Sula, quien fue bajada a punta de pistola en Celaya, perdió su mochila y se lastimó un tobillo (Proceso Jalisco 589), las mujeres pasan hasta 60 días detenidas en algunas estaciones migratorias, como la de Palenque, Chiapas.

Quienes han pasado por una de dichas estaciones llevan un “oficio de salida” con el fin de regularizar su estancia en territorio nacional “por razones humanitarias”. El texto indica que la portadora no se hace acreedora a ninguna multa y le previene que deberá presentarse en el término de 20 días naturales contados a partir de la notificación ante las oficinas de Regulación Migratoria del INM en Chiapas, a fin de continuar con su procedimiento de solicitud de refugiado fuera de la estación migratoria; asimismo, se indica “que deberá asistir semanalmente a la oficina señalada y en caso de no hacerlo su trámite será considerado como abandonado”.

Este documento es expedido a cada una de las mujeres, sus esposos y sus hijos. Por otro lado, la autoridad migratoria considera como abandono del caso si los migrantes salen sin autorización del estado donde solicitaron el refugio.

Cabe mencionar que el trámite de solicitud de refugiado se realiza ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar), que a su vez trabaja en coordinación con el INM. No obstante, el problema que viven los migrantes en las estaciones migratorias es la enorme discrecionalidad con la cual se les otorgan los documentos para tramitar el asilo o la condición de refugiado. Lo mismo sucede cuando son detenidos en la República Mexicana y su documento ya expiró, pueden o no ser deportados, según sea el ánimo de los agentes de migración.

Wendy es una delgada hondureña de 21 años, del departamento de Olancho, quien salió de su tierra el 1 de octubre y dos días después se encontraba en México. Para su mala fortuna fue detenida junto con su hija de cuatro años por el INM. Había ingresado por la población La Técnica, que colinda con Frontera Corozal, en Chiapas. Permaneció encerrada casi tres meses en la estación migratoria de Palenque. Como su madre es residente mexicana y vive en Tijuana, en el INM le dijeron que desde aquella ciudad le podía sacar un permiso mientras solicitaba refugio para evitar la deportación; finalmente, por ser mayor de edad, su mamá no pudo tramitarle nada y el 27 de diciembre pasado dejó la mencionada estación migratoria con un permiso de 20 días para ir a cualquier estado. Kenya viaja con sus dos hijos, de 10 y ocho años.

Karla, de 28 años, viaja con su esposo, su hija de 11 años y sus dos hijos de ocho y seis años. Salieron el 16 de octubre de 2016 y entraron por El Naranjo, luego llegaron al Pedregal y de ahí a Tenosique. Montados en La Bestia alcanzaron Palenque, donde los detuvo Migración, y solicitaron refugio.

Una vez con la solicitud y el oficio de salida, que venció el 16 de enero, dejaron la estación migratoria. En septiembre del año pasado regresaron y en esta ocasión quieren llegar hasta Carolina del Norte, donde vivirían con una hermana de Karla.

Como muchos, piensan cruzar por Sonoyta, aunque no descartan la posibilidad de quedarse en la frontera. “Tenemos la idea de poner un negocito de comida catracha”, dice su esposo, buscando convencer a Karla, quien tiene la idea fija de llegar a Estados Unidos. Incluso ya vendieron sus pertenencias y están esperando recibir el dinero desde su tierra.

“Nos vamos para Estados Unidos porque en Honduras con las 2 mil lempiras a la semana que ganaba mi esposo como motorista, chofer de un camión, no alcanza para vivir. Se necesita al menos el doble, unos 200 dólares a la semana. Pero a ver qué dice Dios. A ver si nos permite el viaje el Señor, porque uno hace los planes y él los deshace”, dice Karla.

La migración femenina está reconfigurando las relaciones familiares, laborales, de género y de poder en general, además de profundizar la autonomía femenina. Las mujeres centroamericanas y mexicanas que experimentan la “obligatoriedad migratoria” por motivos de violencia sin adjetivos, se convierten en “exiliadas vulneradas” por una lacerante realidad abarrotada de profunda violencia que limita el ejercicio de su ciudadanía, acorralándolas en una práctica de “ciudadanía pendiente”.