Promiscuidad partidista

Un fenómeno de nuestro tiempo son los presuntos políticos “apartidistas” o “independientes”. Otro, no muy lejano del anterior, es el de aquellos que cambian de un partido a otro por quítame allá esas pajas, o porque en el que militaban cometió el pecado de no postularlos para equis cargo de
elección o popular, o porque sencillamente creen que les puede ir mejor cambiando de aires. Se da el caso de grupos políticos o poderes fácticos que adquieren la franquicia regional de partido, con el consentimiento de los dirigentes nacionales de éste, para su particular usufructo. Ese ha sido el caso del muy devaluado PRD Jalisco, membrete que pasó a formar parte del capital político del grupo que controla a la Universidad de Guadalajara y encabeza el exrector Raúl Padilla.

Todo lo anterior ha terminado abonando no sólo al descrédito masivo de los partidos políticos, sino de algo todavía peor: al descrédito mismo de la política, pues a los ojos de cada vez más personas esta actividad ya no es vista como una forma de servicio público, sino de autoservicio personal o de grupo, y como un medio de “movilidad social” (léase de lucro) sus desvergonzados practicantes, e incluso como un campo propicio para ejercer la corrupción en grande (aunque también hay quienes tienen como carta personal de presentación la de “robar poquito”) y con la garantía casi segura de la impunidad.

Pero por encima de los grupos de interés que se agencian de equis marca partidista para su propio provecho, y aun de los políticos independientes o “ciudadanos” –una modalidad que se ha puesto de moda de algunos años para acá y que como todas las modas no se sabe cuánto vaya a durar– lo que sigue prevaleciendo desde hace ya buen rato y que no parece tener fecha de caducidad es el travestismo partidista o mejor aún la promiscuidad ídem, es decir, aquellos y aquellas servidores públicos o aspirantes a serlo que no tienen empacho en “chaquetear”, aun cuando en teoría ello signifique cambiar de credo ideológico.

Un caso reciente de promiscuidad partidista es la de un singular diputado local de la comarca jalisciense: Hugo Rodríguez Díaz, alguien que desde sus mocedades había hecho huesos viejos en el PRI –tanto que llegó a ser dirigente juvenil del tricolor– y que de súbito, durante las elecciones locales de 2015, abandonó el que había sido el partido de sus amores para irse con el boyante alfarismo, sumándose a las huestes de Movimiento Ciudadano (MC) como candidato al Congreso de Jalisco por esas mismas siglas, con el resultado de que el susodicho consiguió una curul, la cual sigue manteniendo hasta ahora, aun cuando acaba de cambiar nuevamente su querencia política (ahora sus afectos partidistas están con los de Morena: Movimiento de Regeneración Nacional y con el dirigente nacional de éste, Andrés Manuel López Obrador), por lo que desde hace escasas dos semanas ya no se presenta como parte de la bancada de MC, sino como “diputado independiente”.

Lo que acaba de suceder con Rodríguez Díaz es algo que tiene varios nombres: oportunismo político y falta de principios, así como deslealtad e ingratitud con quienes hicieron posible que el ahora diputado tránsfuga ocupe una curul en el Congreso de Jalisco, la cual le cayó de rebote por la vía plurinominal, lo que significa que el susodicho llegó cómoda y regaladamente a ser “representante popular” de los jaliscienses.

Y los motivos, que no razones, que el señor Rodríguez Díaz ha expuesto para tratar de justificar su salida de la bancada de MC, lejos de avalarlo, sólo lo exhiben como logrero y un oportunista, pues el legislador de marras dice que abandona a los del partido naranja, el mismo que lo llevó gratuitamente al Congreso de Jalisco, porque no ve que su dirigencia local ni sus principales integrantes estén comprometidos o siquiera identificados con la causa de López Obrador.

Pero ¿por qué si el diputado en cuestión sabía de antemano, desde antes de las elecciones de 2015, que entre Alfaro y López Obrador se había dado un distanciamiento, a pesar de ello aceptó participar con los alfaristas, quienes todavía le otorgaron la ventajosa condición de ir como candidato de repechaje? La respuesta parece ser muy sencilla: porque en aquel momento, con la marea alta del alfarismo, el señor Hugo Rodríguez consideró que eso era lo que más convenía a sus intereses personales, por no decir que a sus ambiciones ídem.

Y la misma respuesta podría darse ahora mismo: que el mencionado legislador deja la bancada de MC en el Congreso de Jalisco para enarbolar la bandera de Morena, con la ondeante efigie de López Obrador, porque considera que eso es lo más redituable para él en este momento y también porque calcula que sería lo más conveniente y provechoso para su proyecto político personal.

Dicho de otra manera, si el expriista, exemecista y promorenista Rodríguez Díaz fuera un político mínimamente consecuente, no debió haber aceptado ir como candidato a diputado bajo las siglas de un partido político que se había distanciado de López Obrador. Ahora bien, si la identificación del ahora “diputado independiente” con el abanderado nacional de Morena fue tardía y se dio recientemente, durante en el año y cinco meses en que lleva en el Congreso de Jalisco, lo procedente hubiera sido que pidiera licencia como diputado local para irse a promover a Morena. Y permitir que quien lo seguía en la lista de candidatos plurinominales de MC ocupara su curul, una curul que honradamente no le pertenece a él, sino al partido que lo postuló.

Pero como buen logrero que es, Rodríguez Díaz ha optado, sin pizca de pudor, por seguir cobrando como diputado mediante una representación social que no obtuvo personalmente, sino que le fue concedida por el partido al que ahora le ha vuelto la espalda. A partir de esta farsa política, alguien podría preguntarse por el nombre que mejor le convendría a este desfiguro: ¿El gato ingrato, Si los vi, no los conozco o Yo nomás rezo para mi santo?

Por lo demás, y para pesar de quienes de veras creen en el movimiento que encabeza Andrés Manuel López Obrador, el diputado en cuestión le hace un flaco favor a dicho movimiento, pues es muy poco lo que podrá sumarle más allá de su desprestigio político personal, tanto que no sería exagerado decir que con esa clase de aliados AMLO no parece necesitar de otros detractores.

Una “hazaña” adicional del diputado tránsfuga es que al irse de una manera tan evidente e impúdica a la cargada, viene a hundir todavía más a la muy desacreditada clase política de Jalisco, dándoles la razón a quienes ya de por sí tenían y tienen una muy mala opinión tanto de la política como del quehacer público. Esta actividad es vista por buena parte de la sociedad (tanto del país como de la comarca) no como una forma honesta de servir a los demás y de resolver los problemas de la colectividad, sino como el oficio favorito de una cofradía de simuladores y simuladoras, a quienes lo que realmente les importa es el lucro y el provecho personales.

Y aun cuando sigue habiendo honrosas excepciones entre nuestra desacredita fauna política –y también entre nuestra flora ídem–, entre esas excepciones no se encuentra precisamente el diputado Hugo Rodríguez Díaz, modelo de promiscuidad partidista y alguien que muy bien podría mandar imprimir en su tarjeta personal de presentación aquel celebérrimo aforismo de Groucho Marx: “Estos son mis principios, pero si no les gustan también tengo otros”.