Un mes de desatinos

Si el pasado pudiera corregirse, es muy probable que más de un funcionario del ayuntamiento de Guadalajara andaría afanado en querer enmendar los acontecimientos que a lo largo de este mes han metido a la administración de Enrique Alfaro en una seguidilla, si no de errores crasos, al menos sí de enfrentamientos con vecinos de distintos rumbos de la ciudad, enfrentamientos que, por lo demás, eran perfectamente evitables. Ello porque lo mismo el alcalde que los regidores de todas las fracciones edilicias, así como otros del municipio emprendieron acciones que se han ganado el repudio de buena parte de la sociedad tapatía, la cual, ni tarda ni perezosa, se ha manifestado en contra de medidas y acuerdos que las autoridades de la capital jalisciense tomaron de manera poco reflexiva.

Para empezar, el cabildo del primer municipio del estado y del cual forman parte regidores y regidoras de distinto origen partidista, aprobó un par de acuerdos con los que de seguro quedó encantado el grupo político que controla a la Universidad de Guadalajara (UdeG), pero que han disgustado a muchos tapatíos, quienes no han ocultado su malestar. Pocos días después de que el rector de la UdeG presentara su cuarto informe anual de actividades en el teatro Diana, se vino a saber que el cabildo de Guadalajara había aprobado “por unanimidad” hacer la entrega del subsuelo del jardín de Mexicaltzingo a la dirigencia udegeísta, junto con la autorización para que ésta pueda construir un estacionamiento subterráneo de dos niveles, a fin de que el mencionado teatro, propiedad de la UdeG, pueda subsanar esa falta de equipamiento con la que nació hace 15 años.

Vale decir que tanto la donación municipal como el permiso correspondiente para construir el estacionamiento fueron aprobados a las volandas por las autoridades tapatías, sin tomar en cuenta a los vecinos del barrio de Mexicaltzingo, quienes de inmediato manifestaron su repudio tanto al ninguneo de que fueron objeto por parte de la autoridad municipal como al proyecto de que el estacionamiento con el cual no cuenta el teatro Diana se construya, década y media después, en el jardín que se ubica enfrente del templo parroquial.

Y ante las manifestaciones de rechazo, lo mismo de vecinos de la zona que de agrupaciones sociales como el Colectivo de Reflexión Universitaria de la propia UdeG, algunos funcionarios, tanto del municipio como de la casa de estudios, comenzaron a hacer verónicas a toro pasado: que todo es por el bien de esa zona de la ciudad, que con ello todo mundo va a salir ganando y que a la brevedad se estarían reuniendo con las personas inconformes para explicarles al detalle de los incontables beneficios que el proyecto le acarrearía a esa demarcación del centro tapatío y entre los cuales se menciona la “ampliación” del área a intervenir, la cual planean convertir en una suerte de atrio-plaza, con el doble de la que tiene en la actualidad el jardín de Mexicaltzingo, al tenerse proyectado que las calles que circundan a dicha plaza pasen a ser peatonales o semipeatonales.

Las autoridades universitarias, pero sobre todo las del ayuntamiento tapatío, se engañan en este sentido, pues perfectamente se puede ampliar el mencionado jardín acotando la circulación vehicular, sin necesidad de hacer ninguna excavación, como la que se pretende realizar a profundidad en el subsuelo de esa zona. Al decir del historiador Tomás de Híjar, quien es cronista de la arquidiócesis de Guadalajara (Milenio Jalisco, 21 de marzo), el ahora amenazado jardín de Mexicaltzingo antaño fue el camposanto del pueblo que devino barrio (durante toda la época virreinal y buena parte del siglo XX), para luego ser convertido en “el atrio más bello de la ciudad”, el cual fue destruido en 1915, cuando se abrió la calle que pasa por enfrente del templo y el área restante fue habilitada como mercado. Éste último fue removido hace apenas 16 años, durante la administración municipal del panista Fernando Garza Martínez, hacia la manzana inmediata que se localiza al oriente, a fin de convertir el área libre en el ahora desahuciado jardín.

El citado Tomás de Híjar menciona que entre los insignes jaliscienses que hasta ahora reposan en ese sitio se encuentra Francisco Severo Maldonado, “pionero de la prensa hispanoamericana y autor del mayor estudio jurídico de su tiempo, el Contrato de asociación para la República de los Estados Unidos del Anáhuac”. Vale decir también que se trata del editor nada menos que de El Despertador Americano, el periódico que por órdenes de Miguel Hidalgo se publicó en Guadalajara entre fines de 1810 y las dos primeras semanas de 1811, y de alguien que, ¡oh ironía!, fue maestro de la primigenia UdeG.

Dicho de otra manera y sin ningún ánimo de exagerar, el proyectado estacionamiento subterráneo de Mexicaltzingo sería un atentado al patrimonio histórico de Guadalajara, aparte de que el inevitable socavón, a fin de habilitarlo como estacionamiento subterráneo de dos niveles, vendría a poner en riesgo la frágil estabilidad del templo parroquial, el cual se edificó sobre un terreno bajo el cual corren copiosos mantos freáticos, hecho que siempre representó un problema mayúsculo para la edificación de torres, aun cuando en tiempo más o menos recientes se construyera una que, aparte de enana y postiza, es muy poco agraciada.

¿Y todo para qué? ¿Para que quienes acudan al teatro Diana a ver a Jo Jo Jorge Falcón o a Polo Polo, entre otros clásicos de los refinados jeques de la UdeG, no tengan problemas para hallar estacionamiento? ¿Hasta tal extremo van a ser capaces de llegar las autoridades universitarias con el consentimiento y la complicidad (o cómo llamarle, si no) de la administración municipal que encabeza Enrique Alfaro?

Pero al desatino de Mexicaltzingo hay que sumar, en este mes que ya va llegando a su fin, la tala masiva de árboles (hasta antes del fin de semana largo las víctimas reportadas iban en ¡160 ejemplares adultos de copa grande!) que el gobierno municipal y el SIAPA emprendieron en el parque del Deán, ante la oposición de vecinos de la zona, cuyas protestas fueron tan airadas que lograron detener a los taladores oficiales, aunque no por mucho tiempo, pues se ordenó la intervención de la Policía de Guadalajara a fin de replegar a los inconformes. En el caso del Deán, el motivo de las “obras” es la habilitación de un segundo vaso regulador con el fin, muy discutido, de evitar las inundaciones que padecen algunas colonias aledañas con las avenidas de agua que bajan de las faldas del cerro del Cuatro durante el temporal de lluvias.

La eficacia de este proyecto ha sido puesta en duda por los estudios realizados por un académico de la UdeG. Esto equivaldría a decir que en el ayuntamiento de Guadalajara le apuestan a un bien incierto (querer evitar las inundaciones durante el temporal de lluvias) aunque tenga que pagarse con un mal cierto (la tala masiva de árboles sanos y adultos).

Más inexplicable resulta aún la intervención que comenzaron a realizar, a la par y aparentemente cada quien por su lado, el ayuntamiento de Guadalajara y el SIAPA en el parque de San Rafael, intervención que también ha provocado a una serie de protestas y hasta amparos judiciales de vecinos de ese punto del oriente de la ciudad. Lo inexplicable del caso es: ¿por qué en esa zona, más bien elevada en la topografía del territorio municipal, el SIAPA tiene que construir un impluvio (una gigantesca represa subterránea) en la cancha de beisbol del parque y por qué, si la obra la realiza un organismo estatal, la administración de Alfaro no ha querido deslindarse de tan repudiado proyecto? Misterio, en un mes de desatinos.