Gobiernos esquizofrénicos

En las semanas recientes, cuando la administración de Aristóteles Sandoval Díaz entró en el último tercio de su sexenio y los alcaldes de los 125 municipios jaliscienses están ya en la segunda mitad de su mandato, tanto en el gobierno estatal como en varios ayuntamientos metropolitanos, comenzando por el de Guadalajara, encabezado por Enrique Alfaro Ramírez, se viene agudizando una sintomatología francamente esquizofrénica, que aqueja sobre todo a los principales funcionarios de la comarca y de la cual no se salvan ni el gobernador ni el alcalde tapatío.

Ya no se trata solamente del típico abuso de la demagogia, ese discurso impostado, a base de palabrería y frases huecas, que busca halagar a los ciudadanos con el fin de obtener su simpatía o su respaldo. Se trata de algo peor. Por ejemplo, decir una cosa o hacer equis promesa y a la hora de la verdad acabar haciendo todo lo contrario. ¿O cómo explicar, si no, que el primer funcionario de Jalisco haya ido a Chapala, el pasado 22 de marzo, en ocasión de Día Mundial del Agua, para echar choro en defensa de los recursos hídricos de la entidad y en favor de la preservación de los pueblos amenazados por la presa de El Zapotillo, y al mismo tiempo, no haya desautorizado (Milenio Jalisco, 24 de marzo) la entrega de terrenos y vías estatales para el paso del acueducto que llevaría agua de la mencionada represa a la ciudad más poblada del vecino estado de Guanajuato?

Dicho de otra manera, el gobernador apoya de dientes para afuera a quienes habrán de salir perjudicados (los jaliscienses y sobre todo los habitantes de la región de Los Altos) con el proyecto de El Zapotillo, particularmente con el trasvase de agua a la ciudad de León, pues en la práctica su administración ha colaborado para que ese inicuo proyecto se realice. Y ante esta conducta tan contradictoria, por no decir que esquizoide y mendaz, cualquiera de los habitantes de esta parte del mundo, cuyos intereses se supone que defiende el señor Sandoval Díaz, bien podría repetir aquella frase que tanto usaba Carlos Monsiváis: “O ya no entiendo lo que pasa, o ya pasó lo que estaba entendiendo”.

Pero bien se puede pasar del caso del jefe del Ejecutivo estatal a casi cualquier otro u otra de sus colaboradores (as) para comprobar aquello de que por donde brinca el cabro grande, brincan también los cabros –incluidas las cabras– de menores dimensiones. Así, por ejemplo, desde la Secretaría de Cultura, que encabeza la señora Myriam Vachez, se anuncia que la Orquesta Filarmónica de Jalisco “busca acercarse a los universitarios” (El Informador, 29 de marzo), cuando la actual administración de esa dependencia estatal ha respaldado al director del ensamble (el ítalocanadiense Marco Parisotto) en su política de discriminación de instrumentistas locales, que en su gran mayoría son maestros o egresados (o ambas cosas) de la Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara, en favor de atrilistas venezolanos, estadunidenses y canadienses, quienes conforman el grueso de la plantilla de la Filarmónica “de Jalisco” (really?). En la práctica esto significa que para el gusto del señor Parisotto y de su valedora madame Vachez, la Escuela de Música de la UdeG no produce instrumentistas dignos de ocupar un atril de la OFJ, pero que como premio de consolación les ofrecen descuentos en los boletos de entrada al teatro Degollado para que escuchen a la orquesta de la que muchos de ellos fueron despedidos.

No menos esquizofrénico es el caso de la secretaria de Medio Ambiente, Magdalena Ruiz Mejía, quien todo el tiempo está echando rollo en favor de la preservación de selvas y bosques, del saneamiento de ríos, arroyos y otros cuerpos de agua, del debido saneamiento de las aguas residuales de uso domésticos e industrial, así como de la baja emisión de contaminantes a la atmósfera, especialmente en el área metropolitana tapatía. Pero a la hora de pasar a los hechos, las cosas siguen como siempre y en algunos casos peor. Véase, si no, el caso del contaminado lago de Chapala, o del insalubre río Atemajac, que atraviesa los municipios de Zapopan y Guadalajara. Para colmo, la funcionaria de marras elaboró un programa de verificación vehicular “de avanzada”, en cuya elaboración intervino toda clase de lumbreras científicas y cuando estaba a punto de entrar en operación, a principios de este año, su jefe (el gobernador Aristóteles Sandoval) detuvo su puesta en marcha como una de las medidas para dizque atenuar los efectos del “gasolinazo”.

Pero para sorpresa (sorpresa poco grata) o incluso para decepción de muchos simpatizantes del Partido Movimiento Ciudadano y en particular de uno de sus líderes mayores, Enrique Alfaro, la gestión de este último al frente del ayuntamiento de Guadalajara no ha estado a la altura de lo que se esperaba. En primer lugar, en lo de “enderezar el rumbo” del municipio, tomando siempre en cuenta el parecer de la ciudadanía, no se ha dado en casos particularmente sensibles como el del business inmobiliario Iconia, en Huentitán, o las más que discutibles e impopulares intervenciones en los parques del Deán y de San Rafael, o la entrega del jardín de Mexicaltzingo a la cúpula directiva UdeG para que construya en ese sitio un estacionamiento subterráneo para el teatro Diana, un inmueble de vocación farandulero que es propiedad de esa casa de estudios. En esos casos, Alfaro y compañía no han gobernado “con” los ciudadanos, como ofreció durante su campaña por la alcaldía de Guadalajara, sino contra la voluntad manifiesta de innumerables vecinos y juntas de colonos de esas demarcaciones.

Y en otros ámbitos de la administración municipal las cosas no sólo no se han hecho mejor, sino de un modo totalmente distinto a lo prometido. Así, por ejemplo, en lo que hace a ponerle un alto al poder fáctico como el que encabeza conocido exrector de la UdeG (¿eres tú, Raúl), la administración alfarista ha hecho algo peor que incumplir su promesa, al entregarle recursos económicos, materiales y hasta bienes patrimoniales que son de la comuna.

Así, por ejemplo, aparte de la ya mencionada plazoleta de Mexicaltzingo, el cabildo de Guadalajara aprobó, en la sesión del pasado 16 de marzo, ampliar en 57% el subsidio anual que el municipio entrega a una sola de las empresas padillescas: el llamado Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG), una suerte de Hollywood oropelesco que, gracias al alcalde Enrique Alfaro y regidores (as) que lo acompañan contará con 3 millones de pesos adicionales, aparte de los 5.25 millones que ya tenía asignados. Y este incremento se dio casi al mismo tiempo en que la directora de Cultura del ayuntamiento de Guadalajara, Susana Chávez Brandon, lamentaba un decremento del ¡50 %! en el llamado Festival Sucede, el cual organiza el propio municipio. ¡Qué generosidad, la del primer munícipe y los integrantes del Cabildo tapatío, quienes son capaces de quitarse el bocado de la boca para que los business que regentea el exrector Raúl Padilla no padezcan hambres!

Otro caso de despilfarro de la actual administración tapatía es el haberse gastado casi 3 millones y medio de pesos en una exposición de artes plásticas (la de David La Chapelle en el Cabañas) y en la visita a Guadalajara del expositor, dizque porque ello favorece “la agenda de la ciudad en su ruta para consolidarse como capital cultural de Latinoamérica” (Mural, 29 de marzo).

Ese dinero, sumado a la docena de millones de pesos que el gobierno de Guadalajara entrega anualmente a las empresas parauniversitarias de la UdeG (particularmente al FICG y a la FIL), representa más de la mitad del presupuesto que la Dirección de Cultura del propio ayuntamiento tiene asignado para todo el año.

Y los anteriores son sólo algunos de muchos ejemplos que se podrían enumerar de un estilo descaradamente esquizofrénico de gobernar, el cual ha ido sentando sus reales en esta parte del mundo.