Otro sayulense ilustre

En este 2017, en que se cumple el centenario del nacimiento de Juan Rulfo, acaba de morir la persona que mejor había estudiado los orígenes y la primera época del gran escritor mexicano. Once años menor que Rulfo, esa persona respondía al nombre de Federico Munguía Cárdenas, era oriundo de Sayula, donde vio también la última luz el pasado 30 de marzo, y con toda justicia pasaba por ser uno de los hombres más buenos y sabios del sur de Jalisco. Y de esa bondad y de esa sabiduría, al igual que de su enorme generosidad, se beneficiaron no sólo Sayula y su región (la otrora Provincia de Ávalos) sino la cultura jalisciense en general y aun la cultura nacional, ya que entre muchas otras cosas a don Federico se le deben las indagaciones más sólidas y confiables sobre los primeros años de la vida de Rulfo, al igual que todo lo relativo a los antecedentes familiares del más extraordinario narrador mexicano de todos los tiempos, así como la más documentada y puntillosa versión verídica, convertida en mapa, del territorio rulfiano.

Todos esos valiosísimos y desmitificadores datos están contenidos en una pequeña monografía que Federico Munguía publicó hace exactamente 30 años, poco después de la muerte de Rulfo, y la cual lleva por título Antecedentes y datos biográficos de Juan Rulfo, monografía que debería ser reeditada ahora que en este año se están cumpliendo 100 años del natalicio del autor de Pedro Páramo y de El Llano en llamas. En esa monografía figuran tanto la fe de bautismo como el acta de nacimiento de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Vizcaíno, quien con el paso del tiempo sería conocido con el nombre escueto de Juan Rulfo. En ambos documentos se consigna que el susodicho nació “en la casa número 32 de la calle Francisco y [sic] Madero […] de esta ciudad de Sayula (…) a las 5 de la mañana del día 16 dieciséis (sic) del actual (mes de mayo de 1917)”, y no como el mismo escritor solía decir y repetir años más tarde: en la barranca de Apulco, municipio de San Gabriel, en 1918.

Con la eventual reedición de este valioso trabajo biográfico, tanto la Secretaría de Cultura de Jalisco como el ayuntamiento de Sayula y también los otros municipios del Llano Grande podrían hacer un doble homenaje: al centenario del nacimiento de su hijo más ilustre y a la memoria del recién desaparecido Federico Munguía, quien fue una suerte de cronista libre, independiente e informal (es decir, no oficial), aunque documentadísimo, de Sayula y su región. Vale decir que cuando en algún momento aceptó a regañadientes el nombramiento de “cronista oficial” no hizo huesos viejos en ese cargo, pues como también practicaba y de muy buena forma (de manera informada y ética) el periodismo, publicó una nota que no fue del agrado de “su jefe” (el presidente municipal en turno) y como don Federico no estaba para guardar silencio y menos aún para hacer un periodismo cortesano, pues dejó su encargo oficial a las primeras de cambio.

Entre las prendas intelectuales y morales de don Federico Munguía, quien en 1971 fundó un muy apreciable periódico regional (Tzaulán), el cual subsiste hasta la fecha, estuvo el de haber sido un espíritu telúrico, con gran apego por su tierra, así como al estudio de las cosas y sobre todo de la gente del lugar, desde sus remotos orígenes precolombinos hasta los tiempos que corren. Esta tarea la pudo realizar a lo largo de sus muy fructíferos años de vida (murió a los 89), al tiempo que se ganaba el sustento y el de su familia en tareas manuales de todo tipo, entre ellas atendiendo, ya en la última etapa de su existencia, una tlapalería y ferretería de su propiedad, así como una huerta de aguacates en las afueras de la población, faena que lo mantenía ocupado diariamente, como él mismo gustaba decir, “de ocho a ocho”. Lo anterior significa que sólo los domingos y días festivos podía dedicarlos extensivamente a su vocación de cronista, por lo que se volvió adicto a robarle horas al sueño.

Varios de sus libros dan cuenta de lo que son y han sido tanto Sayula como el sur de Jalisco, en particular uno de ellos que lleva por título La Provincia de Ávalos, un valioso trabajo de microhistoria que en muchos sentidos se asemeja al clásico de clásicos del género: Pueblo en vilo, la obra maestra de Luis González y González. Y es que al igual que el gran historiador michoacano, el recién fallecido cronista sayulense se esmera en presentar el estilo de vida de un pueblo singular como el suyo y como, en honor a la verdad, lo son también muchísimas poblaciones y rancherías de nuestro país, aun cuando la gran mayoría de ellas no haya tenido la suerte de contar con alguien que pueda narrar y describir, desde dentro, la vida de esas comunidades.

Sayula sí tuvo quién lo hiciera, y lo hiciera con tino, afecto, rigor y sencillez. Desde el conquistador Alonso de Ávalos (pariente de Hernán Cortés y fundador de la villa de Sayula en la primera mitad del siglo XVI) hasta el mencionado Juan Rulfo, el recuento que don Federico Munguía hace de personas y personajes destacados en la historia regional, nacional y en algunos casos incluso internacional, originarios de Sayula, es ciertamente para presumir.

Entre otras notabilidades están el coronel insurgente José Guadalupe Montenegro, que da nombre a una muy conocida calle de Guadalajara; el ceramista Epigmenio Vargas, creador de la refinada “loza Vargas”, buscada por los coleccionistas; el científico Severo Díaz, vulcanólogo y fundador del observatorio meteorológico de la Universidad de Guadalajara; el compositor Francisco Cárdenas, autor de canciones tan célebres como el vals ¡Viva mi desgracia!, entre cuya larga nómina de intérpretes figura nada menos que Pedro Infante, pieza que inspiró asimismo una película homónima, protagonizada por el propio Infante; la famosa dinastía de cuchilleros de apellido Ojeda, maestros de la metalistería, cuyos orígenes en el oficio se remontan a la época virreinal, o escritores como el polígrafo Eduardo Luquín y el narrador Adolfo Carrillo, cuyos Cuentos californianos, obra publicada hace casi un siglo en la ciudad de Los Ángeles, convierten a este último en legítimo precursor de la literatura chicana.

Pero si de popularidad se trata, dos celebridades sayulenses hacen chuza: el ya mencionado Juan Rulfo, cuyas obras son las más traducidas de la lengua castellana después de El Quijote, y la mítica Ánima de Sayula, personaje pícaro y lépero inventado por Teófilo Pedroza, un michoacano, originaria de La Piedad, que se avecindó en el multimencionado pueblo jalisciense hacia la segunda mitad del siglo XIX, donde dio a la estampa su famosísima obra: Versos del Ánima de Sayula, en la que, según A. Jiménez, el autor de Picardía mexicana, aparece por primera vez, en forma escrita, ese típico y lúdico género del humor mexicano como es el albur: expresión coloquial de doble sentido con una alusión sexual implícita.

De todos ellos y de acontecimientos históricos, así como de infinidad de sucesos de la vida cotidiana sayulense dan cuenta las más que recomendables monografías, estampas y crónicas de don Federico Munguía, así como su vasto archivo con ¡más de 30 mil fichas! Todo ello convierte al recién fallecido, a quien siempre se veía vistiendo impecables guayaberas, en otro sayulense insigne; un sayulense que no morirá del todo como dice con precisión poética y filosófica el célebre verso del vate latino Horacio (Non omnis moriar) y que tan espléndidamente glosara el gran poeta modernista Manuel Gutiérrez Nájera.