“Que reconozcan nuestra humanidad”

Obligada a dejar la Ciudad de México después de tres secuestros exprés, Jeanette Vizguerra se refugió en Estados Unidos con su familia. Allá la alcanzó la marejada aislacionista de Donald Trump. Cuando cayó en las garras de la oficina migratoria fue condenada a la deportación, pero ella se refugió en la Iglesia Unitaria de Denver y desde ahí se convirtió en un ícono de la lucha de los migrantes por el derecho al trabajo y, en el caso de Vizguerra, por el derecho a vivir.

Como muchas mexicanas, Jeanette Vizguerra se vio obligada a emigrar a Estados Unidos a consecuencia de la violencia en nuestro país. En 1997, luego de tres secuestros exprés sufridos por su esposo –uno de ellos estando ella presente–, “decidieron” irse con su hija al otro lado de la frontera y dejar la Ciudad de México, donde nacieron.

Ya en el vecino país, su matrimonio terminó luego de 29 años pero siguen siendo amigos y están atentos a sus tres pequeños hijos nacidos en Estados Unidos: Zuri y Luna, de 6 y 13 años respectivamente, y Roberto, de 10. La mayor de sus hijas tiene 26 años; está casada con un estadunidense y protegida por la Acción Ejecutiva para los Menores llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés) puesta en marcha en la administración de Barack Obama para evitar la deportación de millones de jóvenes llevados al país por sus padres.

Actualmente, dice Jeanette, “mi hija está tramitando la ciudadanía estadunidense por necesidad, no por gusto”: con ello evitaría de forma definitiva una posible deportación, ya que la DACA debe ser ratificada por dos años más en 2018.

​Desde su llegada a Denver, Colorado, la vida de Jeanette se enmarcó en el trabajo y la lucha por los derechos de los migrantes mexicanos. El primer empleo que consiguió fue como conserje en un edificio. A los siete meses de laborar “me invitaron a participar en el Sindicato Internacional de Empleados de Servicios (SEUI)”.

El SEUI cuenta con más de 2.1 millones de afiliados sectorizados en el área de la salud, con 1.1 millones de trabajadores; en el ramo de servicios a la propiedad, con 225 mil afiliados que atienden la seguridad y la limpieza de edificios, y 1 millón de empleados concentrados en los servicios públicos locales y estatales. Todos unidos bajos la premisa de la dignidad y el valor de los trabajadores y los servicios que prestan; así como la de dignificar las vidas de los empleados y sus familias para crear una sociedad más justa y solidaria, según se lee en su declaración de principios.

Como activista, además de defender a los migrantes, dice Jeanette, “me ha tocado hacer protestas frente al consulado mexicano por los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa”.

​Ella es una figura muy conocida desde que los medios de todo el mundo informaron de su odisea, pues fue uno de los primeros casos notorios de persecución a los migrantes de origen mexicano bajo los dictados de Donald Trump.

La licencia vencida

Al preguntarle cómo llegó a refugiarse en la Primera Iglesia Unitaria de Denver y no en su casa a mediados de febrero pasado, narra después de un largo suspiro:

“Mi caso comenzó en 2009 cuando en Colorado estaba vigente la ley 278g y el programa de Comunidades Seguras, que permitían a cualquier autoridad policiaca solicitar información sobre el estatus migratorio de cualquier persona. En ese año fui detenida por un oficial de la policía y todo cambió.

“Mi licencia de conducir había expirado y no había podido renovarla. Antes de pedirme la licencia, el oficial me preguntó si me encontraba legal o ilegalmente en el país, como yo conocía mis derechos le dije que no contestaría a esa pregunta. Entonces me arrestó y comenzó a revisar mis pertenencias, en mi cartera encontró documentos a mi nombre y con mi fecha de nacimiento real, pero lo que complicó todo es que traía un documento con un número de seguridad social inventado. Era el número que utilizaba para solicitar empleo, aunque laboraba en dos lugares como trabajadora doméstica y empleada de mantenimiento, el salario no me alcanzaba, así que estaba buscando más trabajo.

“Para no tener otras complicaciones me declaré culpable por posesión de un documento falsificado, lo que se consideraba un delito menor. De todos modos esa situación generó la sentencia de deportación. Desde luego, apelé la decisión.

“Cinco veces seguidas me presenté ante las autoridades para una revisión de rutina de mi caso –continúa Vizguerra–; en esas ocasiones había obtenido una concesión para el retraso de mi expulsión. En diciembre pasado mi abogado solicitó un nuevo retraso, pero no recibimos respuesta.”

En febrero, ya con Donald Trump en la Casa Blanca, la petición fue denegada. Así, la sexta suspensión de deportación había expirado. Ella continúa su relato.

“Por eso, y porque miré que a una madre en Arizona la arrestaban y la deportaban inmediatamente, ya no me presenté en las oficinas del ICE. Mi temor e intuición me llevaron a buscar refugio. Así llegué a la iglesia.

“En los años que se llevaba mi proceso, mientras esperaba la suspensión de mi deportación, recibí en septiembre de 2012 la noticia de que mi madre estaba en fase terminal de cáncer y le daban dos días de vida. Tenía 15 años sin verla. Decidí regresar a México. Después de tantos años, tenía que despedirme o algo dentro de mí iba a morir. Desgraciadamente mi madre murió mientras yo iba en el avión. Sólo pude llegar para el funeral. En el viaje aproveché para visitar a mi abuela de 98 años, quien vivía en La Barca, Jalisco.

“Estuve siete meses en México. Batallé para conseguir empleo, me discriminaban por mi edad. Finalmente trabajé en una fábrica donde se ensamblan tapas para perfumes: mi sueldo era de 10 mil pesos al mes, pero no eran suficientes para mí y para mis hijos. Como había dejado a mis hijas y a mi hijo con su padre sentía que me estaba muriendo sin ellos, así que opté por el regreso en abril de 2013. Crucé por la frontera cerca de El Paso, Texas.

“Luego de caminar siete días a través de montañas y el desierto con mis pies destrozados, me detuvo la Patrulla Fronteriza. Mientras estaba detenida llamé a mi familia y a mis amistades activistas para contarles lo que había sucedido. Gracias a mi comunidad y a mi abogada, fui liberada con una nueva suspensión de deportación y una orden de supervisión.”

El reconocimiento de “Time”

Actualmente la opción legal de Jeane­tte Vizguerra –que en tanto fue considerada por la revista Time como una de las 100 personas más influyentes del mundo en la categoría de ícono, porque fue uno de los primeros signos de fuerte resistencia de la comunidad migrante hacia las políticas de Trump– es exigirle al Departamento de Seguridad Interior que no rompa los protocolos y el proceso.

“Tengo a un senador y dos congresistas apoyándome. Tengo un Bill privado en el Congreso y el Senado. Es una amnistía individual. Si la gano, obtengo la residencia, de lo contrario sólo detengo la deportación. Como otra posibilidad, estoy aplicando por una visa U.”

Este tipo de documento se otorga a víctimas de violencia, y en caso de obtenerla los acreedores acceden a un permiso que les permite permanecer legalmente en Estados Unidos y buscar empleo. Eventualmente, la visa U puede ser un paso previo para obtener la residencia.

En 2013, Jeanette fundó la Coalición Santuarios, por la cual iglesias, hospitales y escuelas son considerados como refugios donde las autoridades no pueden entrar a detener migrantes.

“A pesar de estar protegida en la Primera Iglesia Unitaria en Denver, continúo luchando por nuestros derechos. No puedo asistir a mi empleo pero cocino tamales y cheescake, imprimo playeras, imparto pláticas y talleres con lo que obtengo recursos para mantener a mis hijos”, comenta.

–¿Qué ayuda has recibido del consulado mexicano?

–Muy poca. Existe mucha burocracia, me piden que cumpla con muchos requisitos que por mi situación no puedo hacer, ya que no puedo salir. Me parece que es una manera de lavarse las manos y decir “no te puedo ayudar porque no viniste no cumpliste con los requisitos”. Aunque debo decir que se acercaron a mí y me ofrecieron 500 dólares.

“Se supone que el gobierno mexicano está mandando dinero a los consulados para proteger a los paisanos, pero aquí en Denver me dicen que esos recursos siguen sin llegar. No sabemos si los fondos no han llegado o están quedándose en la bolsa de los funcionarios.”

Cuando se le pide su opinión sobre lo que sucede en México, no duda:

“Nuestro gobierno está acabando con todo lo bonito que tenemos. Desde aquí miro cómo en México la corrupción, la apatía y la criminalización se incrementan cada día. A pesar de todo, amo a mi país.

“Además, lo que algunos pueden considerar criminal es una cuestión de supervivencia. La migración es buscar un lugar dónde vivir. Aquí mucha gente utiliza nuestros servicios, trabajamos en sus casas y sus edificios, los mantenemos limpios. Pero nada de eso ayuda para que obtengamos un pedazo de papel que reconoce nuestra humanidad, nuestra ciudadanía.

“Yo salí de México no porque lo quisiera, sino porque trataba de proteger a mi familia y darles un mejor lugar para vivir.”

​La noche del 25 de abril se llevó a cabo en Nueva York la gala donde se entregaron los reconocimientos de la revista Time. Por supuesto, Jeanette no asistió. En Colorado, dentro de la iglesia donde permanece, se realizó una pequeña reunión para festejarla.

“Todavía recuerdo cuando me avisaron del reconocimiento. Primero pensé que era una sorpresa: me están cotorreando. Me despertaron a las cinco de la mañana para avisarme. Al final era cierto. Era considerada un ícono, este premio es para quedar en la historia.

​“No dudo que vienen tiempos difíciles por una larga e intensa lucha, pero también sé que somos millones quienes la vamos a enfrentar y saldremos triunfadores”.