Tierra de conquista

Con la novedad de que se salió con la suya Jill Magid, la persona que desde el pasado 27 abril está presentando en el Museo de Arte Contemporáneo (Muac) de la Universidad Nacional Autónoma de México la exposición Una carta siempre llega a su destino: los archivos de Luis Barragán, en la que se exhiben, entre otras piezas de “arte conceptual”, una parte de los restos mortales del arquitecto tapatío Luis Barragán convertidos en un diamante por iniciativa de la susodicha y con la colaboración de familiares del insigne arquitecto, funcionarios del gobierno de Jalisco, exfuncionarios del municipio de Guadalajara e integrantes del Congreso del estado, así como varios barraganólogos y barraganófilos.

Después del niño ahogado o diamantizado –que no es lo mismo, pero es igual– las preguntas son inevitables. La primera de ellas tiene que ver con la ocurrencia “artística conceptual” o macabra de la señora Magid de transformar en diamante 525 gramos de las cenizas de Barragán, que hasta septiembre de 2015 se resguardaban íntegramente en una cripta de la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, para luego engarzar la necrófila gema resultante en una sortija de compromiso y ofrecérsela a la arquitecta italosuiza Federica Zanco, propietaria legal de los archivos de Luis Barragán, a cambio de dicho acervo, a fin de que éste pudiera ser “recuperado” para México.

Pero ¿llegó a creer de veras Magid que su propuesta de trueque tendría éxito y que conseguiría repatriar los archivos de Barragán que se encuentran en Basilea, Suiza? Si se parte del supuesto de que la susodicha no es ninguna tonta, seguramente nunca llegó a creer en semejante fantasía, máxime cuando de entrada el archivo profesional del ilustre arquitecto tiene un valor en el mercado de varios millones de dólares y el proceso de recarbonizar 525 gramos de lo que fue el arquitecto Barragán tuvo un costo de 28 mil dólares, pues las cenizas salieron gratis, debido a la credulidad, el candor, la buena fe, la inocencia, la ignorancia, la ingenuidad o el atolondramiento de los familiares facilitadores.

Por lo anterior, todo lleva a pensar que el móvil de la autora era otro: buscar una notoriedad inusitada con la manipulación de los restos de Luis Barragán, notoriedad que trató de disimular con el antifaz de una “buena causa”: la presunta recuperación de los archivos del único mexicano que se ha hecho acreedor al Premio Pritzker, el máximo galardón mundial en el ámbito de la arquitectura. Y el escándalo que eventualmente pudiera desatarse con su proyecto, lejos de perjudicar su propósito “artístico” y “altruista”, vendría a favorecerlo, pues a partir de la lógica del adicto a andar en boca de todo mundo, siempre rifa aquello de “con que hablen de uno, aunque sea bien”.

En tal sentido, ni hablar, Doña Macabra (alias Jill Magid) se salió con la suya, aun cuando la “buena causa” no se consiguiera, pues burlonamente Zanco rechazó su oferta y el anillo barraganesco, al no conseguir el propósito para el que presuntamente fue concebido, ha andado desde el momento mismo de su elaboración del tingo al tango, bogando de exhibición en exhibición (antes en el Museo de Arte Moderno de San Francisco, ahora en el Muac de la UNAM, en capital mexicana, y mañana quién sabe en dónde), con toda su cauda de escándalos. Todo ello, por una parte, para ganancia de Magid y sus promotores y sus fans. Y, en el otro extremo, para indignación de una parte del mundillo intelectual mexicano y también de otras partes del orbe, así como para vergüenza de no pocos familiares de Barragán, incluidos funcionarios y exfuncionarios de Guadalajara, del gobierno estatal y del Congreso de Jalisco.

En resumidas cuentas, resulta evidente de que una parte de la parentela de Barragán permitió que Magid se saliera con la suya. Y otro tanto se puede decir de la solícita intervención de las autoridades colaboracionistas y hasta atarantadas (del estado, del municipio y del Congreso de Jalisco), que no sólo le facilitaron las cosas a Doña Macabra, sino que permitieron que todo se hiciera “legalmente” y por lo tanto no hubiera delito que perseguir.

Y por lo que hace al capítulo más reciente, éste corre ahora mismo por cuenta de funcionarios de la Dirección General de Difusión Cultural de la UNAM –comenzando por su titular Jorge Volpi, la misma persona que, como jurado del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, avaló en 2012 la entrega de dicho galardón a un plagiario confeso: el tramposo y cínico escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, quien fue sorprendido repetidas veces firmando como suyos escritos ajenos–, funcionarios que han defendido a capa y espada la recién inaugura exposición de Magid en el Muac, incluida la exhibición de la masterpiece del escándalo: el anillo elaborado con la cuarta parte de las cenizas de Luis Barragán.

En cuanto a la cegatona intervención favorable –cegatona, aunque no por ello menos bochornosa– de funcionarios y exfuncionarios de Jalisco, la ilustre lista de colaboradores de este penoso numerito la encabeza Myriam Vachez, en su condición de titular de la Secretaría de Cultura, según el agradecido testimonio de la propia Magid: “Mi primer apoyo vino de Myriam Vachez, la secretaria de Cultura de Jalisco, quien tenía una gran influencia para involucrar a los integrantes del gobierno de Jalisco”. Lejos de negar esa intervención o de arrepentirse de ella, en un primer momento la funcionaria de marras hasta lo tuvo a timbre de orgullo personal, diciendo que a ella le parecía una cosa primorosa (“algo muy poético”) el hecho de que parte de los restos mortales de Barragán acabaran convertidos en una gema artificial.

Y al colaboracionismo de la administradora de las musas jalisquillas se vino a sumar el de otros funcionarios estatales, legislativos y municipales como el expresidente de Guadalajara, Ramiro Hernández y el exsecretario general del mismo Ayuntamiento tapatío, Jesús Lomelí Rosas, así como el ya mencionado director de la División Cultural de la UNAM, Jorge Volpi, y el director del Muac, Cuauhtémoc Medina. Todos ellos colaboraron en el proyecto de Jill Magid, aun cuando terminase siendo un proyecto fallido, al no conseguirse el objetivo que se prometió inicialmente: la repatriación de los archivos profesionales de Luis Barragán. Una engañifa, ¿qué duda cabe?, que incluyó la profanación de la cripta de Barragán y la manipulación de sus restos mortales, una tarea siniestra en la que Magid no estuvo sola, pues contó con la “legal” y sigilosa complicidad de todos los antes señalados.

Moraleja: casi cinco siglos después, México sigue siendo tierra de conquista, sobre todo cuando no escasean las Malinches (algunos parientes de Luis Barragán) ni los espontáneos tlaxcaltecas de ahora, aun cuando ya no luzcan penachos, como los señalados funcionarios colaboracionistas. Sólo falta que, a propuesta del rector de la UNAM, Enrique Graue, el Congreso de la Unión “anacrónicamente, absurdamente” (López Velarde dixit) dé el título de marquesa del Pedregal de San Ángel a Jill Magid que, a diferencia del original marqués del Valle de Oaxaca, el capitán Hernán Cortés, ni siquiera tuvo que repartir cuentas de vidrio, pues con la bisutería de su choro “artístico-conceptual” fue más que suficiente. Y como propina de esta nueva conquista y ya encarrerados en el arte de la enajenación (adoptar como propia la mentalidad de quien nos sojuzga), no faltaría la persona física o (in) moral que propusiera al Moctezuma II de ahora (Enrique Peña Nieto) que distinga a Magid con la condecoración del Águila Azteca y que la UNAM (por mi raza hablará la demagogia) le entregue el doctorado honoris causa.