Los años tapatíos de Juan Rulfo

Juan Rulfo, de quien hace unos días (el pasado martes 16) se cumplió un siglo de su nacimiento, pasó casi 20 de los 68 años de su existencia en Guadalajara, repartidos en distintas etapas (cinco, para ser precisos) y al menos en dos de ellas llegó a hacer planes para afincarse de forma definitiva en la capital de su patria chica, luego de haber tenido la experiencia de vivir en la capital del país. En las dos etapas iniciales y por ser niño pequeño, evidentemente no intervino para nada la voluntad del futuro escritor.

La primera de esas residencias tapatías se remonta a la época en que era apenas una criatura de brazos, cuando su padre, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, preocupado por la seguridad de su familia y la suya propia, decidió trasladarla a un lugar menos expuesto a los peligros del bandolerismo de la época en que Sayula, y ya no se diga que Apulco, San Gabriel y el Llano Grande –toda esa región, donde tenía sus negocios agrícolas y ganaderos– era azotada constantemente por gavillas de maleantes como la del temible Pedro Zamora, el más famoso cabecilla seudorevolucionario de aquella zona del sur de Jalisco, que navegaba con bandera de villista y quien incluso en 1914 había secuestrado al suegro de don Cheno (Carlos Vizcaíno), exigiendo no sólo una fuerte suma de dinero por su rescate, sino imponiéndole a su familia la entrega periódica de una cuota adicional a cambio de “respetar” su vida y sus bienes.

Ese fue el motivo de la mudanza de los Pérez Vizcaíno; primero de Apulco a Sayula y, cuatro meses después del nacimiento de su tercer hijo (Juan Nepomuceno Carlos, el futuro Juan Rulfo), de Sayula a Guadalajara. Según el testimonio del hijo mayor de la familia (Severiano, quien era tres años más grande que Rulfo), en agosto de 1917 los Pérez Vizcaíno se establecieron por entonces en el barrio tapatío del Santuario, donde don Cheno tomó en arrendamiento una casa más bien modesta, marcada con el número 564 de la actual calle de Juan Álvarez, entre Santa Mónica y González Ortega. Ahí viviría durante tres años y medio con su esposa María Vizcaíno, con los hijos de ambos (Severiano y Juan, a los que un año después vendría a sumarse Francisco Javier, que nació el 8 de noviembre de 1919), así como la nana y sirvienta Justa, quien había venido acompañando desde un principio a la familia Pérez Vizcaíno.

Para ganar el sustento de los suyos, el padre se dedicó a actividades comerciales, preferentemente a la venta de productos agropecuarios que le llegaban desde Sayula y el Llano Grande. En esa Guadalajara, que para 1917 no superaba los 135 mil habitantes, los Pérez Vizcaíno vivieron hasta principios de 1921, cuando don Cheno, a quien sólo le quedaban dos años más de vida (el 2 de junio de 1923 sería asesinado por Guadalupe Nava, hijo de un antiguo empleado de la familia Pérez Rulfo), consideró oportuno regresar al terruño, luego de enterarse con alivio de que “en noviembre de 1920 (Pedro Zamora) había partido a Canutillo para reunirse con Francisco Villa”, según lo consigna el recién fallecido Federico Munguía en su libro sobre la infancia y los orígenes familiares de Juan Rulfo. Para ese entonces el futuro gran escritor contaba con tres años y ocho meses de edad.

Seis años y medio más tarde comenzó su segunda época tapatía, pues en agosto de 1927 el entonces niño de 10 años fue internado, junto con Severiano, quien ya había cumplido los 13, en el Colegio Luis Silva (Morelos 644, esquina 8 de Julio). Ahí permanecería hasta 1932, año este último en el que fue admitido en el disperso Seminario Conciliar del Señor San José, tricentenaria institución en la que sería alumno durante dos años y la cual para ese tiempo no contaba con un domicilio fijo, a raíz de que la sede de ese centro educativo religioso había sido confiscada por las tropas obregonistas en el ya para entonces lejano 8 de julio de 1914, cuando el Ejército Constitucionalista tomó la plaza de Guadalajara, y por ello el seminario había funcionado desde aquella fecha en la semiclandestinidad, tanto en los anexos de algunos templos como en casas particulares. Dato relevante: Rulfo no hizo trámites para entrar a la Preparatoria de Jalisco, una de las 12 dependencias de la Universidad de Guadalajara (que en 1932 no se hallaba en huelga), sino para entrar al seminario tapatío.

Su tercera etapa en la capital jalisciense fue la más breve, de apenas cuatro meses (de los primeros días de octubre de 1939 a finales de enero de 1940), cuando la Secretaría de Gobernación, dependencia federal de la que el joven Juan Rulfo era empleado desde 1936 en la capital de la República, le concedió una licencia “sin goce de sueldo”, a fin de que pudiera atender “el arreglo de asuntos particulares” en Guadalajara y donde, en caso de que fuera requerida su localización, el “ciudadano Juan Pérez Vizcayno” (sic) había dado un domicilio preciso: “Prisciliano Sánchez # 625”, casa de su abuela paterna, María Rulfo Navarro, así como de la hija de ésta, Dolores, quienes se hicieron cargo de Eva, la hermana menor de Rulfo, luego de la muerte de la madre de éstos (María Vizcaíno) en noviembre de 1927.

Bien se podría asegurar que la cuarta estancia en Guadalajara fue la más provechosa y quizá también la más gratificante para el ya primerizo escritor, aparte de haber sido la segunda más prolongada, pues se extendió desde mediados de 1941 hasta febrero de 1947, con un breve intervalo de dos meses en que fue asignado a Puerto Vallarta, aun cuando hay quien asegura que no se desplazó al ahora cotizado centro turístico de fama internacional. En este periodo, que corresponde a la etapa definitiva de la Segunda Guerra Mundial y a los dos primeros años de la posguerra, consiguió ser comisionado por la misma Secretaría de Gobernación como “oficial de cuarta” en la Oficina de Migración de Guadalajara y vivió en lo que entonces era el extremo poniente de la ciudad: Morelos 2077 (casi esquina con Tepic, casa de la ya mencionada abuela paterna), en la incipiente colonia Ladrón de Guevara. Por ese tiempo se relacionó con buena parte de la fauna intelectual tapatía de la época: Alfonso de Alba Martín, Arturo Rivas Sainz, Miguel Rodríguez Puga, Alejandro Rangel Hidalgo, Adalberto Navarro Sánchez…, pero sobre todo con Juan José Arreola y Antonio Alatorre.

Finalmente, su quinta y última temporada tapatía (de finales de 1961 a principios de 1963) es también la menos conocida, incluso para sus biógrafos y estudiosos, pues apenas un par de éstos aluden a ella, tal vez porque ya no hubo Arreola ni Alatorre que resaltaran la presencia de quien para principios de la década de los sesenta llevaba varios años de haber concluido su obra literaria, aparte de que también para ese entonces se habían hecho las primeras traducciones importantes de la misma: al alemán, al inglés, al francés y al noruego.

El motivo de esta quinta y última estancia de Rulfo en la capital jalisciense fue la apertura de la Televisora de Occidente-Canal 4 de Guadalajara, filial del emporio de medios que la familia Azcárraga comenzaba a extender por el territorio nacional y la cual posteriormente sería rebautizada como Televisa Guadalajara. Durante poco más de un año Rulfo fue empleado de dicha televisora y, por lo que parece, con no muy buena fortuna. Esta etapa, aparte de haber sido poco satisfactoria para el escritor, quien para entonces intentaba escribir una segunda novela, que se llamaría La cordillera, estuvo marcada por una severa adicción al alcohol, problema con el que volvería a lidiar en etapas posteriores de su vida, lo cual se ha prestado para que algunos rulfólogos y rulfistas (con y sin comillas) hayan hecho todo tipo de conjeturas maliciosas.

Estos fueron los años tapatíos de Juan Rulfo, quien debutó como escritor en 1945, cuando vivía en Guadalajara y publicó sus tres primeros cuentos: “La vida no es muy seria en sus cosas” (revista América de la Ciudad de México), “Nos han dado la tierra” y “Macario” (en la revista tapatía Pan). Su primera exposición fotográfica también tuvo lugar en la capital jalisciense en 1960.