Guadalajara como problema

Aunque el reclamo pueda no ser del todo justo, de un tiempo para acá muchos tapatíos –y no sólo opinantes consuetudinarios de la vida pública– le vienen reprochando una cosa a Enrique Alfaro, quien el jueves 1 de junio agotó ya 20 de los 36 meses para los que fue elegido como presidente municipal de Guadalajara: que haya utilizado preferentemente el cargo que los tapatíos le confiaron en las elecciones de 2015 como plataforma o estación de paso en sus aspiraciones –muy legítimas, por lo demás– a la gubernatura de Jalisco antes que como una encomienda de tiempo completo y orientada, por encima de todo, a tratar de darle alineación y balanceo a la descuadrada capital del estado.

Vale decir que durante su campaña de hace dos años Alfaro se comprometió en repetidas ocasiones a reencarrilar al municipio central de Jalisco y a una ciudad desbordada, que desde hace décadas –por lo menos desde las explosiones del 22 de abril de 1992– se han vuelto singular y crecientemente problemáticos, con rezagos y pendientes de gran calado y de suyo complejos, cuya solución está lejos de depender únicamente de la buena voluntad de equis administración municipal que, aparte de los alcances más o menos limitados de los funcionarios en turno, hasta ahora ha tenido una vigencia bastante corta: sólo tres años, que irónicamente pocos presidentes municipales han podido agotar, al pedir licencia para irse en busca de otro cargo, comenzando por la gubernatura estatal.

En este sentido la gestión alfarista no tendría por qué ser la excepción, lo mismo en su legítima aspiración de buscar el primer cargo de Jalisco y para lo cual deberá separarse prematuramente de la alcaldía de Guadalajara, que en la imposibilidad de resolver, en escasos dos años, la mayoría de los grandes problemas de alcance metropolitano (léase intermunicipal), problemas que la capital del estado ha venido arrastrando y acumulando a lo largo de incontables administraciones priistas, panistas y luego otra vez priistas hasta llegar a la actual, de signo emecista.

Los ejemplos de lo anterior abundan: el deficitario abasto de agua potable; la multiplicación de automotores que desde hace años desbordan calles, avenidas y aun banquetas con la consecuente ralentización del tráfico vehicular, la contaminación atmosférica y el galopante deterioro de los pavimentos; el muy rezagado saneamiento de aguas residuales, cuyo caudal es vertido, sin el debido tratamiento, al ya de por sí contaminadísimo río Santiago; el despoblamiento y el cierre de negocios del primer cuadro tapatío, un fenómeno que, a quererlo o no, se ha visto agravado desde hace un par de años a causa de las obras de la Línea 3 del Tren Ligero, y un largo etcétera.

A lo anterior habría que sumar los proyectos urbanos y de presunto desarrollo económico que, no obstante el paso de varias administraciones estatales, municipales y también federales, no acaban de cuajar, como sería el caso de la tan llevada y traída Ciudad Creativa Digital, en los alrededores del parque Morelos, o el no menos cacareado museo de “arte moderno y contemporáneo”, en la ceja de la barranca de Huentitán, museo propuesto por un grupo de fementidos mecenas, conformado mayoritariamente por cicateros negociantes de la comarca, a raíz del fracaso de la franquicia latinoamericana del Museo Guggenheim, en cuyos estudios de vialidad la administración estatal de Francisco Ramírez Acuña (2001-2007) y la municipal de Emilio González Márquez (2004-2006) gastaron en vano 2 millones de dólares de dinero público, y que luego el también alcalde panista Alfonso Petersen Farah (2007-2009) sacrificó con ese mismo propósito un magnífico parque público (el Mirador Independencia), el cual desde entonces permanece mutilado y en el semiabandono.

Pero también están los problemas, rezagos, pendientes y proyectos que son entera responsabilidad de la administración municipal tapatía, y con los que se han empantanado los predecesores de Enrique Alfaro y, en no pocos casos, también el alcalde en funciones, quien ha tenido que navegar en aguas embravecidas con muy desigual fortuna. Así, por ejemplo, en el caso del comercio informal en zonas neurálgicas del municipio, comenzando por el primer cuadro de la ciudad, el reordenamiento de la explosión demográfica de vendedores ambulantes, la medida le salió aceptablemente bien, algo que no podría decirse de otras iniciativas alfaristas.

Ese sería el caso de desarrollos inmobiliarios que, tanto en el aspecto social como en el urbanístico, son algo más que cuestionables, como el megaconjunto de torres multifamiliares que, desde la última administración panista del municipio (la del ya mencionado Petersen Farah y la de su interino Juan Pablo de la Torre, yerno de la actual secretaria de Cultura, la priista Myriam Vachez) se pretende construir en un predio que es propiedad del ayuntamiento tapatío, en la zona de Huentitán. Y más recientemente, las intervenciones en plazas y parques públicos como El Deán, San Rafael y Mexicaltzingo, cuya presunta justificación oficial no sólo ha estado muy lejos de convencer al grueso de los vecinos de cada una de esas demarcaciones de la ciudad y de la sociedad tapatía en general, sino que ha llevado a muchas personas a pensar que con esos proyectos e intervenciones el alcalde Enrique Alfaro busca congraciarse con algunos poderes fácticos y fuerzas vivas de la comarca en el afán de tener mejores condiciones de gobernabilidad y de ir preparando el terreno en pos de la gubernatura estatal.

En este sentido, el caso que más se ha repetido recientemente es el de la donación de un espacio público al grupo político que controla la Universidad de Guadalajara: el subsuelo del jardín de Mexicaltzingo, donde dicho grupo político pretende construir un estacionamiento subterráneo de dos niveles para dotar al farandulero teatro Diana, propiedad de la UdeG, del área de aparcamiento que sus promotores (los jeques udegeístas) nunca le construyeron. Las preguntas son obligadas: ¿por qué ese estacionamiento tendría que hacerse en un espacio público? ¿Por qué la administración de Enrique Alfaro decidió despojar a los tapatíos –y particularmente a los vecinos de ese tradicional barrio– de una muy apreciada área verde para entregársela, como predio, a los mandarines de la UdeG?

Con ello, el alcalde de Guadalajara y colaboradores han dado pretexto plausible para que muchos tapatíos hablen, con no poca decepción, del establecimiento de una relación clientelar entre la cúpula padillista y el alcalde Enrique Alfaro; una relación que, del lado del alfarismo, suma ya, entre otros donativos al padillato, la entrega de la Procuraduría de Desarrollo Urbano al exrector José Trinidad Padilla López, hermano del mandamás de la UdeG (¿eres tú, Raúl?); un aumento multimillonario en el subsidio municipal a empresas parauniversitarias como el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, y las entrega del mencionado jardín de Mexicaltzingo.

Del lado de los jeques universitarios es constatable el hecho de que los cánidos de reserva del padillato, que en el pasado inmediato hicieron campaña abierta contra Alfaro (“No permitas que regrese EMILIO. Alfaro es su candidato”), de un tiempo para acá se han desentendido del susodicho tanto en los medios oficiales de la propia UdeG como en las columnas de prensa que varios de ellos mantienen en algunos diarios de la comarca.

Así las cosas, Guadalajara sigue convertida en un problema mayúsculo, agravado por codiciosos poderes fácticos como el que ha medrado dentro y fuera del campus de la UdeG, y ante los cuales, de forma penosa y pusilánime, han cedido los poderes constituidos, ya sean del PRI, del PAN, de MC o de cualquier otra orientación partidista.