Premio por “dedazo”

Entre los inaceptables anacronismos que siguen presentes en la vida pública de Jalisco se encuentra la torcida práctica a la hora de entregar premios, honores, distinciones y otros reconocimientos oficiales. Éstos, que en teoría concede “el pueblo de Jalisco” –y no el gobierno y menos aún los funcionarios en turno– a sus hijos más ameritados, a la hora de la verdad son algo muy distinto: una abusiva asignación por dedazo, realizada por funcionarios de pocas luces, aunque muy afectos a hacer las cosas de manera discrecional. Ese es el caso no sólo del Premio Jalisco, que oficialmente es el mayor reconocimiento otorgado por la sociedad jalisciense a personas que cuenten con una encomiable trayectoria profesional y que haya podido redundar en beneficio del estado y aun de la nación, sino también de los honores post mortem como la caprichosa elección que muchas veces se ha hecho de personas, presuntamente insignes, que han ido a parar con sus restos mortales a la llamada Rotonda de los Jaliscienses Ilustres.

Por lo que hace al desventurado Premio Jalisco –cuya zafra 2017 fue entregada, con más pena que gloria, el pasado 16 de junio, por el gobernador Aristóteles Sandoval a ocho personas de merecimientos muy desiguales–, se trata de un galardón que han ido desnaturalizando y devaluando sucesivas administraciones estatales hasta terminar siendo lo que es en la actualidad: una cicatera facha, tasada en 88 mil pesos entregada por dedazo a muchas personas que no cuentan siquiera con los méritos indispensables para ello, aun cuando también haya recaído en otras –las menos, por desgracia– que tienen una obra de valor incuestionable y cuentan, además, con una larga trayectoria profesional.

Entre los aciertos y desaciertos derivados de esa abusiva forma de elegir a los premiados, predominan los segundos (las pifias y los desatinos), habida cuenta de que en nuestro medio el dedazo casi siempre ha sido una versión no del despotismo ilustrado, sino del iletrado, de suerte que varias personas que en justicia debieron haber recibido hace mucho tiempo ese lauro, descaradamente son ninguneadas un año sí y otro también, para no hablar de quienes ya nunca habrán de recibirlo, al no ser que se les entregue post mortem.

El Premio Jalisco fue concebido en 1950 como el más importante galardón que entrega el pueblo jalisciense, a través de sus autoridades, a personas que hayan puesto en alto el nombre del estado –y eventualmente de todo el país– por su destacada labor en distintos campos del saber y de la creatividad humanos. Pero a diferencia del Premio Nacional –creado por decreto presidencial durante el sexenio de Manuel Ávila Camacho y cuyo otorgamiento lo decide un jurado competente y autónomo, que se renueva cada año– los ganadores del Premio Jalisco son designados por dedazo, en la medida en que la decisión la toma un grupo de burócratas: “La deliberación de los ganadores estuvo a cargo de integrantes de la Secretaría de Cultura, así como de elementos del Consejo Estatal de Ciencia y Tecnología, la Universidad de Guadalajara, la Secretaría de Educación, el Consejo Estatal para el Fomento Deportivo y el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes” (El Informador, 10 de diciembre de 2014).

De esta manera, el Premio Jalisco se decide a partir de intereses creados, del cabildeo interinstitucional y del intercambio de favores entre organismos y asociaciones culturales y seudoculturales de la comarca. Así, por ejemplo, un año equis integrante de esas esas asociaciones presuntamente culturales resulta agraciado. Para otra ocasión se determina que varias personas postuladas por la representación de la UdeG fueron las ganadoras en varias categorías. Y por si lo anterior no fuera suficiente abuso, tanto la mencionada casa de estudios como el Capítulo Guadalajara de la Sociedad de Geografía y Estadística forman parte del “Consejo Consultivo” del premio en cuestión, lo que significa dos cosas, igualmente anómalas: la primera, que en la práctica y con mucha frecuencia más de un consejero del Premio Jalisco acaba siendo juez y parte, y la segunda, que para un eventual candidato a dicho galardón no valen tanto sus méritos (artísticos, intelectuales, etcétera) como las buenas relaciones que pueda tener con funcionarios de las áreas de Cultura y Educación, así como con quienes integran el mencionado “Consejo Consultivo”.

Aparte de este desaseado manoseo oficial y oficioso, de 12 años para acá el Premio Jalisco carga también con otro tipo de taras, entre ellas la ampliación arbitraria y errática en el número de categorías, pues antes del gobierno del panista Francisco Ramírez Acuña el premio se había venido ciñendo, a lo largo de 55 años, a los mismos ámbitos que comprende el Premio Nacional, con excepción de las artes populares: Letras, Artes y Ciencias.

Pero en 2005 los “cocos pensantes” del entonces gobernador Ramírez Acuña discurrieron que debía reformarse la estructura del Premio Jalisco, lo que entre otras cosas significó rehacer casi todas sus categorías, con la aprobación del Congreso del Estado, lo cual significa que esos cambios regresivos acabaron convertidos en ley. Así, inusitadamente, se incluyeron como susceptibles de ser premiadas ocho categorías: algunas redundantes, otras contradictorias y una de ellas hasta arbitraria como la que corresponde al llamado “Ámbito Humanístico”.

Lo más cómico o chusco del asunto es que tanto los gobiernos locales del PAN, que sentaron sus reales en Jalisco entre 1995 y 2013, como la administración priista que desde hace cuatro años y medio encabeza Aristóteles Sandoval, han demostrado que no sólo confunden la gimnasia con la magnesia, sino el humanismo con el humanitarismo. Hubiese bastado con que los reformadores del Premio Jalisco abrieran el diccionario para que cayeran en la cuenta de que mientras el término humanístico tiene que ver con la cultura (especialmente la clásica), humanitario se relaciona con el respeto y el aprecio por la vida humana, en particular por la de los grupos sociales más desfavorecidos y vulnerables.

Aparte de esta pifia apellidada “Ámbito Humanístico”, desde hace diez años el nuevo Premio Jalisco incluye otras categorías: Letras, Cultura, Ciencia, Deporte, Ámbito Forestal, Ámbito Cívico y Ámbito Laboral. Ello ha provocado que con frecuencia se dé más de una situación cómica. Así, por ejemplo, en el Ámbito Laboral el Premio Jalisco ha recaído en dos coreógrafas (Deborah Velázquez, en 2014, y Doris Topete un años después) y no en alguien que se haya distinguido por reivindicar los derechos de la clase trabajadora. Lo más chusco y contradictorio del caso es que este año se premió a otro coreógrafo, Carlos Ochoa, director del Ballet Folclórico de la UdeG, pero ya no el Ámbito Laboral, sino en el Cultural.

Y en cuanto al Ámbito Deportivo, como ya se ha vuelto una costumbre, el Premio Jalisco –que en teoría debe reconocer una larga y sobresaliente trayectoria dedicada a equis disciplina física– le fue entregado este año a un joven clavadista en activo (Germán Sánchez), y no a alguien como Alfredo El Pistache Torres, con una muy larga, fructífera y ejemplar trayectoria no sólo como futbolista del más alto nivel en Jalisco y en nuestro país, sino como formador de generaciones y generaciones de practicantes de ese deporte, tanto profesionales como amateurs.

Así es como se ha venido degradando, a pasos agigantados, un premio oficial que en otro tiempo fue respetable y que, por desgracia, cada vez lo es menos. Y ello no sólo por la forma anómala en que se elige a los ganadores (por dedazo) sino por su mezquina recompensa económica: menos de lo que cobran a la quincena muchos de los funcionarios que intervienen en el otorgamiento del Premio Jalisco