Migrar pa’trás

Voluntario o no, el retorno al país de origen está latente desde que los migrantes inician el viaje. El especialista en migración y colaborador de Proceso Jalisco Eduardo González despliega en este ensayo los efectos económicos, laborales, sociales y emocionales de las deportaciones y “autodeportaciones” en las personas que se aventuran a cruzar las fronteras para lograr una vida mejor.

El retorno al terruño casi siempre es una alternativa posible entre los miles de migrantes mexicanos que huyen hacia Estados Unidos en busca de un futuro. La deportación o la autodeportación hacen las veces de una afilada espada de Damocles que pende sobre la paisanada asentada allende el río Bravo.

A pesar de la migración forzada que experimentan en las comunidades expulsoras, lo que nulifica la eventual “decisión” migratoria, los mexicanos parten con dos expectativas diferentes: la primera, avecindarse temporalmente en el país vecino para conseguir lo que no tienen en México, pero poniendo en marcha la cuenta regresiva para retornar. A querer o no, el peso de su historia, sus antepasados, sus costumbres y tradiciones los ligan al origen.

“Mi intención al principio fue irme para superarme. Me fui con la idea de retornar, partí con sentimientos encontrados por lo que dejaba; siento que los que se van lo hacen con el propósito de regresar, pero al pasar el tiempo todo cambia, y se comienza a dudar sobre el regreso”, comenta Juan bajo una sombra en el albergue El Refugio, a las faldas del Cerro del Cuatro, en Guadalajara.

La segunda expectativa para los mexicanos al llegar al norte es comenzar a construir sobre sus penurias un futuro para no retornar. Paso a paso fortalecen sus vínculos con la tierra de destino, al tiempo que debilitan sus lazos con nuestro país. Así lo refieren algunos retornados a su paso por Guadalajara: “Me fui habituando al estilo de vida de Estados Unidos, al trabajo y al dinero que ganaba; entre más pasaba el tiempo, más quería quedarme allá”, afirma Luis.

“Empiezas por acostumbrarte a las comodidades de aquel país, a su calidad de vida; te das cuenta de que puedes comprarte un vehículo con 15 días de trabajo; accedes a un estatus de vida mayor al que tienes aquí; entonces pones en la balanza lo que dejaste en México y lo que tienes allá, y dices mejor aquí me quedo”, se escucha la voz de Juan.

“Además, allá teníamos una vida más tranquila, sin violencia ni cosas tan feas como las que miramos aquí”, remata con resignación Antonio.

Los mexicanos que retornan vienen deportados o autodeportados. Sea cual sea su situación, son miles los que han regresado en las últimas cuatro décadas. Según el Departamento de Seguridad Nacional estadunidense, en la presidencia de Ronald Reagan, entre 1988-1989, se deportó a 168 mil 364 migrantes; de 1989 a 1993 el presidente George H. W. Bush deportó a 141 mil 316; Bill Clinton, en sus dos periodos, de 1993 a 2000, sacó a 869 mil 646; George W. Bush, entre 2001 y 2009, deportó a 2 millones 116 mil 690, y Barack Obama rompió récord de 2009 a 2017, expulsando casi a 3 millones.

Seguramente bajo la administración del presidente Donald Trump la tendencia seguirá incrementándose. Debemos reconocer que aún no se presenta el número de deportaciones de mexicanos esperadas bajo el mandato del republicano; sin embargo, si observamos las cifras de deportaciones al tomar en cuenta a todos los países y no solamente a México, éstas han aumentado 38% a partir de que Trump firmó órdenes ejecutivas como “Mejoras a la Seguridad Fronteriza y el Control de la Inmigración”, el 25 de enero pasado, que ampliaron el universo de personas que pueden ser deportadas.

Según la oficina del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), hasta el 15 de mayo pasado se habían deportado 144 mil 353 personas a 176 naciones. De ellas, sólo 54% tenían antecedentes penales (La Opinión, 16 de junio de 2017). Por otro lado, los arrestos de migrantes en la Unión Americana van en aumento, y para agilizar las deportaciones el gobierno estadunidense quiere aplicar la llamada “deportación expedita”, existente desde 1996.

Mediante este proceso se expulsa de aquel país a un extranjero sin darle la oportunidad de defender su caso ante un juez. El agente de migración que hace el arresto es quien decide la expulsión del migrante que no pueda comprobar un mínimo de dos años de estancia en Estados Unidos. Bajo esta lógica, según el Immigrant Legal Resource Center, el gobierno de Trump podría deportar a un mínimo de 328 mil migrantes que entraron a su país en los últimos dos años (La Opinión, 7 de junio de 2017).

Bajo esta lógica, la Casa Blanca logró reabrir entre marzo y mayo más de mil 300 casos de migrantes “indocumentados” que habían tenido sus procesos cerrados por no considerarse una prioridad para la deportación; ahora estos migrantes deberán estar preparados para un posible proceso de expulsión.

No obstante el endurecimiento de las autoridades migratorias estadunidenses, la dinámica del miedo ha empezado a cambiar en la frontera norte. Por primera vez en lo que va del gobierno de Trump se ha incrementado el número de migrantes que tratan de entrar a ese país. Según la Patrulla Fronteriza, entre abril y mayo de este año aumentaron en 4 mil 187 los intentos de migrantes por entrar a Estados Unidos. Esto representa 27% de incremento en relación con el año pasado.

Casi siempre los deportados dejan a su cónyuge e hijos en Estados Unidos, pocos son quienes optan por traérselos. En otras ocasiones es la familia la que no quiere regresarse. Antonio, chofer de tráiler, dejó en Chicago con su segunda esposa a sus tres hijos. La mujer está embarazada y por eso no se regresó con él, pues alberga la esperanza de obtener sus papeles una vez que nazca su bebé.

Germán dejó a un hijo en Carolina del Norte, con su expareja: “No conocí a mi hijo, no sé mucho de él porque me separé de mi esposa antes de que naciera, sólo estuvimos juntos cuatro meses”.

El caso de Ronaldo es más complicado. Allá quedaron su esposa y dos hijos varones de 25 y 20 años: “Cuando llegué a Estados Unidos tropecé con las drogas, pero las dejé de consumir cuando salí de la cárcel. Estuve en prisión en el estado de Iowa desde febrero de 2008 hasta diciembre de 2016, la condena era por 10 años pero me la rebajaron por buena conducta. Me agarraron por vender ‘corte’, al que le llaman vitamina para caballo, un químico utilizado para rebajar el cristal. En ese tiempo no vi a mis hijos ni a mi esposa. Ellos sabían que estaba preso pero nunca fueron a visitarme. Saliendo de prisión me deportaron y perdí mis papeles que había conseguido en 1987 con la ley Simson-Rodino. Aunque mi familia sabe que estoy en México, no tengo comunicación con ellos. En Estados Unidos nunca compré una casa. No hice nada. Caí en las drogas y en la prisión”.

La migración de retorno también se inscribe en un contexto de flujo y reflujo migratorio. Germán, como muchos mexicanos, iba y venía del “otro lado”. Comenzó su experiencia migratoria en 1990, 18 años después lo deportaron. Al intentar regresar en 2008, el mismo año de su deportación, lo detuvieron y encerraron por nueve meses. Una vez en libertad le dieron un tiempo de gracia de otros tres años para no volver. No hizo caso: “A los cuatro días de haberme deportado me regresé”. La suerte no cambió y nuevamente lo agarraron, en esa ocasión estuvo tres años en prisión. Luego de esos años en prisión no ha vuelto a Estados Unidos, “porque me dijeron que si regresaba me iban a dar lo doble o el triple de bote”.

Salir corriendo a casa

En el imaginario de las personas migrantes el retorno siempre está listo. “Cada amanecer despierto con las ganas de salir corriendo de mi cautiverio para regresar a mi casa en cualquier momento”, dice Julio frente a su maleta que mantiene “hecha” desde el primer día que llegó a Carolina del Norte. Quizá por ello, muchos retornados optan por la autodeportación. Se estima que al menos 50% de los migrantes de retorno a México lo son por “decisión” propia, orillados por situaciones complejas: ya sea el envejecimiento, una enfermedad, el fallecimiento de sus padres en México, la pérdida del empleo o la precariedad laboral, problemas con la justicia, o por el deseo de que sus hijos nacidos en Estados Unidos conozcan sus comunidades, aprendan español y comiencen su adolescencia en un entorno más controlado en las comunidades de origen.

Hoy por hoy, muchos de los retornados son migrantes con establecimiento de larga estancia y en edad productiva, a diferencia del pasado inmediato, en que el retorno estaba constituido principalmente por migrantes jubilados. No obstante, en los siguientes años regresarán mexicanos mayores de 60 años, sin acceso a una pensión, sin ahorros ni empleo y con padecimientos de salud.

Las implicaciones del retorno pueden incluso ser mayores a las experimentadas en la primera migración. Los impactos culturales del regreso cruzan por la despedida y abandono de los parientes en Estados Unidos; el reencuentro con familiares y amigos en México; y la nueva dinámica de reincorporación en la comunidad de retorno. Tras 18 años de permanecer en Estados Unidos, para Germán “será más difícil adaptarse a México” de lo que batalló en aquel país cuando llegó por primera vez. Luis aún no ha pensado en cuál será su estrategia para la reinserción en su comunidad y en el mercado laboral, donde recibirá un salario menor que el obtenido en Estados Unidos.

A Juan lo sacaron de su casa en Chicago: “Me encontraba acostado y entraron los policías a sacarme de mi cama. No recuerdo a dónde me mandaron, si a Phoenix o San Diego, y luego a Puebla y de ahí a Guadalajara. A partir de la capital poblana muchos tramos los hice caminando porque los policías no te dejan subirte al tren, te disparan, por eso llegué a Guadalajara con los pies muy lastimados llenos de llagas”.

Germán entró a México por Sonora y, aunque iba a San Luis Potosí, las autoridades del DIF le pagaron su boleto de camión a la capital tapatía, donde lleva una semana y no sabe cuánto tiempo permanecerá en la ciudad. Por lo pronto, el padre Alberto, encargado del albergue El Refugio, le ha ofrecido trabajo en la construcción de las nuevas habitaciones del lugar. “Mientras haya trabajo aquí me quedo”, dice Germán al tiempo que enjarra una pared.

El violento país del abuelo

También se ha comenzado a presentar la migración de retorno transgeneracional, es decir, están regresando los hijos, nietos o bisnietos de los migrantes. Sin duda este fenómeno es cada vez más relevante y complejo, pues los estadunidenses de origen mexicano que llegan a nuestro país en realidad experimentan por primera vez un proceso migratorio. Ni siquiera hablamos de mexicanos retornados a sus comunidades y con sus familiares. Muchos de estos descendientes retornados no conocen México ni hablan español, y desde luego, su cultura es ajena a la encontrada en los territorios de recepción.

Es inaplazable que las autoridades mexicanas de los tres niveles de gobierno comiencen a diseñar y poner en marcha políticas públicas para hacer frente a la ola migratoria de retorno. Es de urgente resolución la reinserción de los retornados en sus comunidades de origen. Si bien una quinta parte de los retornados tienen interés en que se les apoye para conseguir trabajo en México o iniciar su propio negocio, la mayoría prefieren regresar al norte, incluso algunos piensan en migrar a otros países. Es el caso de Luis, que de Guadalajara va rumbo a Monterrey para buscar irse a España.

El sentir de muchos retornados es que nuestro país no está preparado para recibirlos (“fueron muchos años de estar fuera de México, y ahora que regresamos quizá no encontremos trabajo ni podamos meter a nuestros hijos a la escuela, y si nos enfermamos no habrá hospitales para todos”).

Los impactos generados por la población retornada serán variados. Presión sobre el mercado laboral, exigencia de mayores espacios educativos, acceso al sistema de salud, seguridad en sus comunidades. Un impacto altamente sensible será en los envíos de remesas. En la medida que aumenten las deportaciones disminuirán los envíos de dinero. Según el Banco de México, en febrero pasado las remesas registraron la primera caída interanual en los pasados 11 meses, sumando en total 2 mil 51.8 millones de dólares, cifra menor en 1.44% respecto del monto reportado en febrero de 2016.

Desde marzo de 2016, cuando hubo un retroceso de 2.8% en su tasa interanual, las remesas no habían vuelto a caer. Además, si la comparación se hace respecto de los 2 mil 236.4 millones de dólares que alcanzaron en diciembre pasado, acumulan una caída de 12% en lo que va de 2017 (La Jornada, 4 de abril de 2017). El Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) informó en junio, mediante su reporte titulado Enviando dinero a casa, que de los 73 mil millones de dólares llegados a Latinoamérica en 2016, México recibió 28 mil 542 millones, que representan 2.3% de nuestro Producto Interno Bruto (La Opinión, 15 de junio de 2017). Necesariamente estos montos se verán trastocados por un aumento en las deportaciones.

Algunos de los migrantes retornados refieren haber experimentado mayores pérdidas que ganancias (“si yo tuviera la oportunidad de regresar el tiempo, pensaría mejor la decisión de migrar. A veces pienso que mejor me hubiera aferrado a hacer algo en mi país”). Para muchos deportados el norte ya no es importante, aunque tampoco México; contrario a eso, mantienen la esperanza de migrar a otro país (“como está la situación aquí, si no tienes para poner un negocio está canijo conseguir un empleo”).

Por otro lado, para atender el flujo cada vez mayor de migrantes centroamericanos, venidos del sur o retornados del norte, que solicitan asilo humanitario en México, el albergue El Refugio amplió sus instalaciones abriendo el 1 de julio la Casa del Refugiado. Con ello se ofrece a las personas migrantes una nueva opción para humanizar su desplazamiento.

El nuevo lugar cuenta con un comedor, tres dormitorios, sanitarios y regaderas, un dispensario, terraza y área de lavado, cocina y espacio para el bazar semanal de donde el albergue obtiene recursos para su manutención. A la inauguración asistió Norma Romero, la líder de Las Patronas, mujeres de la comunidad La Patrona, en Amatlán de los Reyes, Veracruz, que desde 1995 ofrecen alimentos y asistencia a los migrantes que atraviesan su comunidad trepados en La Bestia.

De enero a junio de este año El Refugio ha brindado ayuda a mil 720 personas de 14 países; su comedor comunitario ha ofrecido 13 mil comidas. También han conseguido cinco visas humanitarias y 15 casos están en proceso. Con la ampliación de sus instalaciones el albergue podrá recibir a 60 migrantes en tránsito y 60 más en proceso de refugio.

En el altar de la parroquia donde se realizó el acto protocolario de la inauguración se escucharon fuerte las palabras de Norma Romero y el padre Alberto Ruiz. Ambos pidieron ayudar a los migrantes y señalaron la falta de colaboración de las autoridades.

La líder de Las Patronas afirmó: “Cuando comienzas a trabajar con los migrantes ya no te dejan abandonarlos, no puedes dejar de ayudarlos”. En su turno, la voz del sacerdote se escuchó con firmeza: “Esta casa del migrante es una denuncia contra las autoridades por su falta de apoyo”.

Óscar llegó de El Salvador como parte del viacrucis a favor de la dignidad de los migrantes. Tras haber permanecido siete años en Virginia del Norte, se autodeportó a su país para trabajar de herrero. Sin embargo, los Maras comenzaron a exigirle 300 dólares por semana como pago de piso. Al negarse a cumplir estas exigencias, las bandas lo amenazaron: “Que me largara de El Salvador porque, si no, desaparecerían a toda mi familia”.

No tuvo opción. En 2011 llegó a Tapachula, luego trabajó en Ixtepec, Oaxaca, y retornó a Tapachula. Hace dos meses llegó a Guadalajara. De Chiapas también huyó por las extorsiones e intento de asesinato, esta vez por agentes de la Policía Municipal.

Los agentes, denuncia Óscar, primero intentaron asaltarlo y como no pudieron y él los denunció, “mandaron a unos tipos a que me levantaran. El 4 de marzo de este año me levantaron del parque Miguel Hidalgo en Tapachula, luego de golpearme intentaron matarme, pero me les escapé. Por eso me vine a Guadalajara y estoy pidiendo asilo sólo para mí, pues hace tres años que no tengo comunicación con mi exesposa y mis hijos”.

Otro caso es el de Liliana y Ostin, procedentes de Honduras. Entraron a México el 28 de agosto de 2016. Primero tuvieron problemas en Tenosique, Tabasco, porque a Liliana la querían “vender” a Los Zetas. “Estábamos en una casa donde nos habían dado albergue y llegaron tres hombres borrachos a decirnos que estábamos negociadas”, pero pudimos escaparnos mi prima, una salvadoreña, mi esposo, otro salvadoreño y yo.

El 3 de diciembre llegaron a Matamoros, Tamaulipas, y para enero de este año “el Cártel del Golfo había reclutado a mi esposo para que vendiera droga y creo que lo pusieron a matar. Por eso Ostin tiene pesadillas y llora en las madrugadas”. Luego de un mes con el cártel, el hombre logró escaparse a Monterrey, donde Liliana lo alcanzó para luego irse juntos a la Ciudad de México y de ahí a Guadalajara.

El problema es que ahora “nos están llamando los del cártel para extorsionarnos, por eso nos dijo una amiga que huyéramos porque nos quieren matar”; pero ya no queremos regresar a Tamaulipas porque nosotros sabemos que las fronteras de Reynosa, Nuevo Laredo y Matamoros son las más peligrosas, ahí cazan a los migrantes. En Guadalajara no salimos del albergue por miedo, solo vamos a la tienda”.

En la capital de Jalisco, Liliana y Ostin querían continuar su proceso de solicitud de asilo humanitario iniciado en Tabasco, pero desconocían si lo podrían hacer porque al abandonar el estado sureño el Instituto Nacional de Migración (INM) dio por abandonado su caso. Finalmente, la respuesta que obtuvieron de INM no fue favorable y hace 10 días abandonaron la ciudad para intentar cruzar a Estados Unidos y llegar a Los Ángeles.

Sea como sea, el retorno es la otra cara de la migración. En tanto los objetivos
no se consigan en Estados Unidos, el regreso se verá como un fracaso; no sólo por los migrantes, sino por sus familiares.