Las misioneras vicentinas humanizan la migración

Desde hace casi tres décadas, las Voluntarias Vicentinas brindan asistencia a los migrantes que van de paso, la mayoría hacia Estados Unidos. Como su albergue recibe menos donativos que otros, las integrantes de la asociación civil complementan su financiamiento con la venta de tamales, todo con el fin de hacer más llevadero el camino hacia el país desconocido.

Al paso del tiempo la migración por la zona metropolitana de Guadalajara (ZMG) no parece detenerse. Por el contrario, las personas migrantes, sean mexicanas o centroamericanas, incluso haitianas, se han vuelto cada vez más visibles y forman parte del paisaje urbano.

Aunque su presencia es dominante en las cercanías del tendido ferroviario que atraviesa la ZMG, con frecuencia los miramos en espacios urbanos, alejados de las vías, donde realizan actividades laborales para obtener recursos en tanto permanecen en tierras tapatías.

​De manera paralela a la presencia migrante en nuestra ciudad, crecen y se fortalecen los proyectos ciudadanos para humanizar el proceso migratorio de los expulsados de sus comunidades. A no dudar, los proyectos y espacios de asistencia varían en cuanto a su capacidad de atención y a los servicios que brindan, lo cual está directamente ligado a los recursos económicos, a su infraestructura y al personal operativo que colabora en ellos.

En ese sentido, la organización FM4 Paso Libre, cuyas instalaciones se localizan muy cerca de la glorieta Minerva, y el albergue El Refugio, a las faldas del Cerro del Cuatro, son las instancias que mayor ayuda brindan a los migrantes. Sin embargo, no son los únicos ni los más antiguos.

​Aunque con recursos más reducidos, existe en la comunidad de Venta del Astillero, al oeste del municipio de Zapopan, otro lugar que proporciona asistencia a los migrantes. Se trata del albergue San Vicente de Paul. Este proyecto nació hace 28 años, mucho tiempo antes que FM4 y El Refugio, y lo encabezan sus siete fundadoras, voluntarias vicentinas, más cuatro mujeres que se les sumaron en el camino. Además de ellas, en el lugar trabaja Carlos, un migrante que llegó de Zacatepec, Morelos, hace cinco años y se quedó a vivir ahí, abortando su proyecto de llegar a Estados Unidos.

​La historia de la ayuda a la población migrante en Venta del Astillero se remonta a finales de la década de los ochenta del siglo pasado, en el contexto de la misión de los padres vicentinos asentados en la comunidad, quienes observaron la necesidad de brindar apoyo a los migrantes a su paso por esa localidad, ya sea que lleguen caminando o a lomo del ferrocarril que abandona la ZMG por el poniente para recorrer por el margen el pueblo de Venta del Astillero. Los sacerdotes estuvieron en la comunidad de 1980 a 1989. Al principio, para atender a los migrantes y guarecerlos en un salón adyacente al templo, los religiosos solicitaban permiso al párroco del lugar. Al pasar de los años y aumentar la población migrante “una mujer donó a los vicentinos un terreno para que construyeran su casa, pero como ellos no podían quedarse en Venta del Astillero, el baldío fue destinado por el sacerdote Vicente de Dios para levantar un albergue”.

Al comienzo el proyecto se veía muy lejano: muchas necesidades, pocos recursos y reducido personal. Cuando los misioneros se fueron, siete mujeres formaron el grupo de las Voluntarias Vicentinas y una asociación civil. “Lo único que nos sobraba era el entusiasmo”, repiten al unísono cinco de las fundadoras. “Con una habitación, un baño y un aljibe empezamos a recibir a las personas” en la calle Agustín Yáñez número 122, desde finales de la década de los ochenta.

Desde hace un año la coordinación de la Asociación Civil recae en Gertrudis de León, que tiene 17 años como voluntaria. El grupo de mujeres que se encuentran al tanto del albergue está conformado, entre otras personas, por su secretaria, Guadalupe Ochoa Figueroa; la tesorera, Francisca de León; Olivia de León Ramírez, gestora de donativos; María Elena Prado, presidenta del Consejo Diocesano; Teresita, Alicia Canchola Pérez, María Engracia Chávez Robles y Elisa Blas Alvarado; encargada de recibir y registrar a los migrantes que llegan al albergue.

Este grupo de Vicentinas pertenece a la región seis, que abarca Guadalajara, Ahualulco, Colima, Ciudad Guzmán, Ocotlán, Villa de Álvarez, Tecalitlán y Juchitán.

En el albergue San Vicente Paul no sólo se auxilia a los migrantes, sino también a personas de la tercera edad y en situación de calle. Desde luego, la población mayoritaria la conforman los migrantes, quienes deben llegar primero a la casa de Elisa Blas, ahí les hacen su registro con sus datos generales y les otorgan un pase de entrada. Ya con el pase en su poder, donde se encuentra anotado el reglamento del lugar y los datos de la persona para tener un control de los que llegan y se van, deben dirigirse al albergue donde Carlos les permite instalarse a partir de las seis de la tarde.

A lo primero que acceden los migrantes es a su dormitorio, en seguida Carlos los conduce al bazar para que tomen un cambio de ropa, les da de cenar y luego de bañarse deben dormir. En caso de ser necesario, los migrantes pueden salir a los abarrotes hasta poco antes de las 10 de la noche. En el albergue se pueden quedar máximo dos o tres días, pero si están enfermos o han encontrado un empleo, son bien recibidos por el tiempo que sea necesario antes de continuar su camino. Desde hace un lustro Carlos se ha convertido en el guardián nocturno del albergue. Él no cobra por sus servicios, a cambio de ello, las vicentinas cubren sus gastos de comida y hospedaje. Los migrantes deben abandonar el lugar antes de las ocho de la mañana, cuando Carlos cierra el portón y se va a trabajar.

Cada miércoles a las cuatro de la tarde, las 11 voluntarias vicentinas llevan a cabo su junta semanal, donde ventilan y solucionan todos los problemas propios de la asistencia que brindan a los migrantes. Desde luego, una de las principales tareas es la asignación de los roles para la distribución de los alimentos que ofrecen a sus albergados. “Cada día una de nosotras traemos la comida para la cena y el desayuno, todo el alimento lo cocinamos nosotras”, afirman orgullosas. En caso de llegar alguien enfermo “lo llevamos al doctor y le compramos sus medicinas”. Mientras estén enfermos se quedan hasta que se alivien.

Venta de tamales para sobrevivir

Si tomamos en cuenta el poco personal que labora en el albergue y los reducidos recursos con que cuentan, podemos dimensionar la gran labor que realizan las vicentinas al recibir anualmente entre 700 y 800 personas. Desde luego, no están exentas de alguna situación especial que amerite no sólo recibir un número mayor, sino por un tiempo más prolongado del que normalmente se refugian en el albergue. “Cuando
sucede que no pueden seguir su camino por el temporal de lluvias o por otro contratiempo, hemos tenido que poner colchonetas y catres extras para recibir a todos, porque aunque sea amontonaditos aquí todos caben”, comenta Alicia.

Actualmente el albergue cuenta con dos habitaciones grandes, un dormitorio destinado a parejas o familias, la habitación de Carlos, una oficina, una bodega, la cocina, un taller para preparar tamales, dos sanitarios, dos regaderas y una terraza techada para usos múltiples. Uno de los cuarto cuenta con 12 literas y otro con cuatro. Hace ocho años se realizó la última ampliación del lugar. Actualmente se trabaja para construir una cocina más grande y un desayunador.

Al no recibir remuneración alguna desde el 31 de julio de 1989, cuando se comenzó la construcción del albergue, uno de los principales problemas que deben resolver cotidianamente es la recaudación de fondos. Los gastos del albergue aumentan día a día y los ingresos para su sostenimiento son mínimos. Las mujeres los obtienen de la producción y venta de tamales.

Cada lunes, como desde 1990, preparan 800 tamales sobre pedido. Sólo cocinan bajo pedido porque elaborar la tamaliza les lleva todo el día en el taller de cocina. Sin ocultar su satisfacción, comentan: “Nuestro fuerte es hacer tamales”.

Para conseguir mayores recursos han vendido en su bazar cobertores de Aguascalientes y ropa usada; además, han organizado rifas de dólares que obtienen de algunos familiares de ellas en Estados Unidos. En los últimos años han contado con la ayuda del DIF y el ayuntamiento de Zapopan, que les han proporcionado catres, cobijas y despensas.

Cuando los migrantes dejan el albergue de San Vicente Paul, se dirigen hasta La Quemada, en el municipio de Magdalena, localizado a 60 kilómetros al norte, para subir nuevamente al ferrocarril, pues en Venta del Astillero pasa con mucha velocidad. Si tienen suerte alguien los llevará en automóvil o camión, de lo contrario les espera una larga caminata de al menos 10 horas. En ocasiones pasan a otro albergue en El Arenal para descansar antes de treparse al tren rumbo al norte.

Sin duda, la diferencia entre el albergue de las vicentinas y los otros 70 lugares de asistencia para migrantes en México es el poco personal que lo atiende; la similitud, es la falta de recursos económicos que todos padecen.