Díaz-Canel, un “delfín” enigmático

La llegada de Miguel Díaz-Canel a la Presidencia de Cuba –el próximo jueves 19– marcará el relevo generacional en el gobierno de la isla. Sin embargo, los líderes de la Revolución –la vieja guardia– seguirán teniendo el control de dos pilares: el Partido Comunista y las Fuerzas Armadas. Todo parece indicar que el próximo mandatario es una hechura de Raúl Castro, quien lo apadrinará desde las sombras, por lo que no se sabe aún si La Habana encarará un proceso que lleve su socialismo al modelo chino, lejos de la ortodoxia soviética, o si se mantendrán las antiguas fórmulas.

BOGOTÁ.- Este viernes 20, un día después de que –como todo indica– juramente como presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel cumplirá 58 años, una edad similar a la de la mayoría de funcionarios que lo acompañará en los consejos de Estado y de Ministros en la desafiante tarea de gobernar una nación cuyo modelo socialista necesita reinventarse para sobrevivir a los nuevos tiempos.

La llegada de Díaz-Canel al poder no sólo marcará el relevo generacional de los líderes de la Revolución que gobernaron la isla desde 1959, sino que abrirá un periodo de incertidumbre en el que el “delfín” de Raúl Castro tendrá que demostrar si será un dirigente de transición o un líder modernizador capaz de llevar a Cuba hacia un socialismo más parecido al de China que al de la desaparecida Unión Soviética.

Díaz-Canel, un ingeniero electrónico con 33 años de trayectoria en el Partido Comunista de Cuba (PCC) y con experiencia de ministro y primer vicepresidente de los consejos de Estado y de Ministros, ha dado pocas muestras de lo que podría ser su gestión como presidente.

Es extremadamente cauto en sus discursos y muy renuente a fijar en público sus posturas políticas.

En los congresos del PCC lo mismo ha hablado como un renovador que pide una prensa más crítica y dar mayor acceso a internet a la población, que como un ortodoxo que llama a manejar con prudencia el proceso de apertura económica y a cerrar el portal informativo OnCuba, con base en Miami, porque tiene una línea “muy agresiva con la Revolución”.

Esto, aunque “digan que censuramos”, aseguró en un video de una reunión con miembros del PCC que se filtró en agosto pasado.

Nadie sabe si esto es algo que dijo para tranquilizar a la línea dura del PCC o si realmente lo piensa. Y aunque todos esperan que dé continuidad a las reformas impulsadas por Raúl Castro desde 2006, es un enigma si lo hará con la rapidez y la profundidad que se requiere.

El profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Texas, Arturo López-Levy, quien trabajó como analista en el gobierno cubano en los noventa, considera que lo expresado por el sucesor de Raúl Castro en el video sólo muestra a un futuro presidente que es consciente del peso que juega el concepto de seguridad del Estado en Cuba y de la naturaleza unipartidista del régimen.

“Pero lo que dijo no indica ni que él va a ser contrarreformista ni que va a ser un reformista. En ese video, lo que él muestra es un pensamiento alineado con los sectores más duros del partido frente a los grupos de la sociedad civil que cuestionan al gobierno. Dicho esto, su perspectiva es bastante realista, porque él en el mismo video dice que la mayoría del pueblo no ve a esos grupos como enemigos del país”, señala el académico.

Díaz-Canel estuvo tres años en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) tras graduarse en 1982 como ingeniero en la Universidad Central de Las Villas, en su natal provincia de Villa Clara, donde después fue profesor y dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas, la incubadora de los futuros funcionarios del régimen.

Según su biografía oficial, entre 1987 y 1989 cumplió una “misión internacionalista” en Nicaragua, donde el régimen sandinista libraba en esos años una guerra contra los “contras” patrocinados por Estados Unidos.

En 1994 Díaz-Canel fue designado primer secretario del Comité Provincial del PCC en Villa Clara y nueve años más tarde pasó a ocupar el mismo cargo en la provincia de Holguín; Raúl Castro –entonces el número dos del régimen– lo propuso como miembro del Buró Político del Partido, que reúne a la crema y nata de la élite dirigente cubana.

En 2009, un año después de que Raúl Castro fuera elegido presidente de Cuba en reemplazo de su convaleciente hermano Fidel, fue nombrado ministro de Educación Superior por su mentor político.

De Díaz-Canel, Castro ha destacado su “sólida firmeza ideológica” y su amplia trayectoria como un cuadro del PCC que se inició “en la base”.

En 2012 dejó su cargo como ministro y asumió como vicepresidente del Consejo de Ministros. Y un año después fue designado primer vicepresidente de los consejos de Estado y de Ministros, lo que lo puso como el número dos del régimen y el primero en la línea sucesoria.

Al anunciar su designación, en febrero de 2013, Castro no ocultó que Díaz-Canel era su “delfín”. Dijo que su nombramiento respondía a la necesidad de preservar “la unidad ejecutiva frente a cualquier contingencia por la pérdida del máximo dirigente” y a garantizar “la continuidad y estabilidad de la nación”.

El nombramiento, señaló el presidente cubano, es “un paso definitorio en la configuración de la dirección futura del país, mediante la transferencia paulatina y ordenada a las nuevas generaciones de los principales cargos”.

Para López-Levy, pocas transiciones de liderazgo en la historia de América Latina y los países comunistas han sido “tan cuidadosamente diseñadas”.

Desde ahora, dice el profesor de la Universidad de Texas, y hasta el VIII Congreso del PCC, en 2021, “corresponderá observar cuán hábil es la élite cubana para ejecutarla”.

La vieja guardia

En un sugerente acto realizado en febrero pasado en el Capitolio de La Habana, sede de la Asamblea Nacional, Castro condecoró a tres personajes emblemáticos de la vieja guardia: el segundo secretario del PCC, José Ramón Machado Ventura, y los comandantes de la Revolución Ramiro Valdés y Guillermo García Frías, éste, de 90 años.

Los expertos en política cubana interpretaron esa ceremonia como un honroso adiós a los vetustos héroes revolucionarios que acompañaron a Fidel, a Raúl y al Che Guevara en la guerra insurreccional iniciada en 1956 en la Sierra Maestra.

Machado Ventura, de 87 años, es el segundo hombre del PCC y la cara más visible de la línea ortodoxa que se resiste a las reformas económicas impulsadas por Raúl Castro, a quien debe su carrera y le es absolutamente leal. Ramiro Valdés, de 85 años, es vicepresidente de los consejos de Estado y de Ministros, y García Frías, de origen campesino, es considerado un heroico luchador revolucionario.

Carmelo Mesa-Lago, profesor emérito de economía y estudios latinoamericanos de la Universidad de Pittsburgh, considera que el homenaje a esos tres dirigentes nacidos casi tres décadas antes de la Revolución Cubana es un mensaje inequívoco de Raúl Castro de que él dejará la Presidencia pero que se llevará con él “a la vieja guardia dura”.

Esto, afirma el catedrático, “dejará un poco más limpio el camino para Díaz-Canel”, quien sin embargo no tendría, ni de lejos, el poder de Raúl y, menos, el que llegó a tener Fidel Castro.

Una ventaja para el nuevo presidente será que Raúl Castro permanecería, hasta 2021, como primer secretario del PCC, donde podrá jugar un papel de contención frente a los sectores más resistentes a las reformas. Desde ese organismo político, que traza las líneas de acción a los consejos de Estado y de Ministros, el actual mandatario será el poder en las sombras.

El nuevo presidente de Cuba “dependerá en gran medida del respaldo de Raúl Castro y de la legitimidad institucional que el cargo le da”, asegura López-Levy.

Díaz-Canel sería el primer civil y el primer cubano nacido después de la Revolución en llegar a la Presidencia de Cuba.

Para López-Levy, lo que ocurrirá este jueves 19 en el Palacio de Convenciones de La Habana, cuando se instale la IX Legislatura de la Asamblea Nacional para elegir un nuevo Consejo de Estado –órgano integrado por un presidente, un primer vicepresidente, cinco vicepresidentes, un secretario y 23 miembros–, será, más que la irrupción de un nuevo líder, un desembarco generacional.

Dice que la conducción del Estado será asumida por las nuevas élites posrevolucionarias que comparten los valores nacionalistas de sus antecesores, pero que han estructurado sus convicciones, intereses, valores y privilegios en torno a experiencias distintas.

“Los herederos del castrismo”, señala el doctor en estudios Internacionales de la Escuela Joseph Korbel, “ascendieron al poder sin competir con él, sino por su lealtad, obediencia y capacidad burocrática para implementar las políticas que los octogenarios líderes les dictaron”.

Díaz-Canel, afirma, es el mejor situado de la nueva generación por su variada trayectoria institucional y geográfica, pero no tiene una penetración social, prestigio y base de poder equivalente a sus predecesores Fidel y Raúl Castro.

“A partir de esa realidad”, explica, “el reto será la consolidación de un liderazgo colectivo, que ya fue ensayado en la etapa raulista. Es en esa nueva institucionalidad postotalitaria, con pluralismo burocrático, menor movilización de masas y un leninismo menos rígido, donde descansa la probabilidad realista de una acentuación de las reformas”.

El nuevo presidente, plantea López-Levy, necesitará una gestión colegiada y sensible a la discusión de políticas públicas y tendrá que contar con que Castro juegue un papel estabilizador en el PCC y en las FAR, las dos instituciones más poderosas del país.

Esto, mientras enfrentará la hostilidad del presidente estadunidense Donald Trump, quien ya ha dado muestras de su interés en obstaculizar el proceso de normalización de relaciones con Cuba iniciado por su antecesor, Barack Obama.

Este escenario, dice el académico de la Universidad de Texas, empujará a Díaz-Canel “a la cautela” y a construir un liderazgo “transaccional, no transformador, en el que podrá coordinar soluciones a los problemas, pero no se propondrá una transformación sistémica”.

Y la transición se dará en la misma arquitectura institucional diseñada por los hermanos Castro, en la que el PCC, las FAR y el Consejo de Estado son los pilares del poder.

Cincuentones

El economista cubano Pavel Vidal señala que, más allá de que se dé por descontado que Díaz-Canel será el presidente, habrá que ver si el cambio generacional es de la profundidad que se espera, y eso lo indicará la elección del primer vicepresidente del Consejo de Estado –que será el segundo en la línea de mando ejecutiva– y de los 29 miembros restantes de ese organismo.

“Tenemos que ver quiénes ocuparán la dirección de los principales ministerios, como Economía o Relaciones Exteriores, y conocer en qué lugar quedarán los políticos de la generación histórica”, señala.

Entre los cincuentones que acompañarán a Díaz-Canel en el Consejo de Estado –y que podrían ocupar ministerios importantes– figuran Lázara Mercedes López Acea, actual vicepresidenta de los consejos de Estado y de Ministros, el canciller Bruno Rodríguez y el economista Marino Murillo, jefe de la implementación de las reformas estructurales que impulsó Raúl Castro.

Otros personajes que a pesar de no ser jóvenes podrían jugar un papel relevante en esta etapa de transición son los septuagenarios Salvador Valdés Mesa, vicepresidente del Consejo de Estado; y los generales Leopoldo Cintras Frías y Álvaro López Miera, ministro y viceministro de las FAR, respectivamente.

También el jefe del Ejército Oriental, el general Onelio Aguilera Bermúdez, de 64 años, y el jefe del Ejército Central, el general Raúl Rodríguez Lobaina.

Cualquiera de ellos podría ser el nuevo ministro de las FAR y vicepresidente del Consejo de Estado para asuntos de defensa, si Cintras Frías pasa a retiro.

El profesor de la Universidad Nacional de Colombia, Carlos Alberto Patiño, considera que el relevo generacional de la dirigencia cubana tendrá un efecto en la relación de la isla con América Latina y el mundo, en el que se puede esperar un mayor acercamiento del gobierno de La Habana con países como México y Brasil.

“También creo que en esta transición pueden incrementar su influencia en Cuba dos potencias emergentes: China y Rusia, en especial ahora que Trump parece empeñado en marcar distancia con La Habana”, afirma el catedrático.