“Ofelia o la invención de la belleza”

El emblemático cuadro Ofelia, pintado por el inglés prerrafaelista John Everett Millais, es fuente de inspiración y disfrute desde su creación en 1852. La imagen nos traslada a un mundo natural donde se expresa el tránsito invisible entre la vida y la muerte. Lo expresa Ofelia, la del Hamlet de Shakespeare, recostada en el lecho de un río, rodeada de flores y vegetación, con gesto mórbido y las manos extendidas. La composición revolucionó las propuestas victorianas de su tiempo y sigue valorándose su belleza.

La pintura, de apenas 76 x 112 cm., ha suscitado análisis e innumerables preguntas acerca de su creación. La obra teatral Ofelia o la invención de la belleza, escrita y dirigida por Álvaro Cerviño, se aventura a contar la historia de su elaboración y la relación entre los dos personajes implicados: Millais, el pintor, y Lizzie Siddall, la modelo.

La escenografía de Félix Arroyo nos ubica en la época, y la iluminación sepia dota de calidez el estudio del pintor con su caballete. Aunque no reproduce la tina en donde Millais colocó a Lizzie, sumergida en agua calentada con el fuego de las velas –provocándole una grave neumonía–, crea una convención que se sostiene a lo largo de la obra.

Álvaro Cerviño contrapuntea la historia del pintor y la modelo con inserciones de dos personajes en un museo que observan el cuadro, siempre de espaldas. Complementan la información los pensamientos y los sentimientos que provoca la pintura. Si bien este juego está bien resuelto y colabora en el transcurrir de la obra, las situaciones que suceden en el proceso pictórico del artista se caen continuamente. La pieza está llena de palabras elegantes, academicismos, observaciones sobre la pintura, el movimiento prerrafaelista, y los principios teóricos que lo sustentan. Parecen salidas de un libro, llenas de descripciones y conceptos agotadores alejados de la veracidad de los personajes. Ofelia o la invención de la belleza, que se lleva a cabo en el Teatro La Capilla cada domingo a las 18 horas (Madrid 13, Col. Del Carmen, Coyoacán), se vuelve pretenciosa y chocante.

Los actores, Darling Lucas y Carlos Herrera, se esfuerzan por dar emoción al texto y se nota ese esfuerzo, ese énfasis en el decir, esa exaltación en ella que la lleva a un tono monocorde, y esa aparente naturalidad en él. Son personajes que no nos son empáticos, pero que mantienen nuestra atención por lo que el inquietante proceso de la creación implica.

Llama nuestra atención saber quién era ella y los intríngulis amorosos que se cuentan. El amor platónico de él; su búsqueda incansable de la luz perfecta, el deseo de la sublimación; y la complicidad de ella: En Lizzie hay entusiasmo y placer por la pintura, así como carencia económica, enfermedad y el láudano como medicina.

Es ingeniosa la reinterpretación que el autor hace sobre el personaje de Ofelia, dándole un giro a sus razones y a su muerte. Si Shakespeare la plantea como un suicidio, qué pasaría, nos dice el autor, si ésta es apenas un accidente y la relación de ella con Hamlet llevara a una confabulación fallida.

El resultado de esta puesta en escena contrasta con la propuesta de Álvaro Cerviño –en donde también participan los actores–, de adaptar dos obras del Siglo de Oro. Las paredes oyen de Juan Ruiz de Alarcón y Los empeños de una casa de sor Juana Inés de la Cruz, llevadas a cabo en el carro de comedias de la UNAM, están llenas de dinamismo y hábiles resoluciones escénicas. Cuáles serían entonces los requerimientos para que una obra seria como Ofelia o la invención de la belleza, tuviera la solidez dramática necesaria para mostrar el mágico proceso creativo de un pintor y la relación con su modelo.