“La 4ª Compañía”

Emblema de corrupción, hipocresía y abuso de poder, el Negro Durazo vuelve a la pantalla, y regresará muchas veces más porque la biografía de este personaje de la política mexicana esconde muchas historias de corruptela e injusticia que aguardan el momento de ser contadas… hay tiempo. La de La 4ª Compañía (México, 2016), escrita y dirigida por Mitzi Vanessa Arreola y Amir Galván Cervera, desarrolla un muy bien documentado drama que combina el género de prisión con el político, sin descuidar la novela de aprendizaje.

Los hechos ocurren hacia final de los años 70 y comienzo de los 80, durante la última etapa de la presidencia de López Portillo; trasladado a la prisión de Santa Marta Acatitla, Zambrano (Adrián Ladrón), delincuente de poca monta, sueña con formar parte del equipo de futbol americano del penal, Los Perros, integrado por presos destacados que controlan a los demás. Pero los privilegios, seguridad y drogas de este escuadrón, también nombrado la 4ª Compañía, dependen más de su habilidad para salir a cometer atracos organizados por las autoridades de la cárcel, que de sus méritos deportivos.

De día, entrenamiento intenso; de noche, salidas a perpetrar asaltos organizados por directivos del reclusorio y de la policía; la cuota del jefe Durazo es alta, y le gusta que lo sorprendan: si pide 50 carros Galaxy, pues que le lleven cien; entre robos de coches y uno que otro asalto bancario, el discurso político, luminoso como el día, es que el equipo de Los Perros demuestra que los criminales son sujetos capaces de regeneración, de reinserción social. En cambio, la vida carcelaria es esquizofrenia, vejaciones, abuso sexual y tortura.

Como película, La 4ª Compañía cubre su cuota de género carcelario mexicano, sordidez y tremendismo muy al estilo del cine de los 70 y principios de los 80, que mezclaba una tendencia innovadora, demasiado consciente de sí misma, dentro de un marco oficialista, la página roja con un discurso político grandilocuente, tanto que bien podría hablarse de una tendencia expresionista que nunca llegó a cuajar.

La mancuerna de realizadores Vanessa Arreola y Galván Cervera se tomó el trabajo de aproximarse a reproducir la misma manera de filmar, cosa que de ninguna manera puede verse como retroceso, aunque falta distancia y quizá un tanto de ironía para recurrir a la sordidez y a los lugares comunes de la época; el riesgo no es tanto lo gratuito de situaciones carcelarias, sino el de caer en la misma solemnidad de la que pecó el cine de aquella época.

Rodada en la prisión misma de Santa Marta, y apoyada por la fotografía de Miguel López, la ambientación es la de un universo cerrado, sujeto a sus propias leyes. El miedo se respira. Pero más allá de la dimensión política y la denuncia, La 4ª Compañía sorprende con estupendas secuencias de acción deportiva, verdaderos combates en los que se juega la posibilidad de redención del equipo, principalmente de Zambrano, el joven que aspira a un destino mejor.

Los 10 Arieles que acumuló esta cinta fueron bien merecidos, la productora Mónica Lozano y su equipo han sabido tomar riesgos por vetas poco exploradas y con trabajos serios y de buena factura como El elegido, o Colosio: el asesinato, entre otros tantos.