A Saturnino Navazo el futbol lo salvó del infierno

Saturnino Navazo organizó un torneo de futbol en un campo de concentración nazi; Rachid Mekhloufi fue estrella de una selección que simbolizó la independencia argelina; Predrag Pašic abrió una escuela de futbol para niños en medio de los bombardeos sobre Sarajevo; inmigrantes africanos han recobrado su dignidad jugando en Alma de África, conjunto de balompié que compite en una liga de España; Honey Thaljieh creó el primer equipo de futbol femenino de Palestina, cuyas jugadoras desafían los retenes militares israelíes con el solo afán de pisar la cancha; George Weah, estrella internacional de futbol nacido en un tugurio de Monrovia, acaba de ser elegido presidente de Liberia…

Todos ellos son los protagonistas de seis crónicas que Proceso empieza a publicar a partir de esta semana.

Perseguido por Francisco Franco y capturado por tropas de la Alemania nazi en 1941, el mediocampista español Saturnino Navazo estaba condenado a morir en las canteras de granito del campo de concentración de Mauthausen, en Austria. Sin embargo ocurrió lo impensable cuando un domingo salió de su barracón pateando una pelota que había hecho con restos de cuero y mecate, y se puso a jugar con otros internos. El “carnicero” del lugar, Georg Bachmayer, fanático del futbol, quedó prendado de su estilo y le ordenó organizar más partidos; dinámica que contribuyó a salvar la vida a miles de presos, entre húngaros, alemanes, polacos, checos, yugoslavos y españoles.

PARÍS.- La pasión de Saturnino Navazo Tapia es el futbol. Desde chiquitito.

Es el 23 de mayo de 1922, tiene escasos ocho años cuando Rafael Moreno Aranzadi, su héroe, muere de tifus. Al igual que todos los chavos del barrio obrero de Cuatro Caminos de Madrid, donde vive, el niño admira perdidamente al delantero del Athletic Club de Bilbao, más conocido como El Pichichi por su baja estatura. El futbolista, sobrino del escritor Miguel de Unamuno, es el goleador más talentoso de España.

Esa muerte es el primer duelo que enfrenta Saturnino. El chico se promete a sí mismo seguir las huellas de su ídolo y cumple cabalmente su compromiso secreto, dedicando muchísima más energía a los partidos que disputa con la pelota de trapo en las calles estrechas de su barriada que a la escuela. Sus padres se preocupan.

La familia tiene poco tiempo de haberse mudado a Madrid. Abandonó su pobrísimo pueblo natal de Hinojar del Rey, en la provincia de Burgos, en 1921, para probar suerte en la capital. Su padre, panadero, y su esposa sueñan con un mejor porvenir para sus hijos; ven crecer el ardor futbolero de Saturnino cada vez con más inquietud.

Si sólo supieran…

Pero, por supuesto, distan de imaginar que el balompié será la salvación de su hijo en el infierno de Mauthausen…

Mayo y junio de 1934. Dos meses importantes en la vida de Saturnino Navazo.

Alto, delgado y atlético, el joven acaba de cumplir 20 años y luce como mediocampista en el Deportivo Nacional de Madrid –uno de los tres clubes de futbol de la capital española– con el que gana la Copa de Castilla el 24 de junio, tras su victoria sobre el Real Madrid.

La destreza y velocidad de Navazo en la cancha, y su precisión como goleador, llaman la atención de los directivos del Betis Balompié de Sevilla –afamado club de primera división– que se muestran interesados en contratarlo.

La primavera de 1934 es también un momento emocionante para todos los aficionados del balompié: Italia acoge la segunda edición del Campeonato Mundial de Futbol, del 27 de mayo al 10 de junio. Sólo calificaron 16 equipos nacionales, entre ellos el de España. Navazo sigue la Copa del Mundo con sentimientos encontrados.

Por un lado, le fascina la dimensión internacional que va tomando el deporte que venera y, por otro, lo espanta ver cómo Benito Mussolini convierte el Mundial en un instrumento de propaganda política. Siente que el futbol pierde su alma durante la final, entre Italia y Checoslovaquia, que se celebra en el Estadio Nacional de Roma, abarrotado, y concluye con la victoria bastante cuestionable del equipo anfitrión en medio de agresivos cantos nacionalistas y saludos fascistas.

Desde la proclamación de la Segunda República española, en 1931, Saturnino Navazo vive inmerso en la efervescencia política que sacude a Europa y a su propio país, identificándose con el Partido Socialista Español. Republicano convencido, observa con angustia la llegada de Adolfo Hitler al poder en Alemania, en 1933, su acercamiento con Benito Mussolini, en 1935, y vive en carne propia las terribles primicias de la guerra civil que pronto desangrará a España.

1936. Golpe de Estado encabezado por el general Franco. Saturnino Navazo renuncia al futbol y, de la noche a la mañana, se convierte en teniente de la Veinteava Compañía de Carabineros del Ejército Republicano. Combate, primero, en el cruento frente del Levante, luego en Cataluña.

Tres años de lucha férrea y luego la derrota. Cae Barcelona a manos de Franco a finales de enero de 1939, y toda Cataluña, a principios de febrero.

Empieza la lúgubre retirada: medio millón de españoles huyen a Francia perseguidos por hordas franquistas. Cruzan los Pirineos golpeados por un invierno despiadado, jalando bolsos y maletas. Saturnino Navazo es uno de ellos.

Los republicanos pasan la frontera para después toparse con la crueldad.

Las autoridades galas los detienen durante meses en campos de refugiados con condiciones infrahumanas, ahí 15 mil de ellos mueren de frío, por desnutrición y enfermedad.

Navazo logra escapar y se enrola en los Comandos de Trabajadores Extranjeros (CTE) que apoyan a las tropas galas en su combate contra la ofensiva nazi en el este de Francia. Nueva derrota. En junio de 1940 Saturnino Navazo cae preso ante los alemanes en la ciudad de Belfort, junto con los sobrevivientes del CTE y soldados franceses. Después de unas semanas, todos acaban deportados a Fallingbostel, en la Baja Sajonia.

El preso número 5,656

Según cuenta Carlos Hernández de Miguel, autor de Los últimos españoles de Mauthausen, libro apasionante publicado en 2015, los nazis detienen en Francia y apresan a 9 mil 300 republicanos españoles, situación que les plantea un problema político-diplomático complejo. Alemania no está en guerra con España y, por lo tanto, esos cautivos no pueden tener el estatus de prisioneros de guerra.

El alto mando nazi, que no sabe qué hacer con ellos, contacta al gobierno franquista para tratar el asunto. En vano. Franco no quiere saber nada de esos “rojos”.

El dilema se resuelve finalmente en septiembre de 1940, durante la visita de Ramon Serrano Suñer a Berlín. El cuñado de Franco, quien también se desempeña como ministro de Relaciones Exteriores de España, sostiene una larga entrevista con Hitler. Al día siguiente de su partida, el führer ordena el traslado de los republicanos al campo de concentración de Mauthausen, en Austria. Saturnino Navazo llega el 27 de enero de 1941 a ese matadero.

Según la propia clasificación de los nazis, Mauthausen, concebido para acoger a “elementos irrecuperables”, es el único campo de concentración de la Categoria 3, la más alta en la jerarquía represiva del Tercer Reich.

Construido por los mismos presos a 30 kilómetros de la ciudad de Linz, en un área poco poblada regada por el río Danubio, el campo se encuentra en medio de canteras de granito en las que decenas de miles perecen trabajando en condiciones atroces a lo largo de siete años, de 1938 a 1945.

Hitler se propone cambiar radicalmente el rostro de Berlín, que se llamará Germania y deberá reflejar la supremacía mundial de Alemania. El arquitecto Albert Speer, íntimo del führer, planea esa gigantesca remodelación urbana y supervisa las obras. Son colosales y requieren granito. Miles de toneladas de granito. Y mientras más granito exige Speer, más mortíferas se tornan las canteras austriacas.

Uniforme rayado y pelo rapado, Saturnino Navazo se convierte en el número 5,656 que los SS le tatúan en el brazo. Es un subhumano cuyo saco hecho trizas enarbola un triángulo de tela azul con la letra S pintada en su centro, S de Spanien. Es el distintivo de los apátridas españoles.

Trabaja en las canteras, rompe rocas, carga bloques de granito y los amontona en vagones. A veces le toca arrastrar vagones. Un día, uno de esos le mutila un dedo. El ritmo de trabajo es insostenible. Los SS golpean a culetazos a quienes no respetan la cadencia. Cada día presos exhaus­tos caen muertos entre las piedras. La esperanza de vida en las canteras no rebasa los seis meses.

Saturnino Navazo tiene ahora 26 años y aparenta 40. Pero no se deja. Resiste. Cuenta con la solidaridad de sus compatriotas, que en su amplia mayoría son militantes políticos organizados y disciplinados. Al principio de su detención, anarquistas, socialistas y comunistas españoles se enfrascan en luchas ideológicas, pero rápidamente entienden que unirse es su única esperanza de sobrevivir.

En Mauthausen se trabaja toda la semana, salvo el domingo. Los detenidos aprovechan ese tiempo sin cantera para juntarse y platicar. Muchos duermen. Saturnino Navazo pasa horas recorriendo el campo y juntando bolsos de papel, trapos, pedazos de cuero, mecate…

Un domingo sale de su barracón dando patadas a una pelota de parches, igualita a la de su pobre infancia madrileña. Lo siguen otros presos. Empiezan a jugar. ¡Una locura!

En Los Últimos Españoles de Mauthausen, Carlos Hernandez de Miguel cita a Luis Gil, un sobreviviente del campo de exterminio:

“En la plaza de los recuentos, junto a las barracas que iban del 1 al 5, organizamos un partido de balompié. El primero en aquel siniestro campo. Se trataba de la primera manifestación que desbordaba el marco rígido y de terror impuesto por los SS. Días antes habíamos hablado de ello a otros grupos nacionales, con el fin de organizar un encuentro internacional, pero nos respondieron con una negativa, llamándonos locos. Insistían en que no se había hecho nunca y en que los SS no lo permitirían. Los que quedaron más boquiabiertos fueron los delincuentes alemanes y polacos, que llegaron a llamarnos suicidas. Pero los locos españoles nos lanzamos a dar patadas a la pelota y los SS no dijeron nada.”

No sólo los SS no dicen nada, sino que aplauden. El más entusiasta es Georg Bach­mayer, el schutzhaftlagerführer (responsable de la seguridad) de Mauthausen, el segundo alto mando del campo.

Bajito y de piel morena, Bachmayer destaca por su crueldad. Adiestra perros que luego lanza contra los presos. Múltiples testigos lo señalan como uno de los mayores carniceros de Mauthausen.

Pero Bachmayer también es un apasionado del futbol y, al igual que los dirigentes del Betis de Sevilla, repara de inmediato en Saturnino Navazo. Le gusta su juego, se lo dice y le ordena seguir organizando equipos y partidos.

El destino de Navazo da un vuelco.

El espigado mediocampista echa manos a la obra y empieza a seleccionar jugadores. La tarea le resulta a la vez ardua y desgarradora. Hay colas de candidatos, pero muchos llegan tan desnutridos que se derrumban después de media hora de esfuerzos.

Saturnino Navazo aprieta los dientes y finalmente logra formar equipos “nacionales” con húngaros, polacos, alemanes, checos, yugoslavos… Planea torneos y liguillas al tiempo que se desempeña como capitán y entrenador del equipo español.

Los partidos se disputan el domingo por la tarde siempre en la misma plaza de los recuentos. SS, kapos y presos se codean y se entusiasman al unísono.

El kapo de la cancha

Según cuentan sobrevivientes, se trata de partidos extraordinarios, no tanto por su calidad técnica, sino por su intensidad emocional. A lo largo de 90 minutos, jugadores y árbitro corren en una cancha de cemento con una energía fuera de lo común. Imaginan estrategias. Se interpelan por sus nombres. Marcan goles. Gozan. Irradian fuerza, placer y libertad.

Electrizan tanto al grupo compacto de los SS uniformados como a la masa grisácea de los presos.

Cuesta trabajo imaginar a verdugos y víctimas vibrando juntos con el mismo fervor, o figurarse a Bachmayer exultando en medio de presos famélicos que tal vez decida matar al día siguiente.

Pero es ésta la realidad abisal y alucinante de Mauthausen: el domingo, el futbol rompe la rutina monstruosa del campo de exterminio y devuelve su humanidad a cada uno de los espectadores, verdugos y víctimas.

Bachmayer se vuelve más exigente. Quiere un espectáculo deportivo de más nivel. Consigue pelotas de cuero, shorts, camisetas y zapatos. Pero, sobre todo, saca a los futbolistas de las canteras de granito y les atribuye empleos en la administración del campo, en oficinas, cocinas, en la enfermería o en equipos de limpieza.

Saturnino Navazo es uno de estos enchufados, así se les dice a los privilegiados en la jerga del Mauthausen. Acaba pelando papas en una de las cocinas y logra sustraer alimentos para sus compañeros de infortunio. Bachmayer, quien lo aprecia cada vez más, lo nombra Kapo (jefe) de su barracón. Tiene a 200 presos españoles bajo sus órdenes y hace lo imposible para protegerlos.

Los partidos de futbol atraen cada vez más público. Existe una sola foto del equipo español de Mauthausen y, en ella, los jugadores y su capitán se ven delgados, pero casi robustos.

En enero de 1945, Bachmayer se entromete una vez más en el destino de Saturnino Navazo.

La situación empieza a deteriorarse para Hitler. Las tropas soviéticas invaden Polonia y se acercan al campo de concentración de Auschwitz. El 18 de enero, los nazis proceden a su evacuación precipitada y al traslado de 100 mil prisioneros a otros campos de Polonia, Austria y Alemania. Los amontonan en vagones de trenes sin techos o los obligan a caminar día y noche en un frío mortal. Ese éxodo forzado aborrecible es recordado como Las marchas de la muerte.

Un convoy de sobrevivientes llega a Mauthausen en un estado indescriptible. No son más que sombras humanas. Entre ellos se encuentra Siegfried Meir, un muchachito judío-alemán de 11 años, cuyos padres murieron en Auschwitz: su madre, de tifus, y su padre, asesinado por los SS.

No se sabrá nunca por qué el implacable Bachmayer aparta a ese güerito de los demás presos y lo confía a Saturnino Navazo. Al entregárselo le dice: “Mira, este chico es ahora tu responsabilidad y te tienes que ocupar de él. No quiero que le pase nada”.

El carnicero de Mauthausen no tendrá la oportunidad de explicar su gesto después de la guerra. A punto de ser capturado por soldados estadunidenses, se suicida de un tiro en la sien, después de haber matado a su esposa y a sus dos hijas.

Recuerda Siegfried Meir en Mi resiliencia, la autobiografía que publica en 2016:

“Navazo me sonrío y nos lo dijimos todo con la mirada. Yo no hablaba español y él apenas sabía alemán, pero nos entendimos. La forma en que me envolvió, cogió mi espalda y me llevó con él… me dio mucha confianza. A partir de ese momento no me despegué de su lado.”

Meir se aferra al futbolista como a un salvavidas. Aprende español en un guiño. El 7 de mayo de 1945, cuando las fuerzas norteamericanas liberan el campo de exterminio de Mauthausen, Siegfried Meir se convierte en Luis Navazo. El futbolista español y el huérfano alemán, vueltos inseparables, se declaran padre e hijo ante los empleados de la Cruz Roja Internacional. Y así quedan registrados.

Todos los gobiernos organizan la repatriación de “sus” sobrevivientes de Mauthausen en estrecha colaboración con la Cruz Roja Internacional. Pero nadie se interesa en los apátridas españoles, que pasan un mes atrapados en el inmenso campo de concentración controlado por militares estadunidenses.

La convivencia entre los republicanos y sus “liberadores” se vuelve rápidamente conflictiva, debido a la fama de “comunistas irreductibles” de los españoles.

Finalmente, Francia abre sus puertas a los “rojos” ibéricos. Los Navazo, “padre e hijo”, atraviesan Europa en ruinas y acaban viviendo en Revel, una pequeña ciudad de los alrededores de Toulouse, en el sur del país galo. Empieza una nueva vida para ambos, pero esa es otra historia…

Desde el 14 de agosto de 2014 una placita recoleta de Hinojar del Rey lleva el nombre de Saturnino Navazo, su hijo insigne. Es el modesto homenaje del centenar de habitantes de esa minúscula localidad burgalesa al capitán del equipo español de futbol de Mauthausen.

Saturnino Navazo muere el 27 de noviembre de 1986 en Revel. Viaja una sola vez a España, unos meses después de la muerte de Franco, pero convive hasta su último día con el US Revel, el club de futbol de su pueblo de adopción.