Después del bombardeo, incertidumbre

“Misión cumplida”, tuiteó el presidente Donald Trump tras el ataque que Estados Unidos y sus aliados Francia y Gran Bretaña realizaron el pasado viernes 13 en Siria. Pero la acción bélica tuvo un alcance limitado: fue contra instalaciones vacías, sin causar bajas, tratando de no provocar una reacción militar de Rusia y, sobre todo, sin aproximarse al objetivo declarado: castigar el uso de armas químicas por parte del régimen de Bashar al-Asad y prevenir que éste las utilice de nuevo.

Donald Trump no viajó al Mediterráneo frente a Siria, como lo hizo George W. Bush al Pérsico ante las costas iraquíes. Lo suyo son los tuits y no le pareció que lanzar al planeta un mensaje triunfal desde su escritorio, el sábado 14, desmereciera a su predecesor, quien lo hizo 15 años antes vestido de piloto militar y sobre la cubierta del portaaviones Abraham Lincoln. El de entonces aseguraba haber ganado una guerra. El de ahora, haber ordenado un ataque exitoso.

“¡Misión cumplida!”, fue la proclamación que ambos hicieron.

Pero Bush no había ganado la guerra. A década y media, las tropas estadunidenses siguen empantanadas en un país que se ha vuelto más caótico y peligroso para la estabilidad regional que el que gobernaba el derrocado Sadam Husein, y se acumulan las investigaciones que documentan los engaños y los errores cometidos por Washington y sus aliados. 

Igualmente, el “golpe perfectamente ejecutado” el viernes 13 por fuerzas estadunidenses, francesas y británicas –que presume Trump– sólo sirvió como ejercicio de demostración de poderío militar, pues fue realizado de manera muy limitada, contra instalaciones vacías, sin provocar una sola baja y sin aproximarse ni al objetivo declarado –castigar el uso de armas químicas y prevenir que las vuelvan a utilizar– ni a afectar las capacidades de la aviación siria.

A partir de comentarios anónimos a medios de comunicación, se percibe que en la comunidad de inteligencia de las potencias occidentales se estima que el plan no fue diseñado para afectar significativamente a las fuerzas del régimen sirio, sino sólo para mostrar severidad y decisión sin provocar una reacción rusa que condujera a una escalada. 

“Si el presidente Trump hubiera ordenado el ataque sólo para mostrar que Estados Unidos responde al uso de armas químicas por parte de Asad, entonces ese objetivo fue alcanzado”, declaró un alto oficial de defensa de Israel al influyente portal noticioso YnetNews.com, que lo cita sin dar su nombre. “Pero si había algún otro objetivo, como paralizar la habilidad de emplear armas químicas o disuadir a Asad de volverlo a hacer, es dudoso que estos objetivos hayan sido logrados”.

En Washington, Trump había vuelto a dar señales de querer sacar sus tropas tan pronto como se pueda. Esto provocó inconformidad en su Congreso, que ya no sabía qué esperar, por lo que el miércoles 18 la Casa Blanca envió al secretario de Defensa, James Mattis, y al jefe del Estado Mayor, el general Joseph Dunford, a darles explicaciones a los legisladores.

“Estoy muy alterado por lo que escucho y veo; el gobierno va por un camino peligroso”, dijo al salir el senador Lindsey Graham. Añadió que no hay una estrategia militar para contrarrestar la creciente influencia de Moscú y Teherán en la región y parece que la intención es “darles Siria a Asad, Rusia e Irán. Creo que Asad, después de este ataque, cree que somos puro tuit y cero acción”.

Operación impresionante…

Las gráficas y los videos publicados por el Departamento de Defensa (Dod) de Estados Unidos son elocuentes: imágenes satelitales de los blancos antes y después de los ataques. 

El Centro de Investigación y Desarrollo de Barzah, pulverizado; el almacén de armas químicas de Him Shinshar, borrado del mapa; del búnker de armas químicas, también en Him Shinshar, sólo se puede imaginar que la destrucción bajo tierra fue masiva. En su detallado informe, el Dod da cuenta de quién disparó qué, desde dónde y a dónde.

La Marina estadunidense lanzó 66 Tomahawk, el misil crucero más usado en el mundo: unos 2 mil desde la Primera Guerra del Golfo, en 1990. 

No es casual que se precise que un destructor y un crucero dispararon 37 de ellos desde el Mar Rojo, al sur de la península del Sinaí, y otro barco, 23, desde el Golfo Pérsico: así se vuelve a demostrar que en realidad no hace falta arriesgar navíos acercándolos a la costa siria. La distancia de 900 kilómetros, en el primer caso, y de mil 500, en el segundo, no es obstáculo para que estas armas golpeen con precisión. 

El viejo Tomahawk sigue siendo confiable. Sólo seis fueron lanzados desde un submarino, en el Mediterráneo Oriental. 

Pero también aprovecharon para probar y presumir nuevos artefactos: dos bombarderos Lancer B-1B utilizaron por primera vez en combate 19 misiles aire-tierra AGM-158, diseñados para ser indetectables por los radares. Ya que los aviones no tuvieron necesidad de entrar al espacio aéreo sirio, no requirieron de cobertura de cazas y sólo fueron acompañados por un Prowler EA-6B de guerra electrónica, sólo en caso de que se hiciera necesario confundir los radares rusos.

Además, por si acaso, durante la operación estuvieron en vuelo patrullas aéreas F/A-18, para efectuar contraataques, y aviones-tanque para suministrar combustible.

Los estadunidenses no fueron los únicos que sacaron a relucir sus aparatos nuevos. París y Londres han desarrollado un misil de crucero que los británicos llaman Sombra de Tormenta y los franceses, más técnicos, Sistema de Crucero Autónomo de Largo Alcance, que llega a 300 millas náuticas, por lo que también fue disparado por los Tornado y los Tifón ingleses, y por Rafale y Mirage galos, sin tener que acercarse a las baterías antiaéreas. 

…Con escaso impacto 

El Centro de Investigación de Barzah recibió el mayor castigo: 57 de los Tomahawk y los 19 AGM-158. La masividad del ataque se explica pues el sitio se encuentra en los alrededores de Damasco, una de las zonas aéreas más protegidas del mundo. La intención era abrumar con muchos misiles que caían al mismo tiempo y en el mismo punto. 

El fuego británico y francés se concentró en el almacén y el búnker de Him Shins­har, con 20 misiles, más otros siete Tomahawk estadunidenses.

Ninguno fue interceptado, según el reporte del Dod, que asegura que, de hecho, la defensa siria no lanzó ni un misil antiaéreo antes de las detonaciones y sólo después del ataque disparó 40. 

Los sirios dicen que sí respondieron y que derribaron 71 proyectiles.

Los rusos, que cuentan en su base naval, cercana a la ciudad costera siria de Tartús, con uno de los sistemas de defensa antiaérea más avanzados, el S-400, no intervinieron.

Con Turquía, Israel es el aliado de las potencias occidentales más directamente afectado por la guerra siria. Ambos la tienen en sus fronteras y están actuando militarmente en territorio extranjero. 

Tras las denuncias de uso de armas químicas el sábado 7 en Guta, un barrio en las afueras de Damasco, en un ataque que dejó 40 muertos y cientos de heridos, Israel fue el primero en reaccionar a la causa aparente de la ofensiva, con un bombardeo contra la base aérea siria T4, que mató a siete soldados.

Entre sus oficiales, la respuesta estadunidense provoca frustración. De ahí provienen los reportes de que, tras los ataques del viernes 13, no hubo filtración de productos químicos, por lo que creen que no es ahí donde los tenían almacenados.

De hecho, en un informe fechado en marzo, los inspectores de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas indicaron que no habían encontrado evidencias de investigación, producción o desarrollo de armas químicas en el Centro Barzah, a pesar de lo cual fue atacado.

Y si los hubo en las otras instalaciones destruidas, Trump le dio suficiente tiempo al gobierno sirio para trasladarlas a sitios seguros, con los tuits anunciando su ataque y la controversia internacional que provocó. Resultó evidente que las bases militares eran evacuadas y medidas similares pudieron haberse tomado en el caso del arsenal químico.

“Sólo le provocaron un daño parcial a las reservas de armas químicas y a sus capacidades de lanzamiento”, le dijo otro alto oficial a YnetNews.com. “Si quieres disparar, dispara, no hables”. 

Ataque limitado

El discurso de la Casa Blanca sobre Siria tuvo cambios mayores entre Barack Obama y Trump. El primero, en un discurso ante la Asamblea General de la ONU, declaró que no había forma de que su país aceptara que Asad permaneciera en el poder ni que Siria “retornara al statu quo de antes de la guerra”.

Ahora Trump parece tener claro que se quiere retirar. Sus tuits advirtiendo que iba a castigar el ataque químico de Asad fueron acompañados por otros en los que intentaba demostrar que las relaciones con Rusia van mal, y que no tiene sentido que lo estén investigando por el apoyo ruso a su campaña presidencial en 2016. 

El presidente ruso, Vladimir Putin, no respondió al ataque del viernes 13 con anuncios de represalias militares que pudieran conducir a nuevos enfrentamientos. Los claros límites de la operación fueron acompañados por declaraciones de Macron y de la primera ministra británica, Theresa May, en las que insistieron en que el objetivo de sus acciones en Siria era exclusivamente terminar de destruir al Estado Islámico e impedir el uso de armas químicas, pero no provocar un cambio de régimen.

Entre los sirios en el exterior, contrarios al gobierno de Asad, hubo tanto desmayo como en Israel. 

En The Guardian, Hadi Haid, investigador del Centro Internacional de Estudios de la Radicalización, en Londres, publicó un artículo en el que señala que el ataque fue una “oportunidad perdida” porque Washington no lo aprovechó para obligar al régimen a sentarse en la mesa de diálogo: “La falta de voluntad para acompañar esta última acción militar con algún tipo de estrategia política les ha costado a muchos sirios lo que puede ser su última oportunidad” de que se llegue a “una solución que pueda protegerlos y conducir a un acuerdo negociado” de paz.

La alternativa que está siendo considerada en la administración de Trump es sustituir las tropas estadunidenses –alrededor de 2 mil– por una fuerza militar árabe, según The Wall Street Journal, aunque también limitada al combate contra el Estado Islámico. El miércoles 18, el ministro saudita de exteriores, Adel al Jubeir, confirmó estar en conversaciones con Wa­shington al respecto.

La idea es considerada poco viable, sin embargo, e incluso potencialmente peligrosa. Los posibles aportantes de tropas serían Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos (EAU), que están empantanados en Yemen tras intervenir en una costosa y sangrienta guerra civil; mientras que Egipto, en fechas recientes, se ha aproximado a Asad y tiene graves problemas de seguridad interna que atender. 

Además esto generaría el riesgo de que tropas de dos acérrimos enemigos –Irán y las monarquías árabes– entraran en contacto directo y el conflicto escalara.

Por otro lado, por primera vez la fuerza aérea iraquí invadió el espacio aéreo sirio, el jueves 19, en misiones contra el Estado Islámico: aunque el gobierno de Bagdad aseguró haberse coordinado con el de Damasco, no hubo confirmación del otro lado.

También circula una propuesta presentada por Erik Prince, conocido por haber sido el jefe de la empresa Blackwater (responsable de la matanza de Haditha, Irak, en 2005) y es ahora asesor de los EAU, de formar un ejército de mercenarios (contratistas privados, los llama).

Esto podría ser llamativo para los príncipes petroleros, le dijo Nicholas Heras, del Centro para una Nueva Seguridad Americana, a The Guardian, pues “estoy seguro de que los sauditas están dispuestos a pelear en Siria hasta que caiga el último sudanés”, en alusión a la nacionalidad de algunos de los posibles reclutas más pobres.