Guerra comercial con efectos imprevisibles

China y Estados Unidos cabalgan desbocadamente hacia una colisión frontal de consecuencias imprevisibles, porque nunca, en la era globalizada, las dos potencias se habían enfrascado en una guerra comercial. Los expertos discuten quién quedará más magullado o qué país pisará antes el freno, y sólo se ponen de acuerdo en desmentir a Donald Trump: las guerras comerciales no son “buenas ni fáciles de ganar”. 

Beijing.- La hemeroteca corrobora que el rancio proteccionismo que defienden hoy Washington y Londres sólo trae desgracias. La célebre Acta Tarifaria Hawley-Smoot, de 1930, con la cual Washington gravó 20 mil productos de importación, desencadenó respuestas parecidas en todo el mundo que contribuyeron a agravar la Gran Depresión y frenaron la recuperación. Las exportaciones estadunidenses se derrumbaron más de 60% en apenas cuatro años y el contexto global ayudó al auge del nazismo. 

Las guerras comerciales –como la que ahora empiezan a protagonizar China y Estados Unidos– sólo funcionan cuando una economía tiene una superioridad apabullante sobre la otra, y éste no es el caso. Es más que probable que los efectos desborden a los rivales y se extiendan a un mundo aún esforzado en remontar la crisis financiera.

“Tendrá un impacto serio en la economía global”, corroboraba la semana pasada Roberto Azevedo, director general de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Éste es uno de los momentos más críticos que ha afrontado la organización en sus casi tres décadas de vida, alertaba en la BBC.

Bill Clinton anunció medidas severas contra la nación asiática y acabó apoyando el ingreso del país asiático a la OMC. Los aranceles a los neumáticos chinos, que impuso Barack Obama, acabaron arruinando al sector avícola estadunidense cuando Beijing respondió prohibiendo importar patas de pollo, las que devoran en masa los chinos. 

No preocupó demasiado que durante su campaña electoral Trump prometiera aranceles criminales a las exportaciones chinas, después de acusar a Beijing de ser el mayor ladrón de la historia, de violar (en el sentido sexual) a Estados Unidos y de destruir sus puestos de trabajo.

El conflicto nace del desequilibrio comercial de 375 mil millones de dólares de Estados Unidos ante China y que, como recordó Trump, no tiene precedente. La justificación moral llegó en un informe de Washington que presuntamente demuestra conductas injustas, como el trasvase de tecnología. 

Para la apertura económica, China impuso la condición de que las compañías extranjeras se asociaran con las locales en muchos sectores. Beijing pretendía un atajo para cubrir la abismal brecha tecnológica e impedir que las empresas foráneas se comieran a las locales. Es discutible su ética, pero no que esas decisiones de compartir la tecnología a cambio del acceso a un mercado de mil 400 millones de consumidores fue libre y consciente. La pretensión de castigar ese trasvase ahora por la vía arancelaria suena poco caballerosa.

Los impuestos al aluminio y al acero, aprobados por Washington el 1 de marzo, fueron el primer cañonazo de la guerra comercial. China respondió con la misma medida para las importaciones estadunidenses por valor de 3 mil millones de dólares, y se guardó la munición pesada. 

Después Estados Unidos aprobó aranceles de 25% a mil 300 productos chinos de su sector industrial, cuantificados en 50 mil millones de dólares. Beijing golpeó al hígado estadunidense al día siguiente, con impuestos por el mismo valor a su sector agroalimentario. 

Y Washington airea ahora otra salva arancelaria de 100 mil millones de dólares. Supondría gravar el tercio de las importaciones totales chinas… y no es probable que Beijing se quede cruzado de brazos.

Tensión política

Una tregua parece quimérica. Trump no se entiende sin su campaña sinófoba y echarse atrás en esta batalla decepcionaría a su electorado. También a Xi Jinping, presidente chino, lo cerca el contexto: acaba de ser elevado a la altura de Mao y anuncia sin pausa una nación fuerte que recuperará su primacía mundial.

“Es muy probable que la tensión siga escalando en los próximos meses y desemboque en una guerra comercial total”, señala Scott Kennedy, sinólogo del Centro de Estudios Internacionales Estratégicos. “Estados Unidos seguramente aprobará nuevas tarifas, controles a la inversión, restricciones de visas y otros elementos. Y China contestará proporcionalmente. No espero ninguna solución de última hora”, añade. 

Sólo la prensa ultranacionalista elevó el tono. “Cada uno de los ataques estadunidenses contra los intereses chinos tendrá su represalia”, prometía el diario Global Times en un editorial titulado “Las tarifas chinas ofrecen a Estados Unidos una dosis de su propia medicina”. Pero los mensajes oficiales enfatizan que Beijing se ha visto arrastrado a este conflicto e insisten en que sólo el diálogo aceitará la solución. Los aranceles han sido aprobados pero no han entrado en vigor, así que aún no se ha pasado de la guerra verbal a la comercial. 

Xi ofreció su perfil más razonable el martes 10 en el foro económico de Boao, Hainan. Subrayó su defensa del libre mercado y adelantó que China entraba en una “nueva fase” con más garantías a la propiedad intelectual, mayor acceso de las compañías extranjeras a su mercado, la revisión de las áreas aún vetadas y rebajas de los aranceles en algunos sectores, como el automovilístico. No citó a Estados Unidos ni a su presidente pero el receptor recibió el mensaje. Trump agradeció en Twitter las concesiones: “Juntos lograremos grandes progresos”, terminó. 

“Trump parece conocer cómo funciona la cultura política china: nunca ataques al líder y respétalo en público, mientras aplicas medidas duras. Eso es exactamente lo que está haciendo”, juzga Wong Yiu-Chung, jefe del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Lingnan.

Las listas de aranceles presentados no son azarosas. Washington apunta a la estrategia “Made in China 2015”, con la que Beijing pretendió alcanzar la cúspide de su desarrollo industrial ese año y jubilar su patrón de manufacturas baratas. Motocicletas, reactores nucleares, aviones, televisores o lavadoras son algunos ejemplos de las próximas exportaciones chinas. 

Beijing se ha concentrado en el potente sector agroalimentario, uno de los pocos en los que Estados Unidos tiene superávit, con productos como soya, whisky, carne de vacuno, maíz, trigo y tabaco. La estrategia china, además, castiga las zonas que concentran el apoyo más recalcitrante hacia Trump. 

Los aranceles afectarán 2.1 millones de puestos de trabajo repartidos en 2 mil 783 condados –en 88% de estos salió elegido Trump–, según la Institución Brookings.

La lógica sugiere que China quedará más lastimada en una guerra de aranceles porque sus exportaciones a Estados Unidos cuadruplican a las importaciones. “China será el gran perdedor ya que el éxito de sus reformas económicas en los últimos 40 años ha dependido de sus exportaciones. China ha triunfado al adoptar la estrategia de industrialización orientada a la exportación, similar a la de los cuatro dragones asiáticos (Singapur, Hong Kong, Corea del Sur y Taiwán)”, estima Wong Yiu-Chung.

Las municiones chinas

Pero los tiempos en los que Washington podría haber sometido a China quedaron atrás. La nación asiática ya no tiene la economía subdesarrollada de los ochenta ni está desesperada por obtener tecnología occidental. 

Hoy tiene lo que necesita, exporta centrales eléctricas y trenes de alta velocidad, encabeza iniciativas de comercio global –como el Banco de Inversiones e Infraestructuras Asiáticas o la Nueva Ruta de la Seda– y le sobran mercados alternativos en caso de que Trump cierre el suyo. Su economía va muy por detrás en madurez y competitividad que la estadunidense, pero le sobra munición para contraatacar. 

China es uno de los principales destinos de las cosechas estadunidenses, pero Latinoamérica supliría con gusto los mil millones de dólares de sorgo (la materia prima del aguardiente nacional) y los 10 mil millones anuales de soya que China compra a Estados Unidos. 

También podría recurrir a la europea Airbus si anula los acuerdos para construir 300 aviones, por valor de 37 mil millones de dólares, firmados con Boeing. Esta compañía admitió en 2016 que la demanda china sostenía sus 150 mil puestos de trabajo. 

Los chinos tampoco tendrían muchos problemas en conducir coches europeos o japoneses en lugar de los de la General Motors, que ya vende más en el gigante asiático que en Estados Unidos. China es también el mayor comprador de Apple, además de su lugar de fabricación. 

Pero, además de estrangular a las multinacionales que confían en su mercado para cuadrar cuentas, Beijing dispone de variadísimas opciones: recomendar el boicot de productos, desaconsejar el turismo o extremar el papeleo y las inspecciones en cumplimiento estricto de la burocracia. Esas presiones las sufrió Corea del Sur tras aprobar el despliegue del escudo antimisiles estadunidense que irritaba a Beijing: los turistas chinos se redujeron a la mitad, las ventas de vehículos Kia o Hyundai se derrumbaron y decenas de tiendas de la multinacional Lotte en China fueron cerradas por infringir la normativa contra incendios.

Y en el terreno político, China podría dejar de aplicar las sanciones económicas a Corea del Norte que la han empujado a la mesa de negociaciones, y arruinar la única victoria internacional de Trump.

Beijing cuenta con el arma atómica de la deuda pública estadunidense. Lo explicó años atrás Hillary Clinton, cuando era secretaria de Estado y criticaron su escaso brío para denunciar las violaciones de derechos humanos en China: “Nadie quiere problemas con su banquero”, dijo. 

Beijing posee 1.17 billones de dólares en bonos del tesoro estadunidense, la quinta parta del total. Algunos expertos dibujan un panorama apocalíptico si se desprende de ellos: bajará el valor de los bonos, subirán las tasas de interés, otros países atenazados por el pánico seguirán la medida china, Washington pagará más por las futuras emisiones de deuda y el aumento del costo del préstamo para empresas y consumidores estadunidenses frenará la economía nacional. 

Son muchos condicionantes porque el escenario también es inédito y hoy improbable: a China le beneficia dirigir sus inversiones hacia valores seguros y ninguno lo es más que un bono estadunidense. 

Otros expertos señalan que la deuda ata a ambos en un matrimonio forzoso y los obliga a una coexistencia pacífica por una lógica parecida a la mutua disuasión nuclear. “Por ahora estamos en una pelea de bofetadas, no en una guerra comercial. China no se sacará de encima la deuda estadunidense, a no ser que haya un conflicto serio en el tema de Taiwán”, juzga Oliver Rui, economista de la Escuela de Negocios CEIBS, de Beijing.

La historia revela que todos pierden y nadie más que los consumidores. Es una evidencia que los aranceles a los productos chinos repercutirán en el precio final. Provocarán “efectos devastadores para las economías familiares”, alertó la Cámara de Comercio de Estados Unidos, que cuenta entre sus 3 millones de miembros a gigantes como Ford o IBM. 

Para la Asociación de Líderes de la Industria de Ventas al Por Menor, con base en Washington, los aranceles son, “lisa y llanamente, un impuesto oculto para los estadunidenses”. La organización recordaba que más de 41% de la ropa y 72% del calzado vendido en Estados Unidos vienen de China. 

Ya en 2006 la periodista Sara Bongiorni intentó vivir un año sin consumir productos chinos y en su libro A year without Made in China (Un año sin Hecho en China) concluyó que, por ubicuos y baratos, eran de rechazo imposible. El prólogo de su obra sostenía que las clases medias y bajas carecían de alternativas. Los 12 largos años transcurridos desde entonces sólo han acentuado las conclusiones. Quizá al millonario Trump no le importe soltar unos cuantos dólares más para consumir productos nacionales, pero es dudoso que la castigada clase trabajadora, su principal reserva de votos, pueda permitírselo. 

Los consejeros que durante meses le rogaron a Trump calmarse y concertar las acciones con la comunidad internacional, han sido barridos y hoy sólo está rodeado de halcones que exigen mano dura ante China.

Trump sigue con su reto contra historiadores, economistas, Wall Street y sus empresas (sólo una de cada 3 mil compañías apoya sus políticas proteccionistas, calculaba recientemente The Economist). Sólo es impulsado por las clases bajas, que aún ignoran que pagarán la factura. 

Trump está convencido de que sus políticas arriesgadas conseguirán cambiar las estrategias chinas, señala Lawrence Reardon, profesor de ciencia política de la Universidad de New Hampshire. Pero Xi Jinping juega con su vanidad y podrá satisfacerla con menudencias, como la rebaja de aranceles en los automóviles que le permitan clamar victoria, continúa. “La mejor estrategia es aliarse con la Unión Europea y acudir con las reclamaciones a la OMC. Pero eso no le permitiría demostrar al mundo que es un maestro en los negocios”, finaliza.