El voto moral

Esta semana sucedió algo insólito: el diario Reforma publicó en primera plana un sondeo de opinión entre universitarios que trastocaba el resultado de toda encuesta presidencial hasta hoy: ganaba el candidato de Acción Nacional. Esto no es lo inusitado, sino la respuesta de miles de estudiantes que, a la manera del #YoSoy132, se manifestaron en favor del candidato puntero, López Obrador, con videos en las redes. No sólo se trató de compensar el sondeo con una serie de muestras de apoyo, sino que su contenido me pareció, más que de creencias o de deseos, de moral. 

Que la moral existe independientemente de nuestros deseos y de creencias es tan obvio como tener el impulso de salvar a un niño que se está ahogando. Ese aliento no cambia si uno es católico o ateo, o si le conviene a uno salvar al niño o si uno lo conoce y quisiera conservarlo. 

El estímulo moral nos da la razón para hacer algo que no teníamos que hacer antes de que ocurriera. Sabemos que salvar al niño tiene un valor en sí mismo, es una acción que reconoce su propia razón de ser. Se reconoce que ese niño tiene un valor en sí mismo y sentimos el estímulo para actuar. 

Lo que hagamos depende de muchas circunstancias –si sabemos o no nadar, si hay alguien cercano que sepa hacerlo–, pero el impulso moral está en nuestra capacidad de valorar el mundo y tener el empuje de cambiarlo, independientemente de nuestras creencias o deseos. Esto es importante porque la cultura del individualismo neoliberal nos ha repetido que todo lo que hacemos está embarrado de interés personal y no es cierto en el caso hipotético del niño ahogándose, como tampoco lo fue en la ayuda de los vituperados “millenials” durante el terremoto del pasado 19 de septiembre. 

No todo es apetito, cálculo interesado o dogma de fe. Las acciones morales siguen existiendo en nuestra cultura. Decir, como los teóricos neoliberales, que la moral es un “deseo de quedar bien con la autoridad” o que es para acrecentar nuestros narcisismos y satisfacer nuestra vanidad no da cuenta de que existe en nuestra constitución como personas algo independiente de lo que pensamos o sentimos para decidir actuar. Se llama sentido moral y motiva a quien sea que esté consciente de una situación dada. Actuar no es necesariamente inevitable, porque depende de otras circunstancias, pero el impulso inicial existe. 

Los dos pensadores que pusieron atención en ello fueron Aristóteles y Kant. Ninguno de los dos negó los deseos, apetitos e inclinaciones naturales, sino que los tomó como base de la acción. Nadie, pensaron, puede actuar sólo con base en sus apetitos, sin tomar en cuenta un imperativo de segundo orden: haré esto porque quiero sólo si no se contrapone con la moral. Hay muchas cosas que hacemos porque las deseamos, pero tendemos a justificarlas con ese segundo orden que nos habla al oído. 

Hacer el mal siempre tendrá un escrutinio que trata de calzarlo con lo que Aristóteles llamó “frónesis” y Kant “sentido del deber”. Los sicarios que asesinan por dinero racionalizan su mala acción: la víctima era un criminal o no pagó o “yo sólo cumplí con una orden”. De La Casa Blanca, el presidente Peña dijo que era “legal”. 

Reconociendo el pluralismo moral, que nos lleva a conflictos y dilemas entre actuar o no de determinada forma, no llegamos nunca al relativismo donde todo tiene el mismo valor. La mayoría sabemos qué está mal y qué bien por una intuición parecida a la percepción. 

Si uno ve una jirafa sentada en su cocina, tenderá a buscar la impresión de los otros para saber si es real o una alucinación. Esa coherencia colectiva parte de la idea de que el hecho moral, como la percepción, es una forma material en que el mundo nos hace sentido. El centro de esa intuición es que hay que tratar a los demás como fines en sí mismos y no como medios para realizar mis deseos o creencias. Un esclavo no es distinto a mí por su particular situación, digamos laboral, pero eso no quiere decir que no sienta el impulso de que se le libere y sea tratado con dignidad. 

La moral es esa certeza material de lo que debe ser. Está en casi todos, como está saber qué es el color rojo, aunque no podamos explicárselo a un ciego. Hay daltónicos morales, sin duda, pero son tan pocos que saben que están equivocados. 

Una de los asuntos que se disputan con la elección de este año es justamente la motivación para actuar. El voto, aunque sea ese acto único de un domingo cada tres o seis años, contiene una intuición moral que Isaiah Berlin retoma de un lema de Jeremy Bentham: “Todos valemos uno y nadie más de uno”. Esa igualdad que, en democracias fallidas como la nuestra, es un horizonte utópico abre un hueco a la mitad del páramo de la injusticia y el sufrimiento. 

Los “expertos” le atribuyen al voto motivaciones como el miedo, la esperanza o el interés personal. Sobre este último se construyen dos tipos de “votantes”: los súbditos que venden su voto por tinacos y los que creen que están “comprando” representantes. Los que venden su voto son signo del fracaso de los programas sociales y de la idea de los derechos. Según un estudio de la UNAM, son madres solteras sin empleo y adultos mayores sin pensiones. Creen que el beneficio que se les entrega a cambio de su voto depende de la autoridad que se los condiciona y no de la aplicación irrestricta de un programa social al que tienen derecho por ley. 

Los que creen que votar es como comprar un par de zapatos tienden a la abstención porque, en efecto, los partidos y sus candidatos no satisfacen apetitos, creencias ni aspiraciones de pertenecer. Frente a un aparador del centro comercial, todos los zapatos pueden ser iguales o muy caros o que no te ajustan, pero eso no tiene relación alguna con sufragar. 

Los candidatos, pese al carácter mercadotécnico de nuestras campañas, no son mercancías ni el electoral es un “mercado” de ofertas y demandas. Ambos tipos de “votantes”, en este país donde hay, si acaso, electores pero no ciudadanos, se preguntan: “¿En qué me beneficio si voto por tal o por cual?” 

Las preguntas desde nuestra intuición moral debieran ser otras. Lo que los romanos de la República llamaron “buena vida” –el goce del cuerpo y los sentidos, la contemplación de las realidades que nos trascienden y la preocupación por los asuntos de la ciudad– pasa por el hecho moral. 

Se vota por un deber ser que no guarda relación ni con los deseos o las creencias personales, como en un laberinto imperativo que se cierra sobre sí mismo. Se vota por una preocupación por el estado del barrio, de la ciudad e, idealmente, lo que todavía llamamos patria: todo lo que se encuentra afuera de nuestra puerta de entrada y que llamamos “lo público”, no un territorio de “los políticos”, sino de todos los ciudadanos que sintiendo el impulso moral deciden actuar. 

Por supuesto, nadie pensó como inevitable la acción de grabar un video defendiendo lo que cree ahora mismo la mayoría del electorado: que las cosas no pueden seguir igual, que hay que castigar, quitándolos de los lugares de privilegio, a los responsables de la corrupción y las injusticias, que hay una única salida y que no importa lo que se diga sobre ella, no hay que cerrarla porque es la única que nos queda. 

Eso explica la refracción contra todo embuste, pero también contra la crítica no interesada que tiene la decisión de votar por López Obrador para que sea presidente. Esa impermeabilidad viene de una intuición moral. 

El célebre capítulo ocho de Madame Bovary empieza con la frase de Flaubert: “Llegaron, en efecto, los famosos comicios”. Se trata de una fiesta donde se premian vacas, empleados y se disfraza al ayuntamiento con una hiedra que no tiene raíces y que se pone sólo para dar la apariencia de que se le ha cuidado. 

Flaubert hace coincidir, como en una sinfonía, la discusión pública sobre el mejoramiento del distrito agrícola de Yonville con los coqueteos de Madame Bovary y Rodolphe, los discursos electorales con los mugidos de los toros, el concurrir de las sirvientas con el desfile de la clase media con pretensiones aristocráticas. Eso es la democracia para Flaubert: lo que se equipara en un instante. Pero el novelista hace que Rodolphe le diga a Madame Bovary tomándole la mano: 

“Existen dos morales. La pequeña, la conveniente, la de los hombres, la que cambia sin cesar y berrea tan fuerte y se agita abajo en la tierra como esta reunión de imbéciles que usted ve. Pero la otra, la eterna, está a nuestro alrededor y por encima, como el paisaje y el cielo azul que nos ilumina”. 

Habrá quien diga que la moral le estorba a la política y que no existe sino como “árbol de moras”. No veo una razón para ello desde la perspectiva de los ciudadanos. Y, si no existe, valdría la pena defenderla. l