“Sin amor”

Esta última cinta de Andréi Zviágintsev impone una tarea enorme a sus adeptos, la de cómo conciliar el sufrimiento de más de dos horas de caminar por el lodo y el hielo del desamor, puro desasosiego, con el deleite de haber visto una obra magna, y de valorar, de nueva cuenta, el viejo tema del amor.

El asunto de Sin amor (Nelyubov; Rusia-Francia-Alemania-Bélgica, 2017) es escueto: El matrimonio formado por Zhenya (Maryana Spivak) y Boris (Aleksey Rozin) está por disolverse. Además de detestarse entre sí, cada uno tiene ya una pareja, sólo falta vender el departamento para repartirse el dinero; el detalle, de verdad incómodo, es el hijo de 12 años, Alyosha (Matvey Novikov), pues ninguno quiere cargar con él y se lo avientan como pelota, con desgano y enojo.

Formado como actor de teatro, no de cine, en el país de Stanislavky, Zviágintsev obtiene de sus protagonistas actuaciones admirables que calibra, a voluntad, con el mismo virtuosismo que muestra para manejar la cámara. Durante una discusión de madrugada, los padres de Alyosha se dicen cosas hirientes y destructivas; la escena es brillante aunque no parece salir del esquema, pero la impresión cambia súbitamente cuando la cámara camina hacia atrás y una puerta se cierra. Detrás aparece el rostro de Alyosha, testigo oculto del rechazo y del desamor, y se abre entonces una dimensión de horror inimaginable.

La cámara repite constantemente la misma sintaxis, la de una doble escenificación donde lo banal, cuando se mira desde otro punto, propone un nuevo significado; el tratamiento en una clínica de belleza, una selfie con el celular, o el listón atado a una rama con el que juega el niño, descubren caminos por paisajes tétricos donde lo peor pude ocurrir. Nada más insípido que esta nueva clase media que expone “sin amor”, que aspira a acceder a todos los gadgets modernos (coche, departamento, mantener la posición en el trabajo); la felicidad, así buscada, queda invalidada ante la falta de conciencia, y por la ausencia de todo cuestionamiento de sí mismo de este nuevo pueblo ruso.

El director da rienda suelta a su gusto por lo escultórico y las metáforas grandiosas; en Leviatán, su cinta anterior, era el esqueleto de una ballena que representa al Estado corrupto y devorador; ahora es el Apocalipsis, el anuncio se filtra en los comentarios sobre política del radio, la guerra de Crimea, el anuncio maya del fin del mundo, y el niño es la promesa de vida amenazada en la construcción de una sociedad de desamor; sin ser moralista, su cine es profundamente político. Nacido y educado en Siberia, nadie mejor que él para manejar el lenguaje del frío, de la melancolía helada,  paisaje inmenso y claustrofóbico como celda estrecha.

Se ufana de dos temas que hay que tomar muy en serio para entender su obra: El primero es el no hablar ninguna otra lengua que no sea el ruso; el otro es el conocimiento profundo de Dostovievski; no es casual que el niño se llame Alyosha, en honor al angélico personaje de Los hermanos Karamazov.

Y, sobre todo, la polifonía de puntos de vista, herencia del autor de Crimen y castigo, tanto a nivel de personajes que se contradicen entre sí y a sí mismos, como a nivel de imágenes que se articulan y desarticulan dentro de la pantalla, primero, y posteriormente en la mente del espectador.