En Cuba, cambio y desánimo

El cambio de presidente ha dejado totalmente indiferentes a los cubanos. La mayoría están concentrados en sobrevivir sin ilusiones sobre lo que les depara el futuro. Las expectativas favorables que despertó el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos, la visita de Obama a la isla, el histórico concierto de los Rolling Stones en La Habana, la llegada de numerosos visitantes famosos han quedado olvidados. Las preguntas que siguen presentes son: ¿cuándo vendrá una situación económica menos asfixiante?, ¿cuándo habrá mayor libertad para expresar y organizar el descontento? El nombramiento de Miguel Díaz Canel no responde a esas preguntas.

Cierto que el nombramiento trae elementos de cambio. Perteneciente a una generación que no participó en la gesta revolucionaria, educado disci­plinadamente en la Cuba socialista, formado en las filas del Partido Comunista, Díaz Canel no perpetúa el nombre de los Castro y lleva una nueva generación al poder. Sin embargo, no se distingue por audacias ideológicas o interés en acelerar la época de reformas que inició Raúl Castro; por lo contrario, es valorado como un cuadro del viejo aparato anquilosado y decidido a preservar los valores establecidos desde hace 60 años.

El campo de maniobra que se le ha otorgado al nuevo presidente es limitado. No se puede perder de vista que Raul Castro mantiene la primera secretaría del Partido Comunista (PC) que, de acuerdo con la Constitución cubana, es el órgano supremo del que emanan las directivas para el Consejo de Ministros que ahora preside Díaz Canel. Su verdadero poder no se ejercerá, pues, hasta 2021, cuando Raúl anuncia que abandonará la conducción del PC. Lo anterior no significa que el presidente no pueda fijar ciertas directivas, pero la situación actual de Cuba da poco margen de maniobra para que éstas se aparten del camino ya trazado. 

El récord de reformas por parte de Raúl no es despreciable, aunque es insuficiente y se halla estancado desde hace ya un par de años. Se inició en 2008 con el levantamiento de “prohibiciones absurdas” como que los cubanos no pudiesen hospedarse en hoteles de su país, que no tuvieran acceso legal a servicio de telefonía celular o a computadoras. En 2010 abrió la economía a la iniciativa privada ampliando el trabajo por cuenta propia, y un año después permitió la compraventa de coches y viviendas. Asimismo, inició la búsqueda de inversión extranjera ofreciendo parques industriales de extensión considerable.

Sin duda, su mayor audacia fue iniciar pláticas y negociaciones para el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos, que fue anunciado el 17 de diciembre de 2014. Quedan en la memoria el encuentro de los mandatarios de ambos países en Panamá en la Cumbre de las Américas, de abril de 2015; el discurso, no desprovisto de humor, de un Raúl Castro muy sonriente, y su imagen estrechando la mano de Obama. 

La mencionada visita de Obama a la isla al año siguiente, la primera después de 88 años de que un presidente estadunidense llegara a Cuba, marcó un punto climático y, al mismo tiempo, el freno al proceso de reformas que se había iniciado. En efecto, fue al momento de considerar el cambio político que pedían los estadunidenses cuando los Castro (a pesar de la muy debilitada salud, Fidel todavía contó) optaron por detener la apertura. 

La llegada al poder de Trump y su voluntad de revertir casi todo lo hecho por su antecesor en Cuba han contribuido al estancamiento del proceso de cambio. La decisión de dificultar el otorgamiento de visas para ir a Estados Unidos, la acusación sobre una extraña enfermedad, al parecer provocada por los cubanos, que afectaba al personal diplomático estadunidense, y la consiguiente decisión de retirarlo casi en su totalidad, han regresado el ambiente a épocas de desconfianza y animadversión que se creían superadas. En el imaginario popular el bloqueo económico impuesto por Estados Unidos sigue siendo visto como la agresión que no permite resolver problemas económicos en Cuba. 

Las primeras actividades diplomáticas de Díaz Canel han sido muy poco afortunadas. La llegada, a pocos días de su nombramiento, de Nicolás Maduro para “ratificar la hermandad entre Cuba y Venezuela” y, tres días después, de Evo Morales, reviven el espíritu de la Alianza Bolivariana que tan desdibujada y mal vista se encuentra en estos tiempos. Cerrar filas con Maduro coloca una valla para las buenas relaciones con otros países latinoamericanos que otrora defendieron fuertemente la reincorporación de Cuba a los mecanismos de concertación latinoamericana. 

Una diplomacia más pragmática y actualizada hubiese utilizado la nueva Presidencia para tender puentes hacia regímenes de corte conservador pero dispuestos a tener relaciones cordiales con Cuba e incluso emprender acciones conjuntas en materia de turismo u otros sectores económicos. Hasta el momento de escribir este artículo no hay alguna señal de que Díaz Canel tenga interés en esa línea. Al parecer Cuba se retrae de nuevo hacia el aislamiento. 

Un aspecto interesante a dar seguimiento es la evolución, o no, que tengan las relaciones con China. Al igual que la mayoría de países latinoamericanos, ese país ocupa ahora un lugar destacado en las relaciones comerciales de la isla. Un encuentro con funcionarios chinos, por ilusorio que sea el poder de Díaz Canel, tendría sin embargo un valor simbólico y modificaría el inmovilismo que hoy contribuye tanto al desánimo de la ciudadanía cubana. 

En el futuro inmediato las tareas que parecen más urgentes son aquellas de carácter económico interno, como son la unificación de las dos monedas que ahora circulan y la revisión de los bajísimos salarios que reciben los cubanos. Resolver esos problemas que afectan seriamente la vida cotidiana y sacudir la imagen de inmovilismo contribuiría a dar legitimidad a un cambio político que hasta ahora es visto con enorme escepticismo tanto al interior como al exterior de Cuba.