Carta al doctor Narro

El pasado lunes 2 la doctora Mara Medeiros fue despedida del Hospital Infantil de México Federico Gómez (HIMFG), supuestamente por darle una receta médica a un joven trasplantado de riñón que acababa de cumplir 18 años. Como dejó de ser un “niño” y se convirtió en un adulto, se justifica así el despido: “Expidió receta del seguro popular a nombre del expaciente Rey David García Espinoza, fechada el día 22 de noviembre de 2017, con la finalidad de que le fueran surtidos diferentes medicamentos, a pesar de haber cumplido la mayoría de edad, y sin la autorización del responsable del jefe del Departamento de Nefrología, incumpliendo con ello sus obligaciones laborales”.

Me pareció una barbaridad que la hubieran despedido por una cuestión burocrática, pues la supuesta falta tenía el objetivo ético de proteger al joven mientras hacía su transición a otra institución, además de que se encontraba dentro de un protocolo de investigación que permitía continuar con su seguimiento. La doctora Medeiros es fundadora de la Unidad de Investigación y Diagnóstico en Nefrología y Metabolismo Mineral Óseo de dicho hospital, y era su jefa hasta antes de ser despedida. Además, es integrante del Sistema Nacional de Investigadores, en el nivel II, tiene 110 publicaciones indizadas y es coordinadora de 12 proyectos de investigación, nacionales e internacionales. No era creíble que, con una trayectoria laboral y académica tan sobresaliente se le hubiera despedido por tomar una decisión ética. Inmediatamente varias asociaciones de nefrología, nacionales e internacionales, empezaron a enviar cartas de protesta y de apoyo a la doctora Medeiros. ¿Qué había pasado realmente? Un grupo de distinguidas académicas habló de “misoginia y discriminación”, pero ahí había gato encerrado. 

Tengo la fortuna de tener varios amigos en distintas instituciones de salud y empecé a preguntar qué sabían del caso. Por poco y me caigo de espaldas con lo que averigüé. La causa que subyace es mucho peor que el burocratismo o la misoginia de la que se habló al principio. Resulta que hay una rara enfermedad llamada acidosis tubular renal (ATR), tan rara que a la doctora Medeiros le llamó la atención el gran número de niños diagnosticados con ella. 

Por eso en 2013 inició un protocolo de investigación para evaluar clínicamente a los niños con diagnósticos de ATR, realizados en el HIMFG, en otros hospitales y en consultas privadas. De una muestra de 170 solamente en tres niños se confirmó el diagnóstico de esa enfermedad; el resto tenía problemas de detención de crecimiento por deficiencia alimenticia. Esta investigación se terminó en 2015 y se publicó en 2016. La doctora Medeiros concluyó que había un sobrediagnóstico, y no resulta nada difícil suponer sus causas: tener “amarchantadas” a las familias con consultas cada tres meses, además del consumo cotidiano de soluciones de bicarbonato o de citratos como un suplemento alimenticio.

Al rectificar el diagnóstico y suspender el suplemento alimenticio, las criaturas mejoraron notoriamente y las madres y los padres amaron a la doctora Medeiros. Además, ella y algunos colegas nefrólogos, con el interés y apoyo de los familiares, impulsaron a la Secretaría de Salud a publicar en 2016 una “Guía práctica y clínica para el diagnóstico y tratamiento de la Acidosis Tubular Renal en pacientes pediátricos”. Sin embargo, a pesar de esta guía, en nuestro país existen cientos de familias mexicanas que siguen siendo diagnosticadas erróneamente con ATR y reciben el tratamiento alcalino, que hace daño cuando no es necesario.

A raíz de que comenté este caso en el programa de televisión Agenda Pública, coordinado por Mario Campos, una exalumna me buscó. Resulta que es novia de un residente médico del HIMFG y me informó que la verdadera razón del despido es la animosidad que le tiene el doctor Carlos Romo, director clínico de nefrología en ese hospital, desde que la doctora Medeiros exhibió el “sobrediagnóstico” que se estaba haciendo de la ATR. Dicha animosidad cobra formas alucinantes. Mi ex alumna me relató una anécdota que fue muy comentada entre los residentes. Cuando la doctora quiso organizar en el HIMFG una conferencia sobre el Día Mundial del Riñón, Romo planteó que había que cobrar. El Día Mundial del Riñón es una campaña de concientización global cuyo objetivo es crear conciencia sobre la importancia de nuestros riñones y reducir el impacto en todo el mundo de la enfermedad renal y sus problemas de salud asociados. La doctora consiguió un patrocinio para que la entrada a la conferencia fuera gratis, pero Romo insistió en cobrar y ella se negó y decidió hacerla gratis en otra institución. 

Quienes hemos seguido el caso estamos espantados de lo que provocan los rencores personales cuando se ponen en evidencia errores profesionales, algunos vinculados con intereses económicos. Por las protestas que se han dado, a la doctora Medeiros ya le devolvieron su plaza de médica, pero no su puesto de investigadora. Esto es una injusticia, y es imprescindible que se le reponga en su jefatura de investigación, ganada con su labor académica. No hacerlo confirmaría el resentimiento y la mala fe de las autoridades de ese hospital. Es necesario que el doctor José Narro, un médico con una gran calidad humana y ética, tome cartas en el asunto.