Mary Shelley acude ante el ministerio público

Dice Ricardo Piglia que entre la desaparición de Dios y la invención del psicoanálisis surge la novela gótica. Me quedé pensando en ello tras las terribles imágenes plantadas en nuestras mentes la semana pasada: un candidato proponiendo “cortarles las manos a los ladrones” en el debate presidencial, y la narración oficial de que los estudiantes de cine desaparecidos en Jalisco fueron “disueltos en ácido”. Entre el terror a las fuerzas misteriosas de eso llamado “crimen organizado” y lo que algunos entienden por “aplicación de la ley”, no pude dormir. Lo mismo le sucedió a Mary Shelley cuando tenía 19 años, tras la mítica noche del 16 de junio de 1816 en la Villa Diodati: 

“Cuando apoyé la cabeza sobre la almohada no pude dormir, tampoco podría asegurar que estuviese pensando. Mi imaginación, sin yo requerirlo, me poseyó y me guio, dotando a las imágenes que surgían en mi mente de una intensidad que estaba más allá de las fronteras del sueño. Vi –con los ojos cerrados, pero a través de una aguda visión mental– al pálido estudiante de artes diabólicas arrodillado al lado de aquella cosa que había conseguido juntar. Vi el horrendo fantasma de un hombre yacente, y entonces, bajo el poder de una enorme fuerza, aquello dio señales de vida y se agitó con un torpe, casi vital, movimiento. Era espantoso.”

El resultado, dos años después, hace exactamente 200 años, fue Frankenstein o el moderno Prometeo. La charla en torno de una chimenea entre el que sería su marido, Percy, y Lord Byron, trató sobre temas tan disímbolos como los experimentos de Giovanni Aldini en el Colegio Real de Londres aplicándole una descarga eléctrica al cadáver de un homicida ejecutado en 1803, a los papalotes en medio de las tormentas de Benjamín Franklin, pasando por la discusión sobre “lo sublime” –la belleza del terror– del Grupo Marlow, al que pertenecían ambos poetas. Mary, además, conocía por su madre –la traductora de los hermanos Grimm– la historia de Johann Conrad Dippel, un alquimista que en 1730, tras robar cadáveres de un cementerio en Hesse, había usado el castillo Frankenstein, al sur de Darmstadt, para estudiar la inmortalidad, la permanencia de la conciencia humana después de la muerte y los orígenes químicos de lo que llamamos vida. El doctor Dippel murió envenenado por probar sus propios elixires vitales, pero, en el camino, lo que descubrió fue un color: el azul de Prusia. Escribiría un libro cuyo título, en sí mismo, ya es una novela: “Conversaciones mensuales con el imperio de los espíritus”. Añádele a esta mezcla la angustia por los miles de muertos de las guerras napoleónicas, los descubrimientos de Erasmo y Charles Darwin, y las prácticas para invocar espíritus, tan en boga entre los poetas románticos de la segunda generación. Justo ese intermedio que señala Piglia entre el mito de Edipo y el derecho de todos a vivirlo.

Mary Godwin, en la que Dios siempre ganaba, todavía no era “Shelley” en esas tres noches de tormenta y charlas inquietantes. La villa de Ginebra en la que se quedaron su amante Percy Shelley, Byron y su amante, Claire Clairmont, el doctor John Polidori, la condesa Potocka y Mathew Lewis, había hospedado a Rousseau y a Voltaire, pero sobre todo al poeta John Milton, el del Paraíso perdido, cuyas palabras reproduce Mary para colocar su tema novelístico: “¿Te pedí por ventura, Creador, que transformaras a este barro en hombre? ¿Te supliqué que me sacaras de la oscuridad y me trajeras?”. El poema de Milton es uno de los tres libros que lee el monstruo de Frankenstein para tratar de conocer a su humano creador. Los otros son las Vidas paralelas de Plutarco y Las desventuras del joven Werther de Goethe. Mary sabía con certeza que Milton se había alojado en la misma villa que ellos en 1638, en su camino de regreso de conocer a Galileo en Florencia. El astrónomo estaba en arresto domiciliario por publicar que la Tierra gira en torno al Sol, ciego, y decaído. Milton, de 30 años, cree que nuestro planeta pende del cosmos como un collar, pero sabe que Adán y Eva tenían sexo regularmente antes de comer del fruto de la serpiente. Después de conocer a Galileo, Milton escribió dos ensayos para defender la autonomía personal: uno a favor de la libertad de expresión y otro, en pro del divorcio. Faltaban sólo unos años para que acuñara el término que todavía usamos: “autoestima”. Y un poco más para terminar él mismo en un arresto por publicar Paraíso perdido en forma de un alegato de Satán por el desdén de Dios. 

Debido a sus más de 50 versiones, sobre todo en el cine, hemos dejado de lado que la historia del monstruo de Frankenstein no es tanto una moraleja sobre los riesgos de la creación sino de su abandono. El monstruo va en busca de su autor porque éste lo deja, tras decepcionarse, como a Adán y a Eva los expulsa Dios por desobedecerlo. El mal que la criatura hace es porque no tiene alternativa para calmar sus ánimos de venganza. El Paraíso perdido de Milton es, entre otras, el reclamo de una obra hacia su autor. Con el final de los mitos divinos, los seres humanos habíamos abandonado el terror, las pesadillas, lo siniestro, lo sublime, melancólico, ensoñado y profético sin hacernos cargo de ello, que siempre bulle en nosotros. Faltaría que Freud lo atrapara en un diagnóstico, síntomas, traumas y objetos del deseo y la destrucción, para que Jung exclamara con cierto aire de triunfo: “Ya no hay dioses. Hay enfermedades”. 

La novela gótica de los románticos es la que atrapa la pesadilla en ese intervalo entre el mito y la historia familiar. Por eso, como en el caso de Frankenstein, pululan los castillos medievales –el de Frankenstein, donde vivió Dippel, data del siglo XIII–, las pócimas y maldiciones, pero también la sexualidad subsumida y los experimentos de laboratorio. Los deseos, pulsiones, miedos y culpas son lo abandonado, son el monstruo de Frankenstein que nunca tiene nombre. De hecho, de las cuatro voces de la novela, las primeras dos, la del capitán Robert Walton y la de Victor Frankenstein, hablan de lo innombrable: la expedición de descubrimiento del Ártico y del experimento con “la chispa de la vida” (todavía Coca Cola no se plagiaba el término). Lo monstruoso es lo que nos desborda. Como cualquier creación, el monstruo de Mary es menos y más que humano, es un enigma sin solución. Los monstruos aparecerán en los territorios descubiertos, en el Polo Norte o en las islas Galápagos. Pero no todo ser “anormal” es monstruoso. Los prodigios son un resultado insólito, digno de aparecer como espectáculo en los gabinetes de los circos. Los monstruos, por el contrario, son creaciones de brujos y encantadores que deambulan por la oscuridad. Al ser abandonado por su autor, el monstruo vaga en los bosques penumbrosos, en las nieves inabarcables, no tiene lugar. El monstruo moderno, cuando ya no está para ser descubierto o creado, sólo puede ser alguien a corregir, algo a regularizar y normalizar. Lo “anormal” pasa entonces a la tabla de los taxónomos, a la lista de las enfermedades, a la lista de “los más buscados”. Pero, entonces, surge otro tipo de monstruo, el del marqués de Sade, el que tiene tanto poder que puede degradarse sin ley. Es el déspota de la carne. 

Pero el monstruo de Mary es una creación artificial. Del golem de Levi Löw al homúnculo de Paracelso, la idea del autómata es la del niño que fabrica Pierre Jaquet-Droz y que puede escribir 40 tipos de cartas. Es Pinocho. El ser “hecho”, no nacido, es el único que puede vencer a la muerte, pero, al lograrlo, el ser creado siente una profunda soledad. Como si fuera un bebé, lo primero que hace el monstruo es abrir la boca, tratar de alcanzar con una mano a su creador que corre escaleras abajo, y llorar. Ante el rechazo de los hombres nacidos, el monstruo opta por observar desde la lejanía a unos campesinos, la familia De Lacey, para ver reflejadas sus semejanzas. Aprende a hablar, a sentir y a leer. De Plutarco asimila la grandeza de la historia. De Goethe, el duelo y la muerte. De Milton, el abandono. El monstruo, entonces, se rebela contra su condición y busca la venganza del creador: asesina a su hermano menor, al padre, al mejor amigo y a su esposa en la noche de bodas. Ante el abandono y el rechazo, el monstruo se convierte en ángel de la muerte de quien lo mira. 

Al final, creador y monstruo mueren, exhaustos, después de confesarse su mutua crueldad y desdén por sí mismos. El capitán Walton es el único testigo en medio de la nieve. Los tres están hechos de los retazos que les dejó su choque contra el mundo. De alguna extraña forma, los tres son humanos y, al mismo tiempo, monstruos.