“Sueño en otro idioma”

Que una lengua termine por extinguirse no es nada raro; en México, lamentablemente, se cuentan por docenas las lenguas que han desaparecido, y lo inaudito es que los dos últimos hablantes nativos de una de ellas no se dirijan la palabra. Esto ocurre con Evaristo (Eligio Meléndez) e Isauro (José Manuel Poncelis), enemistados cincuenta años atrás a causa, según se dice, de la rivalidad por una mujer.

El propósito de Martín (Fernando Álvarez Rebeil), lingüista recién llegado a esa pequeña comunidad en medio de la selva veracruzana, es obtener un registro adecuado del zikril, la moribunda lengua de la que estos dos viejos son los últimos vestigios.

Con Sueño en otro idioma (México-Holanda, 2017), el realizador Ernesto Contreras muestra un dominio completo de su propia habla, por así decirlo, esa manera peculiar de narrar de la que Párpados azules (2007) fue el punto de partida: incomunicación, sujeción afectiva, trabazones y, sobre todo, el talento para escenificar un ambiente cargado de afecto en el que muestra el alma de sus personajes. Si en la historia de esos burócratas de párpados azules lo que resonaba en el asfalto y los charcos eran el vacío y la frustración, ahora es la pasión que retumba en la selva, su bruma y sus tormentas, la playa y el mar.

Apoyado en el trabajo del cinefotógrafo Tonatiuh Martínez, Ernesto Contreras obtiene una atmósfera donde la naturaleza toda, agua y humus, árboles y cuevas, las aves mismas, hablan esa lengua a punto de desaparecer, o de romper para siempre el puente con la gente de ahora; el director posee un talento natural para expresarse por medio de la llamada falacia patética; es decir, para humanizar a la naturaleza (o al ambiente) y dotarla de sentimientos.

Más que como metáfora de una forma de comunicación a punto de desaparecer, el zikril, diseñado por lingüistas exclusivamente para la película, funciona como la lengua primordial del edén perdido, en aquel tiempo cuando los hombres hablaban con los animales y las plantas. La narrativa del guion de Carlos Contreras, construida a base de secuencias retrospectivas que explican la realidad del presente, construye una historia donde coinciden principio y fin; los sueños y la extinción del idioma presagian la muerte de ese cosmos y de esos hombres, y sólo el mito, la memoria, permanece junto con la sensación de algo inefable que nada más esa lengua podía comunicar.

Sueño en otro idioma escapa del discurso indigenista, y si el lingüista termina por involucrarse en el drama del complicado triángulo amoroso de Evaristo e Isauro es porque esa selva veracruzana desbarata cualquier posibilidad de laboratorio. Isauro le advierte a Martín que no se relacione sexualmente con su nieta, Lluvia (Fátima Molina), el científico desobedece y a las primeras de cambio salta a la cama con la joven, y aunque su historia no prospera, le es imposible sustraerse a la sensualidad del sueño.

Lo sabroso de la cinta es que toda esta poesía la soporta una historia de hechos concretos, gente de carne y hueso, tan real en el presente como en el pasado donde los actores Hoze Meléndez y Juan Pablo de Santiago ofrecen una interpretación vigorosa de Evaristo e Isauro jóvenes, un magma que el tiempo ya cubrió. Lo que queda es el inglés, la lengua que Lluvia estudia y enseña por la radio, la globalización, antítesis de la poesía.