La revolución de mayo en París

La apertura de la crónica París. La revolución de mayo, en palabras de Carlos Fuentes, es personal. Se trata de un diálogo en alguna calle de la Ciudad Luz en el mes de mayo de 1968:

“¿De dónde vienes, camarada?”: es el primer saludo de los jóvenes que han salido a hacer la poesía y la política en las calles de una ciudad que no me atrevo a reconocer y que, sin embargo, sólo ahora es idéntica a sí misma. Un París de manos abiertas, donde llegar significa unirse a.

–D’ou viens-tu, camarade?

–México.

–C´est loin, ca (eso está lejos).

–Pas tellement (no mucho).

Unirse al diálogo, a la fraternidad y al amor de una revolución que, en primer lugar, ha tenido lugar en las conciencias y en los corazones.

Cafés, bistrós, talleres, aulas, fábricas, hogares, las esquinas de las esquinas de los bulevares: París se ha convertido en un gran seminario público. Los franceses han descubierto que llevaban años sin dirigirse la palabra y que tenían mucho que decirse. Sin televisión y sin gasolina, sin radio y sin revistas ilustradas, se dieron cuenta de que las “diversiones” los habían, realmente, divertido de todo contacto humano real. Durante un mes, nadie se enteró de los embarazos de la Princesa Grace o de los amores de Johnny Halliday, nadie se sintió constreñido por el dictado sublimante de la publicidad a cambiar de auto, reloj o marca de cigarrillos. En lugar de las “diversiones” de la sociedad de consumo, renació de una manera maravillosa el arte de reunirse con otros para escuchar y hablar y reivindicar la libertad de interrogar y de poner en duda.

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A lo largo de 32 páginas (cada una a doble columna), esta crónica-reportaje de Carlos Fuentes, en un cuaderno de 22 cm. de ancho x 31 cm. de largo, apareció el 22 de junio de 1968 con un tiraje de 5 mil ejemplares. Luego de casi un mes, el 19 de julio, la Imprenta Madero tiró la segunda edición de otros 5 mil, bajo el sello de ERA.

El largo texto no está fragmentado y es el registro de un Fuentes ávido, como un reportero que libreta en mano captura todo lo posible a su alcance. A lo sumo, va dividiendo de vez en vez, con cabezas intermedias, como en el periodismo, su relato. Lo mismo el testimonio de un enfermero que espontáneamente se presentaba a curar a los heridos en el Barrio Latino de París, que la cita de “la crónica de una infamia”, dice, recogida en un volumen de Editions de Seuil, Libro de las Jornadas de Mayo. Igual noticias de los diarios que impresiones de los transeúntes. Narraciones de los debates cotidianos entre estudiantes y obreros en el Teatro Odeón que frases de intelectuales como Jean-Paul Sartre. Y así, como desparramadas por todo el cuadernillo, fotos de Antonio Gálvez –de quien no se pone un solo dato–, a la par que los slogans estudiantiles en los muros de la Ciudad Luz, como éste, acaso el más célebre:

La imaginación toma el poder

En la calle

En la universidad

En la fábrica

En la escuela

Contra un gobierno

Que no tiene otra alternativa

Más que la de reprimir

Secuestrar

Suprimir

Aquellos que duermen

Están en un sueño particular

Estos que han despertado

Están en un mundo común

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Así lo dice Fuentes:

La imaginación toma el poder con adoquines y con palabras, primero. El pavé, el bello y húmedo adoquín de las calles de París, ha adquirido hoy un rango casi fetichístico: fue la primer arma de contrataque de los estudiantes brutalizados por la policía; el arma, como ha dicho Sartre, no de la violencia, sino de la contraviolencia de centenares de miles de estudiantes que jamás hicieron otra cosa que defenderse. Hubo violencia sólo cuando la policía la inició. Manifestación sin policía: manifestación pacífica.

–Sí, camarada –me dice un estudiante más tarde en la Facultad de Ciencias del Halle aux Vins, convertida en centro de venta de libros y carteles y grabados que los artistas y escritores de Francia han puesto a la venta para sostener la lucha estudiantil–. Los adoquines se convirtieron en nuestro medio de comunicación de masas. Salimos a las calles porque no tenemos otra manera de hacernos escuchar en una sociedad donde los mass-media han sido monopolizados y domesticados. Contra la abundancia de comunicaciones inútiles, hemos enviado el mensaje imprescindible de nuestras piedras y nuestras palabras.

Y quizá hay otra razón:

“Debajo de los adoquines están las playas”.

Y las palabras. Los muros de París hablan: sueños, consignas, cóleras, deseos, programas, bromas, desafíos y la resurrección de una heterogénea progenie reunida en una especie de editorial permanente de piedra y pintura.

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Fuentes reproduce el ideario de los estudiantes. Por ejemplo:

Dicen que vivimos en la sociedad de la abundancia, pero en la Universidad sólo hay abundancia de alumnos y carencia de todo lo demás.

Al describir la crisis del mundo, Fuentes saca sus conclusiones:

La Revolución, que sólo ayer parecía privilegio del Tercer Mundo, ha hecho su aparición en el Mundo Industrial neocapitaluista o neosocialista . Si en Europa y Estados Unidos la protagonizan los hijos insatisfechos de la burguesía, en Polonia, en Checoslovaquia, en Yugoslavia los actores son jóvenes estudiantes de origen campesino y obrero. Los hijos de Marx y de Rimbaud son también los nietos de Rousseau: tengo la impresión de que esos jóvenes, en oriente y en occidente, encaran un renacimiento poderoso y profundo de la idea de soberanía.

(…) Nosotros los latinoamericanos, ligados a Francia por tantos motivos del corazón y de la cabeza, debemos felicitarnos de que hayan sido los estudiantes, intelectuales y obreros franceses los primeros actores de esta gran transformación. A través de Francia, podemos comprender y ser comprendidos.

Esta revolución también es la nuestra. (…)