Violencia intramuros

Sería una necedad querer decir algo nuevo sobre la problemática de la desigualdad de géneros, por tanto manifestamos que con la presente columna queremos, únicamente, sumarnos a la lucha que las mujeres emprenden día a día para dejar de ser víctimas de esas sociedades nuestras tan enfermas y tan injustas. ¿Qué podríamos agregar cuando el hecho de maltratarlas, incapacitarlas, denigrarlas, obstaculizarlas, infantilizarlas e, incluso, asesinarlas es un asunto cotidiano que, pese a que se reprueba, acaba tolerándose y se vive y reproduce –generación tras generación– en todos los ámbitos con falaz resignación y desobligada culpabilidad?

Acaso, hablar de algunas artistas eminentes que sí lograron sobrevivir al maltrato aferrándose a su quehacer como medio para sublimar su sufrimiento y como heraldo de su valía humana. Con los tres ejemplos que consignamos quedará en claro la inmensa reciedumbre espiritual del género femenino y cómo, a través de ella, su lenta emancipación prosigue. Hemos de conformarnos con la poca información que se filtra del espacio privado al público para elaborar los perfiles biográficos en cuestión.

El desplumado ruiseñor mexicano.- Desde sus primeras apariciones en público, la eximia soprano Ángela Peralta (1845-1883) deslumbró por la calidad inigualable de su voz. Tenía apenas ocho años cuando interpretó su primer concierto y quince cuando debutó en el Gran Teatro de Santa Anna –posteriormente denominado Gran Teatro Imperial y después Gran Teatro Nacional– con una ópera de Verdi. Y a partir de ahí, los éxitos se encadenaron llevándola como estrella de los principales teatros del mundo en los que, huelga recalcar, no quedó asistente que no se rindiera ante sus portentos vocales.

Tanto en el teatro Alla Scala de Milán como en el Teatro Regio de Turín rompió récords de ovación, destacando en este último las 32 veces que el público y el rey Vittorio Emanuele II pidieron que saliera a escena para recibir los aplausos. Realizó tres largas giras internacionales –de 1862 a 1865, de 1867 a 1871 y de 1873 a 1877– en las que maravilló a amantes del Bel canto de muy diversas latitudes. Haya sido en Roma, Florencia, Génova, Nápoles, Bolonia. Lisboa, El Cairo, Madrid, Barcelona, San Petersburgo, Alejandría, Nueva York o La Habana, su estatura artística no encontró parangón, sin embargo en su vida sentimental halló nada más amargura.

Por designios familiares, la fenomenal soprano contrajo nupcias con un primo hermano que la había pretendido desde la infancia. Estaba en el ápice de sus triunfos y era imposible imaginar el infierno que se le vendría encima. Eugenio Castera, con quien se une en 1866, resultó ser un hombre que perdía los cabales con desequilibrada frecuencia y que, al perderlos, arremetía contra su inerme cónyuge. Golpizas e insultos condimentaron la felicidad marital desde la luna de miel, agravándose al punto de que la infeliz cantante tuvo que recluirlo en un manicomio. En los momentos más álgidos del calvario, Ángela encontró alivio componiendo –dejó un discreto legado de partituras de su autoría–1 y por supuesto, brillando en el escenario.

Tristemente, cometió el “error” de volverse amante de su apoderado y eso le valió el repudio de las “buenas conciencias” mexicanas, mismas que se encargaron de sabotear sus últimas presentaciones en suelo patrio. Infectada de fiebre amarilla, Ángela quiso legalizar su estatus de mujer “decente”, desposándose en artículo mortis en la habitación de su hotel en Mazatlán. Los testigos relataron que cuando el juez le preguntó si aceptaba unirse nuevamente en matrimonio, fue necesario que uno de los presentes le moviera la cabeza en signo afirmativo…

Heroína sin apoyo paterno.- Con su nombre se fundaron clubes femeninos, se bautizó una línea de cosméticos y, por supuesto, se vendieron miles de partituras. Inclusive, fue ella la primera mujer compositora que logró volverse autosuficiente y la primera dama en recibir la medalla de la Legión de Honor que otorga el gobierno francés. Se llamó Cécile Chaminade (1857-1944) y sus inicios en el arte sonoro fueron muy difíciles. Su madre, una aficionada con destacadas dotes pedagógicas, le dio las primeras lecciones de música, pero su padre, un banquero parisino, estuvo en franco desacuerdo desde el principio. Empero, las clases maternas fueron tan efectivas que a los 7 años Cécile empezó a componer y a dominar el piano.

Un año después fue presentada con Georges Bizet, quien dictaminó que la infanta poseía un talento fuera de serie, comparable al de los grandes genios. De ahí en adelante, Bizet la apodaría “mon petit Mozart” y se enfrascaría en una lucha campal para convencer al papá de Cécile sobre la importancia de su consentimiento. A regañadientes, el señor Chaminade accedió a que la niña tuviera tutores, mas estipuló que su enseñanza tenía que ser privada y sin ninguna pretensión profesional. En sus vislumbres, las burguesas como su hija, a lo único a lo que debían aspirar era a ser buenas madres y esposas. Sin importar la soledad de su formación, Cécile descolló sin proponérselo, dejando un corpus musical con más de 400 obras. Naturalmente, las reticencias paternas hicieron mella en su carácter, pues nunca estuvo muy segura de proceder en la dirección creativa correcta.

Asimismo, acató su “deber” mujeril casándose con un anciano que no le puso peros para vivir enamorada únicamente de su arte. Son suyas estas palabras: “Yo no creo que las pocas mujeres que han alcanzado grandeza en el trabajo creativo sean la excepción, sino que pienso que la vida ha sido dura para ellas; no se les ha dado oportunidad, no se les ha dado seguridad… La mujer no ha sido considerada una fuerza de trabajo en el mundo y lo poco que le han dejado hacer, dada la condición de su sexo, no ha servido para que se haga una idea cabal de cómo desarrollar lo mejor de sí misma. Ha sido incapacitada, y sólo unas pocas, a pesar de la fuerza de las circunstancias de la dificultad inherente, han sido capaces de conseguir lo mejor de esa incapacitación”.

Una virtuosa destinada al celibato.- También para la eminente compositora y violista inglesa Rebecca Clarke (1886-1979) la relación con su padre fue conflictiva. Es más, fue paradójicamente violenta, pues por un lado fue él –un aficionado a la música con delirios de grandeza– quien se empeñó en hacer de su cría una solista de fama mundial, proporcionándole todos los medios para lograrlo, pero también fue él quien quiso que su consagración estuviera exenta de amores físicos. Así pues, la niña dispuso de los mejores maestros disponibles y cuando estuvo lista fue inscrita en la Royal Academy of Music de Londres. Lo grave del caso es que Mr. Clarke la sometía a un rigor de estudio al que acompañaba con palizas si no era acatado con docilidad. A eso se sumó que nada de lo que Rebecca lograba era lo suficientemente bueno para él.

Transcurrieron así los años formativos de la futura compositora, hasta el momento en que uno de los maestros de la célebre academia la pidió en matrimonio. Jamás hubiera debido hacerlo, pues eso le costó a Rebecca que su papá la sacará de inmediato de la academia y que la encerrara a estudiar aún con mayor obstinación. Previsiblemente, la joven se sometió a medias, ya que le fue imposible ceñirse a la total reclusión. Un par de noviecillos, mediados por la secrecía, fueron la gota que derramó la bilis paterna. Como había osado desobedecerlo, la corrió de la casa y le quitó todo el apoyo económico. Frente a semejante situación, Rebecca hubo de sacar fuerzas de sus debilidades y buscar el sustento al precio que fuera. Llegaría a emplearse incluso como niñera.

Mas lo verdaderamente destacable es que la indómita doncella veneró su quehacer y que su talento le abrió muchas puertas vedadas para su género. Entre estas sobresalen su aceptación como miembro de la Queen´s Hall Orchestra, siendo la primera mujer en el Reino Unido en conseguirlo, y su pertenencia al British Ensemble, agrupación camerística con la que le dio la vuelta al planeta. Con respecto a su vida amorosa la huella del maltrato paterno fue indeleble. Se hizo amante de un hombre casado y después de emigrar a los Estados Unidos de Norteamérica contrajo nupcias con un pianista que se empeñó en ayudarla, sobre todo, en lo concerniente a su labor como compositora. Pero ya era muy tarde; su producción cesó, ya que padeció distimia –una forma crónica de depresión– y un continuo desaliento con respecto a sus obras. No se sentía capaz de balancear su vida marital con la composición: “no puedo hacerlo a no ser que sea lo primero en lo que piense cada mañana y lo último que piense cuando me acuesto”.  Escribió un libro que no se atrevió a publicar: “I had a father too”.  

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1 Se sugiere la escucha de alguna de sus obras. Encuéntrela en la página: proceso.com.mx Y lo mismo vale para las otras mujeres del texto.