Carrington y las “fake news” del MAM (y II)

Basta con revisar el libro Leonora Carrington. Surrealismo, alquimia y arte, escrito por Susan L. Aberth –académica del Bard College de Nueva York– y publicado en 2004 por la editorial Lund Humphries en inglés y por Conaculta-Turner en español, para comprobar que la exhibición que presenta el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México no hace ninguna aportación relevante y, mucho menos, una “revisión renovada de la vida y obra” de la artista, como afirma el discurso institucional.

Con una narrativa curatorial errática que trata de “conciliar un recorrido cronológico con un análisis temático”, la muestra Leonora Carrington, cuentos mágicos no logra rebasar las limitaciones de los  discursos iconográficos que han encasillado a la excelente pintora como creadora de seres fantásticos y narradora de mágicos universos.

Además de textos, videos que registran sus vínculos con el cine y algunas fotografías sobre su entorno personal, la muestra está integrada con numerosas obras bidimensionales, objetuales y tridimensionales realizadas de 1936 a 2010, que se enciman cronológicamente –con excepción del apartado dedicado a la obra que realizó en la década de los cuarenta para Edward James– inhibiendo la comprensión de su desarrollo estético, intelectual y creativo. Su poética, ¿es realmente surrealista o la historiografía del arte la definió como tal ante la imposibilidad de catalogarla?

Desde mi punto de vista, Leonora Carrington es una artista romántica tardía, que exploró a través de la ficción pictórica diversas maneras de representar y sugerir la coexistencia de realidades visibles y no visibles. Y si bien sus transfiguraciones antropomorfas en las que fusiona diversos universos –imaginarios, humanos, animales, vegetales– resaltan por la fascinación de los personajes, es en sus atmósferas cromáticas en donde reside el potencial estético de su pintura. Vaporosas, transparentes, sutiles, imperceptibles o contundentemente protagónicas, sus atmósferas se fusionan con los distintos planos de las escenas y escenarios generando una realidad etérea que es, al mismo tiempo, verdad y ficción.

La historiografía de la artista es muy interesante. Si bien en ensayos y entrevistas se repite que de niña escuchaba narraciones sobre mitologías irlandesas y celtas, poco o nada se ha escrito sobre el imaginario visual que la rodeó. Hija de un magnate textil, Leonora nació en el condado de Lancashire en 1917 y, desde los tres años, vivió en el castillo neogótico de Crookhey Hall. Desde finales del siglo XVIII y sobre todo durante el XIX, el pensamiento romántico en Inglaterra no sólo encontró en el paisaje, los ornamentos góticos, la mitología élfica y las composiciones y texturas de la pintura renacentista una estética propia sino que, también, algunos autores representaron el misticismo de lo no visible como William Blake.

En la obra de Leonora, sobre todo en la realizada de los años cuarenta a los sesenta-setenta, se perciben referencias renacentistas –vistas arquitectónicas de Francesco di Giorgio, sutilezas cromáticas de Giovanni di Paolo, emplazamientos paisajísticos y recursos narrativos del Bosco– rodeadas de atmósferas cromáticas que recuerdan al romántico inglés William Turner. Lejos de copiarlos, la también creadora de collages y esculturas textiles se impuso con entornos y atmósferas paisajísticos que develan una mente romántica y una pintora sobresaliente.

Inaugurada un año después del centenario del nacimiento de la artista y con tapices que no se compara con el espléndido conjunto de Las serpientes de 1961, la muestra cuenta con un catálogo de 120 pesos que se adquiere en la tienda del museo sólo en efectivo y sin comprobante del pago.