“Amante por un día”

Philippe Garrel, cineasta de nacimiento, recuerda un tanto a esos maestros chinos de celadón que, por humildad, dejaban una marca defectuosa en los esmaltados de sus porcelanas, monocromáticas y a la vez iridiscentes cuando se ven con detenimiento. Así, entre el negro y el blanco, la luz y el celuloide en 35 mm de Amante por un día (L’amant d’un jour; Francia, 2017), se miran docenas de tonos que reflejan emociones reales, todo esto sin caer en el preciosismo.

La anécdota es banal: Jeanne (Esther Garrel) rompe con su novio y acude a pedir posada a casa de su padre, Gilles (Éric Caravaca), maestro de filosofía que vive en un pequeño departamento parisino con su nueva novia, Ariane (Louise Chevillotte), de la misma edad que su hija. Incómoda al principio, Jeanne tiene que dormir en el sofá, y poco a poco se logra una alianza entre las dos jóvenes que comenzaron como rivales.

La de Garrel es una familia de actores destacados que además colaboran juntos, basta con mencionar al padre del realizador, Maurice Garrel, rostro muy conocido del cine francés que participó en varias cintas de Philippe; ahora el turno ha sido de los hijos de Garrel, Louis Garrel (Les amants réguliers) y Esther, que hace el papel de Jeanne, la hija del filósofo. El recuento importa porque, en esta obra tan personal, un tema constante son los círculos viciosos del regreso y del dolor de la separación, cadenas de familia o de pareja que parece imposible romper. Garrel comenta, además, que la idea que tenía en mente cuando escribió el guion, junto con el legendario Jean Pierre Carriere (colaborador de Luis Buñuel), era el complejo de Electra (Cahiers du cinema en una entrevista de Delorme).

El gusto por la fotografía en negro y blanco lo asocia a la intemporalidad, a un momento y a un espacio que el cine logra y permite que los mitos se refugien. Esto hace que la banalidad de dormir en un sofá porque la alcoba está ocupada por el padre y su amante, el simple desayuno, el beso de saludo que las dos mujeres de 23 años, espejo una de la otra, pelean, o el pueril y mal intencionado comentario de Jeanne sobre la belleza superior de su propia madre, resuenen sobre material sólido, y permite que al espectador le importe lo que los intérpretes digan, o hagan.

Como el tema es el de Electra, lo que declaren los personajes no es del todo confiable porque todos participan un tanto del mismo complejo, Gilles con una amante de la misma edad que su hija, Ariane con su maestro figura paterna. ¿Por qué llora tan amargamente Esther en un rincón, con su maleta en mano? Parecería claro que lamenta su primera ruptura amorosa, pero deja de serlo cuando el novio ofrece su propio punto de vista. ¿O es el llanto del regreso, el dolor de no poder separarse del núcleo familiar? El mito también puede sostener sentencias eternas si las pronuncia un progenitor, como cuando Gilles le pregunta a su hija qué va hacer con la vida que él le dio.

Y claro, no basta con aplicar la receta del mito; para que funcione, un artista debe darle la vuelta. En vez de gastar energía en venganzas, las mujeres de esta historia se dedican a explorar su propia sexualidad. A menos que se considere a la música de cámara como un género de segunda, Amante por un día no puede tratarse sólo como una obra menor de Garrel; la expresión ya está acuñada, en su caso se habla de un cine de cámara.