Todo Herrán en Aguascalientes

Una retrospectiva-homenaje de 66 obras (óleos, grabados, dibujos, bocetos, acuarelas), para conmemorar los 100 años del fallecimiento del precoz artista Saturnino Herrán, quien murió a los 31 años, es la que el Museo de Aguascalientes ofrece bajo cinco ejes temáticos, mismos que explica durante el recorrido con Proceso su coordinador, José Luis Quiroz. La muestra, que concluirá el 29 de julio, será trasladada en septiembre al Museo Nacional de Arte de la CDMX.

AGUASCALIENTES, AGS.- En la mayoría de las exposiciones suele haber una, dos o tres obras que atraen al público…

Pero en el caso de Saturnino Herrán, y otros modernistas, expuesta actualmente en el icónico Museo de Aguascalientes (MA), hasta el 29 de julio, para celebrar el centenario luctuoso de uno de los grandes artistas del movimiento modernista y precursor del muralismo, esa idea no aplica.

Desde el dibujo infantil que evidencia su talento artístico a los 11 años, hasta el último trabajo realizado a los 31: la acuarela y lápiz sobre papel El de San Luis (1918) –técnica mixta que dominó como pocos–, pasando por grandes obras, como el proyecto del friso Nuestros dioses, los óleos Vendedora de ollas, Criolla con rebozo, Vendedor de plátanos, La ofrenda, El gallero y, por supuesto, La Tehuana, la muestra homenajea al hijo prodigo de Aguascalientes.

Su obra está catalogada como Monumento Histórico por la Ley Federal de Monumentos y Zonas Arqueológicas, Artísticos e Históricos del INAH, junto a la de otros seis grandes: David Alfaro Siqueiros, Frida Kahlo, Gerardo Murillo Doctor Átl, José Clemente Orozco, Diego Rivera y José María Velasco.

La exhibición, organizada por el Instituto de Cultura de Aguascalientes (ICA) en colaboración con el Museo Nacional de Arte (Munal) –recinto al que viajará en septiembre próximo–, está conformada por 66 obras: 42 del acervo del MA, 15 del Munal, siete de la Colección Andrés Blaisten, y dos de la Fundación Cultural Kaluz, A. C., entre dibujos, grabados, óleos y bocetos.

Como indica su título, también incluye obras de artistas del movimiento modernista y compañeros de enseñanza: David Alfaro Siqueiros, Francisco de la Torre, Francisco Díaz de León, Humberto Garavito, Armando García Núñez, Alberto Garduño, Germán Gedovius, Juan Guzmán, Salvador Martínez Báez, Roberto Montenegro, Gerardo Murillo Dr. Atl, Diego Rivera, Julio Ruelas, Juan Téllez Hellín y Ángel Zarraga.

Curada por Víctor Rodríguez Rangel, especialista del Munal en arte del siglo XIX, presenta cinco ejes temáticos:

“Saturnino Herrán y sus inicios” (Introducción).

“Vanguardia internacional y la influencia del modernismo español.”

“Simbolismo y decadentismo: el indio desdeñado de la civilización.”

“Cuerpo místico, esteticismo y La raza cósmica.”

“Renacimiento mexicano.”

A cada eje corresponde una sala del museo, que consta de seis. El edificio de estilo neoclásico data de 1903 y permanentemente exhibe parte de un acervo que incluye obras del mismo Herrán, Jesús F. Contreras y Gabriel Fernández Ledesma, todos aguascalenteses.

Pero también de creadores de arte contemporáneo, como Gilberto Aceves Navarro, Francisco Corzas, Xavier Guerrero, Manuel Rodríguez Lozano, Vicente Rojo, Juan Soriano, Cordelia Urieta, Alfredo Zalce y Francisco Zúñiga, todas en resguardo del museo en comodato por el INBA.

Niño prodigio

En un recorrido realizado por Proceso en compañía de José Luis Quiroz, coordinador del recinto, explicó que le tomó un año gestar la muestra, que ocupa 300 metros lineales.

Hay una fotografía que abre la primera sala, imagen propiedad de la UNAM, y en ella se observa en el centro a Antonio Fabrés, acuarelista, pintor y escultor (1854-1936) rodeado de una decena de sus discípulos, entre ellos un joven Diego Rivera –detrás de Fabrés–, parado en unas escaleras con el rostro elevado y una mirada desafiante a la cámara, y un adolescente Saturnino Herrán, sentado a un costado de su maestro, mirando a la lente con timidez.

La siguiente imagen es el dibujo Paisaje (1898), realizado por Herrán a los 11 años, donde se observa un lago y una balsa, y al fondo un castillo, este último probablemente copiado de alguna estampa europea, pues circulaban muchas en la época, de acuerdo al coordinador del museo.

También hay un óleo, Jardín (1906), pintado en el nosocomio de la Castañeda de la Ciudad de México, durante la época de estudiante de Herrán –quien siendo adolescente se mudó a esta capital– junto a éste, dos obras más, una de Diego Rivera y otra de Humberto Garavito, la misma visual en los tres casos.

Dijo Quiroz:

“Herrán fue un niño prodigio, artísticamente precoz y usualmente solía ser uno de los más jóvenes dentro de las clases –dice, señalando la foto–, y en estas obras se ve eso –dirigiéndose al óleo–, aunque eran artistas muy jóvenes, se nota cómo trabajaban técnicas europeas, como el impresionismo en el caso de Garavito.”

“Todo este grupo de artistas (los modernistas) romperían con la forma europea de trabajar, y retoman elementos cotidianos de la vida mexicana, elementos de la sociedad, lo nacional, el indigenismo.”

Gran parte de la obra de Herrán es retrato, la mayoría de amigos y gente cercana, en especial de su esposa Rosario Arellano, con quien se casó a los 27 años, dos años más tarde comenzó a trabajar la técnica de dibujo acuarelado e incluso a pintar La Tehuana. Su producción artística es corta, de 12 años, pues muere a los 31 por complicaciones de un mal gástrico.

La muestra devela también las creencias de Herrán:

“Por obras como ‘El cofrade de San Miguel’ (1917) uno deduce su profunda religiosidad y en el transcurso de su producción va integrando elementos, como cristos, iglesias y procesiones.

“Muchas de esas obras son trabajos ‘de primera intención’, y se aprecia por la pincelada: pero en ésta se nota la maestría con la que maneja tonos y fondos verdes, ocres, sepias, rojos. Manejar el verde junto al rojo y no ensuciar el color.”

Acuarela maestra

También se exhiben dos grabados, uno de ellos Procesión, hecho en aguafuerte, marcado con el número cinco de una serie de seis, y el óleo Retrato de Artemio de Valle-Arizpe –quien fuera cronista de la Ciudad de México (1888-1961)–, que a decir de Quiroz muestra la madurez del artista en la técnica de crayón acuarelado, con “colores calientes” y unos rojos diversos  que sobresalen en las cortinas: de lejos simula una cortina gruesa, fina, que recrea hojas de naturaleza, y de cerca se ve la técnica a base de manchas de acuarela.

Adelante se encuentra el boceto de estudio de La ofrenda, y a un costado esta obra imponente de 1913, de la colección del Munal, que mide 1.60 x 1.38 metros; en esa sala también se encuentra La criolla del rebozo.

Otra pieza que si bien no forma parte de la exhibición pero sí de la colección permanente, es el vitral El regreso del hijo pródigo, que data de 1913 y cuyo proyecto de Herrán –pues jamás lo vio terminado– fue retomado por artistas del Centro de Artes y Oficios de Aguascalientes. Está expuesto en el segundo patio del museo y mide unos 3.5 x 1.60 metros.

Frente a él, la entrada de la sala “Cuerpo místico, esteticismo y La raza cósmica” que incluye los bocetos del friso Nuestros dioses, mismo que no logró plasmar en el Palacio de Bellas Artes como se tenía planeado, y que representa del lado izquierdo a los indígenas; en el centro, la Coatlicue transformada, y del lado derecho, a los españoles.

El óleo La leyenda de los volcanes, basado en la historia indígena entre un plebeyo y una princesa, cuyo amor fue truncado por el padre de ésta, fue inmortalizado por Saturnino al plasmar a la pareja desnuda en un acto de amor, y detrás de ellos el volcán Popocatépetl.

La penúltima parte muestra joyas como Texcoco, Vendedora de ollas y Alegoría de la construcción, las tres del acervo del Museo de Aguascalientes y consideradas fundamentales en la producción de Herrán. En esa misma sala se encuentra Campesinos, de un Siqueiros joven expresando elementos nacionales, que hacen decir al coordinador:

“Sin ver la ficha, uno no se imagina que es un Siqueiros, pero observando detenidamente se nota su trazo decidido y lo que sería su paleta de color.”

En la sala final, “Renacimiento mexicano”, hay óleos como El gallero, pieza de enorme simbolismo para los aguascalentenses, cuyas peleas de gallo son consideradas una tradición invaluable… También puede admirarse El jarabe, así como cinco dibujos de crayón acuarelado.

Y para despedir la exposición, el célebre óleo La Tehuana (105 x 75 centímetros) en un espacio sobresaliente. Ante el cuadro, José Luis Quiroz explicó que hay varias versiones sobre su proceso debido a los rasgos un tanto masculinos de la persona, aunque se supone una mujer:

“Hay varias versiones: una, que es un autorretrato, y otra, que es un retrato de su esposa. Revisándolo hay rasgos de hombre y mujer. La mano parece femenina, pero el rostro es un tanto masculino. Una historia dice que Saturnino se peleó con su mujer cuando lo estaba pintando y entonces terminó por ponerse el atuendo y concluyó el cuadro.

“Es una pieza maravillosa en el manejo de color y pincelada decidida, una riqueza en tonos blancos, grises y verdes, todo una vez más de primera intención, sobre todo en la parte inferior del vestido.”

La Tehuana es una de las piezas que antes de exponerse en el Munal tendrá un tratamiento en el Cecropam (Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio) del INBA, para intervenir la última “capa de brillo” que resalta en demasía.

Saturnino Herrán, y otros modernistas estará hasta el 29 de julio en el recinto de la capital de Aguascalientes.