“Isla de perros”

En las voces de esta segunda animación de Wes Anderson, Isla de perros (Isle of Dogs; Alemania-Estados Unidos, 2017), a su club de conocidos histriones se aúnan nuevos miembros como Tilda Swinton, Bryan Cranston, Karvey Keitel, más un grupo de actores y no actores japoneses, desde Ken Watanabe hasta la legendaria Yoko Ono. Difícil resistir la tentación de corretear por el mundo de juguete del realizador de El Gran Hotel Budapest.

Ocurre en un futuro no lejano, en Megasaki, donde el alcalde, Kobayashi, decreta la expulsión de todos los perros de la ciudad a la isla Basura; el pretexto es una epidemia que aqueja a la población perruna; Atari Kobayashi, un niño de 12 años, sobrino del tiránico gobernador, roba un avión para rescatar a su propia mascota, Spots, y en la isla forma una alianza con los sobrevivientes en un mundo que semeja un Mad Max canino.

Al interior de esta distopía, los humanos hablan en japonés y los perros en inglés, excepto por algunas aclaraciones de la intérprete (Francis McDormand); el público tiene que suponer lo que se dice apoyado por el contexto y la imagen. A Wes Anderson, obsesivo para controlar y escenificar sus ideas, el mundo del imperio de los signos le queda como anillo al dedo; las imágenes parecen sobresaturadas, provocan una impresión parecida a la que recibe un turista caminando por las calles de Tokio, la diferencia en la cinta es que el director se encarga de dilucidar lo que la pantalla muestra por medio de la acción; si una imagen no se entiende, la secuencia la aclara.

La técnica del llamado stop motion, animación de muñecos cuadro por cuadro, se presta bien a la gramática de este filósofo tejano, experto en poner puntos y comas a sus frases visuales; aquí dibuja un mapa de emociones con los ojos y dientes de los perros. Chief, el antihéroe, callejero y mordelón, enamorado de la perrita más fifí del lugar, es una reelaboración apocalíptica de La dama y el vagabundo (1955) en la que los ojos recorren el arcoíris con mucho de la personalidad de Lauren Bacall y Humphrey Bogart. El código de Anderson se mantiene preciso, desde los zooms de los círculos visuales hasta el mundo de basura comprimida, maquinaria y procesos de deshecho industrial.

Además del manga japonés, territorio donde todo es posible, Akira Kurosawa es la referencia fuerte, la épica de Los siete Samurai y la menos conocida, Dodeskaden (1970), donde el director japonés exploró la vida de un grupo de individuos que viven en un basurero; la vuelta de tuerca de Anderson es convertir al joven con retraso mental de la cinta de Kurosawa en un genio que conduce aviones.

Utilizando al texto como pretexto, en Estados Unidos no faltaron voces que protestaron contra la apropiación cultural del Japón, pero la voz mejor autorizada, la de Moeko Fujii, escritora bilingüe del New Yorker, aplaude y aprecia los guiños de ojos y las toneladas de alusiones a la política y a la vida de hoy en día en el país natal que logran Anderson y su equipo de escritores, entre ellos Roman Coppola, fanático de la cultura japonesa. El toque definitivo corresponde a Kunichi Nomura (voz del malévolo Kobayashi), el actor y escritor, todo icono en Japón, que japoniza por completo la película, tanto que ciertas alusiones y chistes pasan inadvertidos al público no japonés. Y claro, sin apropiación y expoliación cultural, resultaría difícil imaginar a Japón, comenzando por los ideogramas chinos.