¡Wolfe, Wolfe, Wolfe!

Los últimos años de Tom Wolfe fueron de batallas por el reconocimiento de la literatura sin ficción. Desde 1959, cuando entra a trabajar en el New York Herald Tribune, y hasta la publicación de su primera novela, La hoguera de las vanidades (1987), el escritor llenó el periodismo tradicional de lo prohibido: onomatopeyas, juegos de palabras, bautizos precisos —“radical chic”, “good stuff”, “la Década del Yo”–, el uso de las técnicas del cine, como la división por escenas; los puntos de vista, la retrospectiva y contar los sucesos en primera persona.

Su estilo: tomar temas no noticiosos y por vía de un lenguaje exuberante hacerlos casi una marca de la época. En sus nueve libros de crónicas, recopilados entre 1965 y 1981, Wolfe nombró y convirtió en temas de su extravagante lenguaje el origen de la contracultura hippie siguiendo a Ken Kesey –el autor de Atrapados sin salida–, repartiendo ácidos; el surgimiento del punk, como estilo sádico del barrio obrero; la aristocracia de las buenas conciencias en el movimiento contra la discriminación racial, de género y religiosa; los astronautas del programa Mercurio; la filmación de un comercial; la superación personal y las hemorroides, entre mil temas más.

Al final, Wolfe demostró que el periodismo podía generar marcas históricas que no sólo comunicaban, sino que podían transmitir a otras generaciones. Su triunfo es visible: “La Década del Yo” todavía define los setentas con su preocupación posfreudiana por la historia personal, los traumas familiares, el ejercicio en los gimnasios y las dietas libres de colesterol. Como lo diría Woody Allen: “Mis padres me mintieron en tres cosas que se suponían buenas: la carne roja, tomar el sol y estudiar en la universidad”.

En la mirada sardónica de Wolfe –distinta de la gélida de Truman Capote, en A sangre fría, y de la narcisa de Norman Mailer, en Los ejércitos de la noche– la gente no sólo quería preocuparse por sí misma, sino que quería gritarlo en público.

La primera batalla de Wolfe se ganó con la invención de una nueva marca, “Nuevo Periodismo” contra lo que llamó el “periodismo tótem”, retomando el consejo de Aleksandr Pushkin: “Mirar las cosas como si nadie las hubiera narrado antes”. El resultado es un escritor que sabe narrar como tendencia cultural lo que, para el reportero de cartón, es sólo un detalle colorido.

Más que periodismo, paroxismo, los textos de Wolfe retratan la historia como histeria, las emociones como desbordamientos del inconsciente que monologa, insulta, desea, grita su parte del instante. Pero es el narrador, en tercera persona, el que dota a todo aquello de su significación cultural al nombrar en él toda una era.

Wolfe lo hace, no desde los diarios, sino desde las revistas, para luego agrupar todas las entregas en un libro que funcione como literatura histórica con la “objetividad” que otorga incluir las propias opiniones, prejuicios y ocurrencias dentro del antes sacrosanto terreno de “las fuentes”.

No es que el Nuevo Periodismo extravíe la idea de “verdad”, sino que la amplía a lo subjetivo. La autoridad de la historia –alguien dijo antes lo que yo digo ahora, y al citarlo me vuelvo más “verdadero”– le da paso al cronista como su propia fuente en la medida en que estuvo en el suceso escuchando, charlando y oliendo; lo sintió, lo pensó y hasta se burló de él.

Esta batalla por la literatura dentro de las revistas pasa a la novela con la publicación de La hoguera de las vanidades. En el terreno, Tom Wolfe se encontrará con otro tótem: el de la crítica que no reconoce como literatura el arte de los sucesos. Aunque la historia de La hoguera de las vanidades es una invención –un yuppie de Wall Street atropella a un negro en el Bronx y desata un juicio en el que políticos, abogados, periodistas y religiosos tratan de sacar provecho–, desnuda a la sociedad norteamericana de la corrección política como una forma de amoralidad.

Al igual que en las novelas de Zola, Balzac, Dickens, lo narrado no sólo no sucedió, sino que está sucediendo, es más verdadero porque recaba el espíritu de la época. Pero a Wolfe el statu quo de la crítica literaria no le concede el valor ni la legitimidad al nombrarlo, con menosprecio, “periodístico”. Es el otro lado de la moneda, lo llamado “literario” por los reporteros de viejo cuño. Wolfe pelea contra dos batallones en la hoguera de las legitimidades, contra el de “la verdad” en los diarios y contra el de “lo bello” entre los críticos literarios. La lucha es, en principio, la misma: contra la supuesta “pureza” de los géneros en una actividad –narrar– que se hace con lo menos puro que tenemos, el lenguaje.

Con su segunda novela, Todo un hombre, se desatan los impulsos violentos con los que se mueve el medio literario; como dijo Emil Cioran, “un contemporáneo es alguien a quien se desdeña para no asesinarlo”. Sin seguir el consejo del aforista rumano, Norman Mailer, John Irving y John Updike –a los que Wolfe llamará “Mis Tres Chiflados” en Hooking Up– se le van a la yugular en nombre de la “pureza”. Updike, en The New Yorker, cerró su diatriba contra la novela que le llevó a Wolfe 11 años escribir y cuyo tiraje inicial fue de 1 millón 400 mil ejemplares: “No es literatura, es entretenimiento”. Cita, como autoridad, a Henry James, quien ordenó que “toda literatura debe ser exquisita”.

Norman Mailer, por su parte, se basó en las ventas de Wolfe y estableció que no puede ser literatura lo que se vende demasiado. “Wolfe se ha alejado de nosotros y ya habita el Reino de King Kong de los Mega-Best-Sellers”. Irving estalló en televisión: “Ese no es un escritor, es un cronista. No escribe novelas, escribe periodismo hiperbólico”.

Iba a resultar que la batalla más difícil de ganar no era contra los reporteros y editores añejos, sino contra los propios novelistas contemporáneos. Armado con el “naturalismo” de la gran novela francesa y rusa del siglo XIX, Wolfe se defendió: “Sus críticas no son sólo una acusación, sino una súplica: este libro está fuera de los límites”.

En efecto, no puede argumentarse con razón que lo auténticamente “literario” –sea lo que sea que signifique eso– deba no venderse. Para desmentir ese prejuicio está el éxito de público de Shakespeare, Balzac, Dickens, Dostoievski, Tolstói, Gógol, Zola, Ibsen, Shaw, Mark Twain y Hemingway. Pero lo más grave era el criterio de “lo exquisito”, que es otra palabra para la superioridad de lo que se elige como “refinado” o de “buen gusto” por quienes “saben”.

Updike le había echado la culpa de la desconexión entre novelistas y lectores a éstos últimos: “Ya no entienden las referencias, alusiones, es muy triste”.

Tom Wolfe atribuye el desencuentro al triunfo del formalismo europeo en un circuito literario como el norteamericano, que se ha cerrado sobre sí mismo y en el que el consejo de Pushkin se invirtió: todo lo que se lee ya ha sido escrito y, por lo tanto, pobres de quienes no saben leer sus alusiones, referencias, homenajes y parodias.

Son los escritores quienes, regodeándose en aquello de “la creación de un lenguaje”, se olvidaron de lo que establece el vínculo con el lector: una historia narrada con personajes que hacen que te identifiques y una historia que es también tú historia, al menos en el lapso de la lectura.

En la última década los autores norteamericanos habían escrito sobre ellos mismos: dar clases de literatura en una universidad, no poder terminar una novela, el mundillo de la celebridad editorial. Con sorna, Wolfe se defendió de Mailer, quien acababa de publicar (1998) una novela-monólogo interior sobre la vida de Jesús: “Es una autobiografía”.

Esta semana, a los 87 años, murió Tom Wolfe. Sus dos batallas, en revistas y novelas, no fueron del todo triunfantes. Todavía hoy, cuando aparece una novela de no ficción, los reporteros hacen la pregunta que creen astuta: “¿Y qué es verdad y qué es ficción?” Todavía hay medios que no permiten que sus reporteros escriban de sus impresiones, sospechas y emociones en primera persona como parte de la “objetividad”. Y todavía se celebran las “novelas auténticamente literarias”, es decir, las que se cierran sobre “el lenguaje” o “la exquisitez” de que traten del vacío que se dobla sobre sí mismo.

Al final, Wolfe no dejó de nombrar a su propia época, la de sus últimos años, como “La Anorexia Literaria”. Y, como escribió al finalizar la polémica por sus novelas, “lo que les hace falta a los escritores es: ¡comida, comida, comida!”. Un mundo ilimitado.