“Crimen en El Cairo”

Es el amanecer de la Primavera Árabe, la revuelta que estallara en enero de 2011 contra el gobierno de Hosni Mubarak: Una cantante aparece brutalmente asesinada en el hotel Hilton del Nilo. El detective Noredin Mostafa (Fares Fares), a cargo de la investigación, está lejos de ser un policía ejemplar y su primer gesto es robar el dinero y la tarjeta de crédito de la occisa; pero cuando las autoridades quieren dar carpetazo disfrazando el crimen de suicidio, decide llegar al fondo donde no lo hay, en un régimen donde nadie es ajeno a la corrupción y lo que cuenta es el interés personal y no la verdad.

En Crimen en El Cairo (The Nile Hilton Incident; Suecia-Dinamarca-Alemania-Francia, 2017), el director sueco-egipcio Tarik Saleh comprueba cómo las reglas bien aplicadas de un género, el del cine negro en este caso, permiten describir una realidad social que subsiste a base de crimen, soborno y abuso de autoridad; como si los códigos más o menos estrictos del llamado neo-noir –línea de encuesta policiaca, violencia fría, detective asocial y solitario–, fueran aptas para encuadrar la descomposición moral de un sistema político y social. ¿Cuál es la medida para evaluar el grado de deshonestidad de todos los involucrados, en un Estado donde no se pueden diferenciar buenos de malos?

Así, con la empleada doméstica del hotel, una inmigrante sudanesa y testigo del crimen, lo primero que se le ocurre a su compatriota es chantajear al sicario; el político, autor intelectual, se halla involucrado en negocios millonarios con el gobierno; el mismo Noredin, además de dar mordida a sus colegas porque investiga en otro territorio, debe su puesto a un tío suyo que es el jefe de policía.

Héroes en el cine ya se ven pocos, apenas en las películas de superhéroes o en animaciones; Nuredin es un antihéroe a la medida de los clásicos del cine negro, cínico, fumador empedernido, que no duda mucho en involucrarse sexualmente con la amiga de la cantante difunta aunque esto lo coloque en el filo de la navaja con los altos mandos de la mafia que rodean al presidente. Pero algo se remueve en la psique de este cínico policía, en pleno duelo de la muerte de su esposa: una especie de crisis de conciencia lo lleva a buscar una puerta en este laberinto de callejones sin salida, excrecencia de la descomposición política.

A pesar de la excesiva estilización que requiere el cine negro, una de sus virtudes, el claro-oscuro (tanto en la iluminación como en la temática), es la de poder explorar dilemas morales más allá del puritanismo de Hollywood; quizá por eso recurran tanto a él directores como Scorsese, preocupados por plantear problemas humanos más allá del maniqueísmo. Un género admirado y enriquecido por realizadores franceses como Jean Pierre Melville, el más grande. Tarik Saleh es un conocido artista del graffiti y del multimedia, de su lado sueco proviene el rigor y la eficacia en la técnica que combina con el lado egipcio para narrar lo increíble y orquestar la presencia masiva de la población, ávida por salir a la calle pidiendo un cambio en la plaza Tahrir.

Fares Fares, el protagonista, actor sueco de origen libanés, malencarado que se ha vuelto una presencia constante en Hollywood (La noche más oscura), encarna a la medida a este policía disfuncional que reacciona como suspendido entre dos tendencias, la del caos y la del orden. Y tal es la ambición de Crimen en El Cairo, la de explorar la pulsión individual por una cierta forma de coherencia en medio de un desastre social.