La cara oscura del “Papa de la Costa Norte”

Alexis Joveneau, misionero belga que vivió 40 años entre los pueblos indígenas de Canadá, había sido visto durante décadas como un benefactor, un luchador por los derechos y la cultura de los innu. Se le llamaba el “Papa de la Costa Norte”. Esa imagen cambió radicalmente a finales del año pasado, cuando varias personas rindieron testimonio –gracias a un programa gubernamental que investigaba las causas de los feminicidios en la región– y denunciaron que el sacerdote, ya fallecido, era un violador y pederasta. 

Montreal, Canadá.- Durante décadas Alexis Joveneau fue considerado un misionero ejemplar e intrépido, dedicado la mayor parte de su vida a luchar en favor de los indígenas de Canadá, un “emisario del mensaje divino” entre los más necesitados de ese país, un puente entre dos civilizaciones, un hombre apodado el “Papa de la Costa Norte”. Pero en meses recientes, diversos testimonios han empujado su leyenda al precipicio. 

Joveneau, fallecido en 1992, fue un agresor sexual, forzó desplazamientos masivos y manipulaba a los indígenas, temas que han salido a la luz recientemente. Ahora la prensa utiliza el mote de “Monstruo de la Costa Norte” para referirse a él.

Tournai es una ciudad belga a pocos kilómetros de la frontera con Francia. Ahí nació Joveneau en 1926. Ingresó a la Congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada en 1945 y fue orde­nado sacerdote en 1951. Los oblatos, surgidos en Francia en 1816, están en Canadá desde 1841. 

Joveneau se instaló en 1953 en la Costa Norte de Canadá –región de Quebec a orillas del Golfo de San Lorenzo–, en las comunidades de Unamen Shipu y Pakuashipi, habitadas por el pueblo innu. 

Aprendió la lengua local, escribió un diccionario innu-francés y recopiló historias ancestrales en distintos textos. Se le recordó durante años como una especie de padre protector de los indígenas, un organizador de la vida comunitaria y un interlocutor de peso ante las autoridades federales.

Pierre Perrault, uno de los documentalistas más reputados de Canadá, filmó en 1977 buena parte de las actividades de Joveneau en Le goût de la farine (El sabor de la harina). “Cuando llegué, los indígenas vivían en el bosque. Yo venía de Bélgica y no conocía nada de todo esto”, decía el misionero en una escena. 

Comisión investigadora

Joveneau fue sepultado en la Costa Norte en diciembre de 1992. Un cuarto de siglo después, su nombre vuelve a sonar, aunque por motivos funestos. 

Según la Policía Montada de Canadá, mil 49 mujeres indígenas fueron asesinadas entre 1980 y 2015 en la Costa Norte. Esa tasa de feminicidios es cuatro veces mayor que la del resto del país. Para atender el problema, en agosto de 2016 el primer ministro, Justin Trudeau, creó una comisión nacional de investigación; como parte de su mandato, esa instancia lleva a cabo audiencias en distintas poblaciones, para escuchar los testimonios de las familias de las víctimas. 

El 29 de noviembre de 2017, en la ciudad quebequense de Sept-Iles, varias personas rindieron testimonio. Dos mujeres de la nación innu aprovecharon para contar que fueron agredidas sexualmente durante la infancia. Fueron víctimas de Joveneau. 

Mary Mark relató lo vivido cuando apenas tenía ocho años: “(Joveneau) siempre nos invitaba a sentarnos en su regazo y nos decía que él era el padre de todos. Comenzó a deslizar su mano bajo mi blusa. Me acarició el vientre y la movió más abajo”. Ella contó también que una de sus tías estaba enamorada de un inglés y “cuando el cura lo supo, se puso furioso y la golpeó”.

Después habló Thérese Lalo. Dijo que sufrió varias veces los tocamientos del misionero en el confesionario. También recordó que cuando tenía siete años, un día el sacerdote llegó a su casa y su madre quiso esconderse, pero él se encerró con llave en una habitación con la mujer. La niña contó lo sucedido a su padre. “Ahí fue cuando la violencia hacia mi madre comenzó”, señaló y explicó por qué guardó silencio tantos años sobre Joveneau: “Le tenía mucho miedo. La gente lo consideraba un dios”.

Pocas horas después de que las palabras de Mark y Lalo aparecieron en los medios, la Congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada emitió un comunicado. “Los Oblatos se encuentran profundamente preocupados y afligidos por los testimonios escuchados y condenan con vigor toda forma de violencia física o psicológica”. También ofrecían su acompañamiento espiritual para ayudar a superar el dolor. 

Con el tiempo otros testimonios se han hecho públicos. Magalie Lapointe, reportera de Le Journal de Montréal, entrevistó a varias víctimas y publicó sus historias a finales de marzo de este año. 

Pierrette Mestenapéo, hoy de 59 años, contó que Joveneau abusó de ella muchas veces; la primera, cuando ella tenía 12 años. Relató que durante los ataques el sacerdote le repetía: “Ven a los brazos de Jesús”.

Siméon Malleck, ahora de 36 años, fue agredido sexualmente por Joveneau en la infancia. “Me asustaba. Decía que yo no iría al cielo si no hacía lo que él quería”, contó entre lágrimas a Lapointe.

A raíz de la difusión de éstas y otras declaraciones, los oblatos publicaron un nuevo comunicado. “Nos encontramos evidentemente devastados por estos testimonios que nos han perturbado y entristecido. Reconocemos el coraje de las presuntas víctimas”. 

Los oblatos ofrecieron apoyo psicológico y abrieron una línea telefónica y un correo electrónico para que las víctimas expusieran los hechos que vivieron. 

Testimonios

En Bélgica, una mujer de 58 años se enteró de las agresiones sexuales de Joveneau en Canadá y decidió viajar a Montreal. 

Es Marie-Christine Joveneau, sobrina del misionero. Al aire, en Radio Canadá, la belga contó que a los 20 años quiso ir a las comunidades de Canadá donde su tío estaba instalado. Él abusó de ella muchas noches. “No quise romper la imagen de ese tío que era venerado, no sólo entre el pueblo innu sino también entre la familia Joveneau”, agregó.

Los testimonios han revelado otros detalles del misionero. Vigilaba toda actividad en las comunidades, controlaba el único teléfono que había en cientos de kilómetros a la redonda, era quien recibía los fondos del gobierno destinados a los indígenas y exigía las mejores pieles a los cazadores a cambio de bendiciones. Era amo y señor, dueño de voluntades, monarca de una tierra adaptada a cada uno de sus caprichos. 

Otro tema que salió a colación fue la participación de Joveneau en un plan, en 1961, para obligar a los habitantes de la comunidad de Pakuashipi a mudarse a la de Unamen Shipu. 

El antropólogo Laurent Jérome, profesor de la Universidad de Quebec en Montreal, dice a Proceso: “Alexis Joveneau no fue el único responsable de las políticas de relocalización en la Costa Norte de Quebec. El gobierno federal también tuvo un papel importante”. 

Concentrar a la población innu en una sola comunidad servía a intereses gubernamentales y le garantizaba al misionero mayor control. Para ello, Ottawa condicionó los apoyos económicos y Joveneau amedrentó a quienes dudaban.

El pasado 29 de marzo, 30 víctimas de agresión sexual (entre ellas, la sobrina del misionero) presentaron un recurso colectivo en el Palacio de Justicia de Montreal para exigir indemnizaciones a los oblatos. 

El recurso fue preparado por el despacho de abogados Arsenault & Lemieux, prevé 300 mil dólares canadienses de compensación para cada víctima y permite que otras personas se sumen a la lista para ser indemnizadas. No se sabe aún en qué fecha las autoridades judiciales informarán si el recurso procede. 

“La Congregación es responsable de los daños sufridos por los demandantes y sabía o debería saber que el padre Alexis Joveneau agredía sexualmente a personas bajo su responsabilidad”, apunta el documento. 

Cabe destacar que el recurso incluye también las agresiones cometidas por otro sacerdote: el canadiense Omer Provencher, quien trabajó en la Costa Norte entre 1958 y 1980. Actualmente vive en la ciudad de Quebec y tiene 89 años.

No era el único

En el tema de los abusos sexuales, los oblatos se han conducido de la misma forma que otros grupos religiosos: código de silencio, cambio de ciudad o de país para los sacerdotes señalados y limitada cooperación con la policía.

Prueba de ello es que el belga Eric Dejaeger, acusado de agredir sexualmente a niños indígenas en el norte de Quebec entre 1978 y 1982, estuvo escondido en su país natal con ayuda de los oblatos durante 16 años. Finalmente fue devuelto a Canadá en 2015 para cumplir 19 años de cárcel. 

A su vez, el sacerdote Raynald Couture fue transferido de Canadá a Francia en 1991 por sus superiores, pues circulaban rumores de sus ataques a menores del pueblo atikamekw. Asimismo, Joannes Rivoire vive, a sus 87 años, en una casa de retiro que tienen los oblatos en Estrasburgo, pese a sus problemas con la justicia canadiense por haber violado a niños esquimales. 

Los responsables de los oblatos en Canadá han manifestado que, hasta el momento, sólo pueden ofrecer apoyo espiritual y psicológico a las víctimas. No obstante, el panorama puede cambiar si el recurso colectivo procede o si se pacta un acuerdo extrajudicial. 

Existen precedentes. En agosto de 2014 la Congregación del Santísimo Redentor pagó 20 millones de dólares canadienses por las agresiones sexuales cometidas a adolescentes por nueve sacerdotes entre 1960 y 1987. También los Clérigos de Saint-Viateur desembolsaron 30 millones de dólares en febrero de 2016 por los abusos que sufrieron varios niños entre 1940 y 1982 en una escuela de Montreal. 

El 28 de marzo, cuando las acusaciones contra Joveneau ocupaban grandes espacios en los medios, el presidente de la Conferencia Canadiense de Obispos Católicos, Lionel Gendron, publicó una carta dirigida a los pueblos indígenas de Canadá, en la que señaló que el papa Francisco se preocupa por las injusticias hacia los grupos autóctonos de todo el mundo, pero no puede presentar una disculpa personal por el papel que tuvo la Iglesia en los internados canadienses para niños indígenas. 

“Después de un estudio cuidadoso de la solicitud y un amplio diálogo con los obispos de Canadá, (el papa) decidió que no podía responder de forma personal”, afirmó Gendron. 

Entre 1876 y 1996 hubo 139 internados financiados por el gobierno federal y administrados por grupos religiosos. Unos 150 mil menores indígenas vivieron en estos centros pensados para inculcar valores y saberes occidentales (algo catalogado por varios expertos como “genocidio cultural”). La discriminación, los castigos físicos y los abusos sexuales fueron cotidianos en esos internados. 

En diciembre de 2015 Justin Trudeau, en nombre del gobierno, ofreció disculpas a las víctimas. En una visita al Vaticano, en mayo pasado, el primer ministro había sugerido al papa hacer lo propio. 

Para Ghislain Picard, jefe de la Asamblea de Primeras Naciones de Quebec y Labrador, la decisión papal ha sido “profundamente decepcionante”, tomando en cuenta que los demás grupos religiosos (anglicanos, metodistas, presbiterianos) ya se han disculpado. El 75% de los internados estuvieron administrados por congregaciones católicas. 

Los grupos autóctonos canadienses aparecen en el país como el sector con mayores tasas de violencia doméstica, desempleo, alcoholismo, drogadicción y abandono escolar. Canadá, vista como una tierra de concordia y bonanza, tiene también ciudadanos de segunda. El resultado de diversas políticas gubernamentales y el proceder de un buen número de actores religiosos (como Joveneau) sobre varias generaciones son dos factores explicativos de peso.