“El hombre del martillo”

El matón a sueldo de Nunca estarás a salvo (You Were Never Here; Reino Unido-Francia- Estados Unidos; 2017) es una especie de artesano del crimen, sólo requiere un simple martillo para cumplir con sus encargos y muchos metros de cinta de aislar; lo demás, quebrar cráneos y huesos, lo completa a base de frentazos y otras partes de su maltratada anatomía.

Joe (Joaquin Phoenix), corpulento y prematuramente envejecido, camina con su arma al hombro, con la cachucha y la barba semeja un mapache escurridizo, y cuando arremete es un jabalí; después de la jornada regresa a casa donde vive con su anciana madre, quien, por supuesto, ve Psicosis de Hitchcock en la tele.

Para aceptar el placer culpable que ofrece esta última cinta de la escocesa Lynne Ramsay (Vamos a hablar de Kevin, 2011) no hay que perder de vista que el autor de la novela corta –que la realizadora adapta al cine– escribe literatura gráfica y memorias cómicas, el neoyorquino Jonathan Ames, estudió en Princeton y ha boxeado en público, todo un personaje; la maestra Ramsay utiliza la mecánica del cómic, no para hacer reír al público, sino para estilizar aún más la imagen y producir un mayor grado de abstracción.

Un día el senador de Nueva York, en plena campaña para gobernador, contrata a Joe para rescatar a su hija, Nina (Ekaterina Samsonov), una chica de trece años secuestrada por una red de tratantes; “que sufran en serio” es la consigna; pedofilia, villanos en altas esferas de poder, paranoia y teorías conspiratorias, un thriller de venganza en el que el espectador patrocina, aunque no quiera, la crueldad que ejerce el vengador.

Pero la violencia no se ve. Lynn Ramsay fragmenta las escenas con planos de partes y detalles que sugieren constantemente el impacto del martillazo, tan rápidas y bien diseñadas que muestran lo que no muestran; el espectador tiene que ordenarlas y fungir como detective con pistas incompletas, como la mano de un hombre jugando con una casa de muñecas; y más importante, se trata de armar la historia de Joe con fragmentos de imágenes de su pasado de niño maltratado, padre golpeador y madre víctima; además, está el pasado de Joe, soldado en Afganistán, presenciando, o quizá, cometiendo crímenes. 

Más que explicar la sicología de su antihéroe, el famoso PTSD (TEPT, trastorno por estrés postraumático), caballito de batalla asociado en el cine a la conducta de un ex marine, le interesa a la directora el potencial de la fórmula como recurso estilístico; Joe es un hombre tronado, la manera de mostrar lo que ocurre en su mente es a base de cortes, de fragmentos de imágenes a la manera de espejos hechos añicos; el ritmo y la edición se encargan del resto, y todo apoyado con el fondo musical de Jonny Greenwood a base de percusiones y música sintética. El resultado es estrujante, como ocurre con el simple detalle de Joe tronando un frijol de jalea verde con los dedos.

El arte de las trizas y el montaje de ellas impacta sobre todo en las secuencias de acción compuestas, en negro y blanco, a partir de lo que captan las cámaras de vigilancia. En el universo de Linney Ramsay, la imagen refiere a la imagen, el cine al cine, la realidad sólo conviene al documental. Joe es el Travis Bickle (Taxi Driver) del siglo XXI, pero a la sicopatía iluminada del alguna vez soberbio actor De Niro, Joaquin Phoenix opone una especie de apóstol, asfixiado, torturado y lleno de cicatrices, que lleva a cuestas los horrores de este mundo; no por nada recibió en Cannes el premio al mejor actor.