Pago en Especie: centralización vs diversidad

Cuántas Secretarías de Estado tienen una colección de arte, cuál es su contenido, cómo se utilizan las obras y qué criterios sustentan su gestión? 

La decisión de Alejandra Frausto –próxima secretaria de Cultura si gana la elección presidencial Andrés Manuel López Obrador– de transferir la propiedad, curaduría y “manejo” de la Colección Pago en Especie de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) a la Secretaría de Cultura (SC), podría derivar en un lamentable fortalecimiento de la centralización, la homogeneidad creativa y el predominio de los valores comerciales que caracteriza la administración gubernamental del arte contemporáneo.     

¿Por qué se interesa únicamente en la colección Pago en Especie cuándo existen otras secretarías con acervos de arte contemporáneo como la de Relaciones Exteriores (SRE)?

Implementado oficialmente en 1975, el programa Pago en Especie es un mecanismo tributario que permite a los artistas visuales pagar sus obligaciones fiscales con obras de su autoría. Generados por transacciones comerciales, los impuestos pueden cubrirse a través de dos esquemas: entregando al Servicio de Administración Tributaria las obras que aprueba y contabiliza un comité –una pieza por cinco vendidas y hasta seis si se vendieron 21 o más–; o a través de un esquema de donación dirigida en la que el artista elige una institución museística gubernamental y, si ésta acepta la dación, la integra a su acervo. 

Este segundo esquema presenta ventajas tanto para los artistas como para las instituciones: los museos incrementan sus acervos sin gastos de adquisición, las obras no se remiten discrecionalmente a cualquier recinto estatal o municipal, y los artistas pueden fortalecer su posicionamiento y cotización con base en el prestigio de la institución y su colección. 

Por su vocación, la colección de Pago en Especie es un acervo que reseña, aleatoria y parcialmente, el devenir que han tenido distintos mercados del arte en México a partir de 1975. Si bien en los primeros años las autorías provenían de creadores de alta legitimación artística, con el paso del tiempo el beneficio se expandió a distintas jerarquías estéticas y comerciales.

Con la apertura en 1994 del Museo de la Secretaría de Hacienda en el antiguo Palacio del Arzobispado, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, la colección de Pago en Especie obtuvo un espacio para exhibiciones temporales que comparte con la espléndida colección de pintura del Acervo Patrimonial de la SHCP. Constituido por obras tan emblemáticas como Lucila y los judas de Diego Rivera, la Venus fotogénica de Rufino Tamayo y 10 fascinantes piezas de Antonio Ruiz El Corcito –entre ellas El desfile de 1936, La soprano de 1949  y Los paranoicos de 1941–, este acervo comparte el museo con curadurías temporales e itinerantes de Pago en Especie. 

A diferencia de colecciones museísticas que centran su identidad en la adquisición razonada de autores y épocas, Pago en Especie es un acervo concebido como una derivación del mercado artístico que, al igual que las intenciones y gustos de compra, es diverso en jerarquías y discursos estéticos. ¿Qué criterios tiene Alejandra Frausto cuando afirma que esta colección “no tiene razón de permanecer en Hacienda”? (Proceso, 2166).   

Si bien llamar la atención sobre las colecciones de entidades gubernamentales ajenas a la SC es un acierto, inhibir su autonomía, en un país tan adicto a las endogamias artísticas, puede ser un riesgo muy negativo.     

En lugar de centralizar, ¿por qué no transparentar los acervos e impulsar la diversidad de su gestión? Entre ellos, los de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, de la SRE, la Secretaría de Economía, Gobernación, Banco de México, y Presidencia…