Estrellas que nunca mueren

Gloria Grahame (Annette Benning) se prepara, la obra es una producción en Inglaterra de El zoológico de cristal, el año 1981. Mientras se maquilla, la imagen en el espejo parece reflejar el peso de la fama y la caída; camino a escena la actriz se desploma retorciéndose de dolor. La gran diva del cine negro (The Big Heat, de Fritz Lang, 1953) padece un cáncer terminal.

Alguien llama a Peter Turner, su examante, un joven actor británico casi tres décadas menor que ella, porque quiere pasar unos días en casa de los padres de él en Liverpool, donde pretende recuperarse.

Las estrellas de cine nunca mueren (Hollywood Stars Never Die in Liverpool; Reino Unido, 2017) es la adaptación del libro de Peter Turner que cuenta su romance con la estrella de Hollywood cuando ambos se conocieron en la casa de huéspedes donde vivían en 1978; el sobrevivía con trabajos menores en espera de una oportunidad como actor; ella, olvidada por Hollywood, estaba empeñada en proseguir su carrera en el teatro inglés.

Paul McGuigan dirige el guion de Matt Greenhalgh en zigzag donde las secuencias retrospectivas, incluyendo el viaje a Los Ángeles y Nueva York, ocurren a manera de transiciones en una escena de teatro. La química entre los protagonistas se activa cuando Gloria le pide al joven vecino practicar con ella un baile para la obra que ensaya. Annette Benning es buena bailarina, y el director explota la marca Billy Elliot que queda de Jamie Bell; en las primeras escenas Benning combina la experiencia de la mujer fatal de cine negro en su mejor década, con un toque de lo que habría sido Marlyn Monroe si hubiese vivido más allá de los cincuenta años.

Posteriormente, mientras el drama se desliza hacia la enfermedad y el heroísmo de la enferma, el flujo entre ellos sólo se mantiene gracias al talento de los actores. Turner proviene de una familia de clase trabajadora en Liverpool, el reparto de actores es un verdadero pastel para los aficionados del naturalismo británico: Julie Walters y Stephen Graham, entre ellos, aunque aquí sobresale el humor y la hospitalidad, como en el melodrama americano. Vale mencionar que Peter Turner escribió sus memorias de cinco años, un librito muy entretenido, después de la muerte de Gloria (1981); 30 años después, la adaptación impone una doble perspectiva de época, la de la década de los cincuenta, y la del joven ochentero.

En la prehistoria del internet, Turner tarda en caer en cuenta de la dimensión de la estrella de Hollywood, quien entre otras cosas había ganado un Óscar en 1952 como actriz de reparto (The Bad and the Beautiful) con sólo nueve minutos de actuación; entre conversaciones, idas al cine donde la actriz se ve a sí misma en la pantalla, o el comentario sorprendido del barman en el pub de que la señora es ni más ni menos Gloria Grahame; esto da tiempo a que Turner se enamore de la persona y no del ícono, pero el público no alcanza a captar el aroma de la tremenda presencia que fue Grahame, actriz y esposa de Nicholas Ray.

La Gloria Grahame de Las estrellas de cine nunca mueren funciona como antítesis de la legendaria Norma Desmond de Sunset Boulevard (1950), la exestrella de Hollywood (Gloria Swanson) para quien las películas se habían hecho pequeñas y tiene que vampirizar a un hombre joven para intentar volver a la pantalla; vulnerable y demandante, las referencias y anécdotas no bastan para ver en grande a esta Gloria, pero sí para evocarla y descubrirla para las nuevas generaciones de cinéfilos.