“Hay que matar a todos los que odian a los rusos”

En entrevista con Proceso, el líder del grupo de aficionados más radical y poderoso de Rusia, el del Spartak moscovita, trata de justificar su agresividad y la de sus rivales, quienes dicen defender el orgullo nacional. Sin embargo, las medidas que tomó el recién reelecto presidente Putin para aplacarlos a fin de mantener la tranquilidad durante el Mundial tienen desconcertados a estos hooligans, que se sienten traicionados por su gobierno. 

MOSCÚ.- Marzo de 2018. Las elecciones en Rusia se van a celebrar en menos de una semana y Vladimir Putin, el saliente presidente ruso, va camino a ser reelegido. Pero en una cafetería del centro de Moscú el tema que enciende la conversación es otro. El hooligan ruso Vitaly, quien accede a hablar bajo la condición de que su apellido no sea divulgado, siente desazón por algunas nuevas medidas del gobierno de Putin que, dice, pusieron un freno a los grupos de fanáticos del futbol. Lo que considera una traición. 

“En los últimos meses las autoridades rusas nos impusieron varias restricciones en vista del Mundial de futbol”, argumenta este líder de la porra Gladiator Firm 96, del Spartak de Moscú, una de las más temidas por las policías europeas. 

La conversación va subiendo de tono. La cruz celta de la derecha neonazi se agita en su brazo desnudo mientras Vitaly hace gala de un discurso tan inquietante y confuso como las marcas que lleva en el cuerpo: “No somos nazis y no odiamos a los extranjeros. Nuestra ideología va en contra de quienes nos odian. A los que odian a los rusos, a esos hay que matarlos a todos”. 

Entre los últimos incidentes violentos, por los que grupos como el de Vitaly han acabado en la mira de las autoridades deportivas internacionales, se cuentan los enfrentamientos con la policía francesa y los hooligans británicos en Marsella tras un partido de la Eurocopa, en junio de 2016, que culminó con decenas de heridos, además de la batalla campal ocurrida en febrero de este año antes de un partido entre el Athletic de Bilbao y el Spartak en España, donde murió una persona.   

Pero Vitaly lo niega todo (“no había aficionados rusos organizados ahí; es mentira”) y el diálogo discurre hacia el arraigo en la sociedad rusa que presumen los Gladiator, una porra brava nacionalista nacida en 1996 de la escisión de otro grupo de aficionados rusos y hoy hermanada con otras nueve agrupaciones, que integran una asociación conocida como Fratria. Un temido ejército que, según la prensa rusa, está integrado por la cifra récord de 10 mil radicales rusos e incluye una rama juvenil. 

“Nadie sabe con exactitud cuántos somos; ni nosotros lo sabemos, pero somos muchos… Y sí, nos entrenamos, nos cuidamos, pero no como un ejército”, se defiende el aficionado sin esconder, no obstante, la disciplina militar que exhibe el grupo, muchos de cuyos integrantes practican artes marciales en gimnasios moscovitas. 

De skinhead a ultras de gimnasio

Formados en la estética skinhead de los noventa y de ideología ultraderechista, los hooligans como Vitaly mantienen un estilo y una conducta que no son nuevos en Rusia y que se caracteriza a primera vista por su vestimenta, en la que predominan las chaquetas de chándal, los pantalones cortos de tiro alto y los calcetines deportivos. 

Su aparición se remonta al caos político y el surgimiento del capitalismo salvaje ruso originado por el colapso de la Unión Soviética, que dejó a miles de jóvenes del país sin trabajo y sin esperanzas en el futuro, sobre todo los de las barriadas urbanas periféricas y pobres, tal como recuerdan observadores como Dmitry Zelenov, periodista deportivo de Sport Express de Moscú: 

“Muchas barras bravas rusas nacieron inspiradas en el hooliganismo skinhead británico, que en los noventa era una verdadera tendencia en Rusia. Fue en esos años que por primera vez se empezó a hablar de ellos.”

Empezó, en concreto, en 1999, un día en el que el Spartak jugaba contra el FC Saturn Rámenskoye, un equipo de la ciudad rusa de Rámenskoe, perteneciente al distrito de Moscú. Poco después de que el Spartak marcara el primer gol, la fiesta terminó en desastre, en tanto decenas de jóvenes de ambos equipos se hundían en una orgía de violencia.

Después de 18 años la ira de los radicales rusos se volvió más organizada y violenta. En noviembre de 2017 un hombre de 30 años falleció por la golpiza que recibió durante un partido entre los equipos rusos de Sibir Novosibirsk y Yenisey Krasnoyarsk.

Se había cumplido su metamorfosis. “Aquellos que antaño eran jóvenes radicales, ahora crecieron y son adultos”, dice Zelenov, al explicar que el perfil del fanático ruso ya no es hoy el de un joven de clase baja obsesionado por la ropa deportiva, que va borracho y usa drogas. “Ahora muchos son de clase media, con buenos trabajos, vidas acomodadas, familias y una predilección por las artes marciales”, especifica.

Un escudo de papel 

Golpeado el Mundial de Rusia por la mala fama de sus grupos de animación violentos en un momento delicado, el Kremlin declaró el año pasado que está dispuesto a tomar medidas para controlar las acciones violentas de sus aficionados y asignó un agente del FSB (el servicio secreto sucesor del KGB) a cada uno de los 11 equipos que existen en Moscú.  

“Son agentes rusos que van de incógnito y que se ocupan de vigilarlos y hacer que cumplan con los reglamentos. Son de los servicios especiales rusos”, precisa Zelenov.

Vitaly, uno de los líderes de Gladiator Firm 96, corrobora esta información: “Todos nosotros hemos pasado por las comisarías y hemos firmado un papel para que no pase nada en el Mundial de Rusia. Si ocurre algo nos encarcelarían”, dice, y critica al presidente ruso por estas políticas que han puesto bajo la lupa a los Gladiator Firm 96 y a los aficionados de CSKA de Moscú.

“La razón de estas medidas es que, después de los incidentes de Marsella y Bilbao, hubo una gran discusión en el gobierno, y ahora el principal objetivo de las autoridades es que no se repitan esos enfrentamientos –advierte Zelenov–. Rusia quiere que el Mundial salga bien y sea agradable para todos, con lo cual es difícil que haya problemas con los hooligans rusos. No creo que ocurran hechos violentos, quizá sí alguna pelea por embriaguez, pero no enfrentamientos de grupos organizados. Saben que pueden terminar en la cárcel.”

La invasión de Marsella 

El punto de quiebre fue precisamente la final de la Eurocopa en Francia en el verano de 2016. El 10 de junio de ese año, aproximadamente 150 hooligans rusos descendieron por el puerto viejo de Marsella, moviéndose en bloque y atacando a todo hooligan británico que fue al partido entre Inglaterra y Rusia, según la reconstrucción de las autoridades francesas y británicas.

“Fue algo que nunca había visto antes”, dijo en ese entonces el capitán británico Steve Neill, de la policía de Northumbria, quien ese día apoyaba a los agentes franceses. “Eran operaciones de tipo comando perfectamente organizadas; los ingleses no tienen la estructura para enfrentar esas agresiones”, añadió el prefecto de policía de Marsella Laurent Nunez.

Seis meses después, en diciembre de 2016, la prensa rusa reportó un operativo con más de 100 agentes rusos con órdenes de allanamiento en decenas de viviendas de fanáticos radicales rusos. Después de esto, la justicia de ese país dictó alrededor de 200 órdenes de alejamiento de los estadios, mientras para otros fue decretada la prisión. Entre estos últimos estaba Alexéi Yerunov, el líder de los ultras del FC Lokomotiv, que ya había pasado unos meses en una cárcel francesa antes de regresar a Rusia.

El Kremlin tomó estas decisiones después de que el canal británico de televisión BBC emitió el reportaje especial El ejército de los hooligans de Rusia, en el que uno de los líderes de Gladiator Firm 96 declaró que ellos eran el verdadero ejército de tierra de Putin, lo que, según los observadores rusos, provocó una reacción de pánico en la administración federal. 

“Después de lo de Francia el gobierno dejó de apoyarnos”, confirmó al diario The Guardian Alexander Shprygin, el líder de la Asociación de Seguidores (VOB) de la selección rusa, según un reportaje publicado el pasado 24 de abril. Esto confirmó que los fanáticos más intransigentes consideran una traición las medidas aplicadas por el gobierno de Putin.

“El gobierno no nos dio facilidades para comprar los boletos del Mundial –afirma Vitaly–. Además, (el torneo internacional) es un gasto de dinero y materias primas, todo con los impuestos de los rusos. Los pensionistas que ganan una miseria tienen que ver cómo malgastan su dinero”, lamenta, y aclara que, incluso, desconoce contra cuáles selecciones nacionales jugará Rusia.

Pero los fanáticos no sólo responsabilizan al gobierno de su situación. “La prensa habla mal de nosotros para vender más ejemplares. Es una manipulación. Nos dibujan como los malos de la película. Llevamos tatuajes por todo el cuerpo, sí. La gente puede pensar que somos expresidiarios y que nuestros cánticos son de odio, pero no es así. No somos expresidiarios ni racistas”, insiste el hooligan ruso. 

“No somos nazis. El pueblo ruso ha sufrido mucho desde los tiempos de la Revolución. El (supuesto) genocidio de los rusos en repúblicas exsoviéticas es un proceso que nos afecta mucho. Esa es la única ideología que seguimos”, proclama Vitaly.

Sin embargo, reconoce que entre sus principales adversarios están los grupos violentos de Polonia y Ucrania. Las relaciones de Rusia con ambos países han empeorado las relaciones desde la anexión rusa de Crimea en 2014.

Espaldarazo oficial  

Los observadores más críticos siguen considerando que existe una conexión entre las autoridades rusas y las barras bravas de su país.

Esto se debe a casos como el del propio Shprygin, el directivo de VOB que también fue expulsado de Francia por los incidentes de Marsella, quien es un antiguo ultra del equipo Dínamo de Moscú, conocido por sus vínculos con el ultranacionalista y vicepresidente de la Duma, Igor Lebedev, de quien es asistente parlamentario.

“Los chicos defendieron el honor del país y no permitieron que los ingleses profanaran su patria, debemos entenderlos. Bien hecho, muchachos”, afirmó Lebedev, al avalar la versión de que algunos cánticos contra la tenista rusa Maria Sharapova desencadenaron la ira de los aficionados rusos en Marsella y, acto seguido, los enfrentamientos con sus rivales ingleses.

Lebedev no fue el único que los respaldó. “La policía francesa está más acostumbrada a los desfiles gay y se vio superada por nuestros chicos”, llegó a decir Vladimir Markin, portavoz del Comité de Investigación Central, después de los incidentes de Marsella. “¿Cómo pudieron 200 rusos derrotar a miles de ingleses?”, ironizó el mismo Putin.