Un volcán de negligencia

Luego de que el Volcán de Fuego hizo una primera erupción la mañana del domingo 3, la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres –entidad guatemalteca responsable de atender este tipo de fenómenos– consideró que no era necesario evacuar a la población de los alrededores. Cuando, horas después, ocurrió la segunda erupción, fue demasiado tarde: la lava enterró varias comunidades, con un saldo, hasta el momento, de 99 muertos, 197 desaparecidos y 1.7 millones de afectados. 

San Miguel Los Lotes, Guatemala.- Dos días después de la erupción del Volcán de Fuego, los rescatistas en esta comunidad, una de las más afectadas por la catástrofe, siguen buscando sobrevivientes. 

La erupción, ocurrida el domingo 3 ha dejado hasta la semana pasada 99 muertos y casi 200 desaparecidos, entre ellos 36 niños. Con cada hora que pasa, se teme que el número total de muertes sea mucho mayor. Los rescatistas inician sus labores a las seis de la mañana y las detienen al anochecer, cuando el trabajo se vuelve demasiado peligroso. Las calles están cubiertas por una densa capa de ceniza caliente, que despide un olor acre, sulfuroso, y que obliga a portar mascarillas a quienes ingresan a la zona.

Cinco rescatistas levantan una enorme nube de ceniza al descargar sus palas contra el techo de lámina de una vivienda totalmente soterrada. Después de unos 10 minutos logran perforar el techo y un hombre se amarra una cuerda a la cintura para que sus compañeros lo ayuden a bajar por el agujero a inspeccionar el interior de la casa.

En esta aldea hallaron, el lunes 4, los cadáveres de cinco niños apiñados en la esquina de una casa, como si hubieran tratado de resguardarse y protegerse entre ellos ante la avalancha de lodo y material incandescente que se les venía encima. En lo que va de la mañana, el único sobreviviente que han encontrado es un gato con las patas quemadas, que maúlla incesantemente y será trasladado a un albergue para animales.

El joven agricultor Luis Porras Monroy deambula por la aldea en busca de alguien que pueda darle noticias de sus padres, Estela y César, de 47 y 55 años, respectivamente, quienes quedaron atrapados en La Trinidad, en el municipio de Siquinalá, a donde todavía no han llegado los rescatistas.

“El domingo al mediodía hablé con ellos a la una de la tarde. Ya había pasado (la primera de las dos erupciones) y decían que estaban bien pero que no tenían luz. Como allí es un cerro, la gente llegó a albergarse con ellos. Hay unas 3 mil personas atrapadas en esa comunidad”, dice a Proceso.

Del volcán, que se vislumbra en el horizonte, siguen emanando nubes de humo negro y ráfagas de aire caliente. El peligro de una nueva erupción es inminente y a las 14:25 horas del martes 5 los rescatistas se ven obligados a evacuar el área a causa de un nuevo desprendimiento de flujo piroclástico (rocas calientes mezcladas con gases). 

Sobrevivientes

Eufenia García, de 48 años, vivía en una pequeña casa en San Miguel Los Lotes, idéntica a la vivienda a la cual los rescatistas están tratando de acceder perforando el techo. Con los ojos bañados en lágrimas, cuenta que perdió 20 familiares en la avalancha de lodo y ceniza que destruyó la comunidad, entre ellos a sus dos hijas, de 23 y 29 años, y a un nieto de un año y cuatro meses.

“Estaba en la tienda cuando vi que toda la gente venía corriendo. Mis sobrinos se encerraron en la casa de mi mamá. Yo no quería huir pero mi marido me jalaba”, narra García, quien se dedica a la venta de frutas en un mercado local.

Colocando los brazos como si estuviera meciendo a un bebé, recuerda cómo su hija mayor cargaba a su pequeño hijo, cuando ella salió a la tienda. “Mi hija se quedó con los brazos así porque lo cargaba con un rebozo celeste”, cuenta García, una de las sobrevivientes que se encuentran en un albergue temporal en la iglesia Nuestra Señora de Guadalupe, en la ciudad de Escuintla.

Los rescatistas sólo han hallado a uno de sus familiares entre los escombros: su hermano, Pedro García Chinchilla, quien fue enterrado la mañana del martes 5. 

“Toda mi familia está muerta. Me quedé sin nada y ya nada me importa porque mi familia ya no existe”, dice García con la mirada absorta. 

Su voz apenas es audible entre tanto ruido. En el albergue están hacinadas decenas de familias, la mayoría de ellas con niños pequeños, quienes duermen en colchones de hulespuma.

Los voluntarios que han llegado al recinto no se dan abasto: unos reparten raciones de comida caliente en platos dese­chables, ropa y juguetes, mientras otros anotan los nombres de los desaparecidos. 

Otros más, como el estudiante de derecho Aldo García Franco, de 35 años, velan por el bienestar de los niños. Arrodillado sobre un colchón, Aldo vigila a un niño de dos años que tiene un pie enyesado, mientras su madre se encuentra en la fila para recibir un plato de comida. 

“Los niños están sufriendo bastante. Aquí hay un niño que está quebradito”, afirma García.

Afuera, en el patio del templo, algunos voluntarios tratan de amenizarles la tarde a los pequeños con juegos y manualidades. Sentados en un círculo, se ríen de los chistes de un payaso y colorean dibujos. 

Un niño de unos 10 años se acerca y pregunta, ansioso, si sé donde está su abuelita, porque la está buscando. Entre la confusión que generó la evacuación súbita de las aldeas cercanas al volcán, varios menores han quedado separados de sus padres.

Una bebé está en el hospital regional de Escuintla, mientras la Procuraduría General de la Nación verifica la identidad de una mujer que afirma ser la abuela de la menor y que acudió al hospital cuando vio su foto en los noticiarios. El padre de la bebé apareció en otro hospital, con quemaduras de tercer grado, y la madre sigue desaparecida. 

Entre tantas historias, la de los hermanos Ángela y Axel Llamas tuvo un final esperanzador. Su madre los encontró en el hospital regional de Escuintla y los tres fueron trasladados a un albergue en Quetzaltenango.

En el filo de la navaja

El saldo mortal de la erupción del Volcán de Fuego ha sido particularmente elevado, pues ocurrió cerca de una zona densamente poblada. 

Según los testimonios de los sobrevivientes, las faldas del volcán comenzaron a poblarse hace unos 30 o 40 años, cuando familias campesinas se asentaron allí atraídas por el bajo costo de los terrenos. Así se fundaron San Miguel Los Lotes, El Rodeo y otras que se han convertido en aldeas fantasma luego de que la población fue desalojada por el ejército. 

Eufenia García había vivido en San Miguel Los Lotes desde hace 32 años y Amanda Santizo, de 52 años, quien fue evacuada de Santa Rosa, afirma que había vivido allí desde los ocho años. 

“Nosotros venimos de San Pedro Yepocapa, Chimaltenango. Mi papá era campesino y compró allí porque los terrenos estaban baratos”, explica Santizo a la reportera. 

Ambas mujeres describen sus comunidades como lugares tranquilos donde todos los vecinos se conocían. Aunque sabían que el Volcán de Fuego estaba activo, estaban acostumbradas a ver una nube sobre la cima del volcán y no temían una erupción. 

“Como el bendito volcán siempre se pone oscuro, pensábamos que sólo venía un poco de arena; pero cuando vi seria la cosa salí a la calle”, afirma Julia González, de 54 años, evacuada de San Miguel Los Lotes. 

A la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred) se le critica que tras la primera erupción, la mañana del domingo 3, y de menor intensidad que la segunda, no haya considerado necesario desalojar estas comunidades. 

A pocas horas de la segunda erupción, la que enterró San Miguel Los Lotes y El Rodeo, la Conred eliminó de sus redes sociales la afirmación inicial de que una evacuación no era necesaria.

Diputados opositores en el Congreso afirman que investigarán a las autoridades responsables de desalojar a la población para establecer si hubo negligencia. 

La respuesta del presidente Jimmy Morales a la catástrofe también ha sido cuestionada. La noche del domingo 3 afirmó que el Estado no tenía los recursos necesarios para enfrentar el desastre natural, lo cual fue desmentido por los medios. Y el lunes 4, en una conferencia de prensa en el municipio de San Juan Alotenango, Sacatepéquez, donde ocho de las personas que perecieron durante la erupción eran veladas por sus familiares, dejó entrever que víctimas como Eufenia García y Amanda Santizo eran responsables de su suerte por haberse asentado en una zona de alto riesgo.

“Aprovechamos para plantearles a todas las personas que viven en zonas de alto riesgo que por favor nos ayuden a poder prevenir este tipo de situaciones. Hay muchas viviendas cercanas a ríos, cercanas a barrancos, en laderas, necesitamos el apoyo de todos”, dijo Morales. 

Pero expertos en pobreza y desarrollo señalan que las aseveraciones de Morales son simplistas e ignoran problemas estructurales, como la pobreza, la desigualdad y la falta de acceso a tierras, que impulsan a las familias campesinas a asentarse en lugares de alto riesgo, como las faldas de un volcán, barrancos y laderas.

Según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de 2014, 52.9% de la población de Escuintla, el departamento donde está el Volcán de Fuego, vive en condiciones de pobreza. 

“Muchas personas que trabajan en fincas se ven obligadas a migrar por la falta de oportunidades y por el problema de la tenencia de la tierra. No cuentan con títulos de propiedad ni son sujetos a crédito, entre otras limitantes”, explica a Proceso Víctor Velásquez, director de Hábitat para la Humanidad, organismo internacional no gubernamental que trabaja en la construcción de vivienda social. “Estas personas viven en laderas o lugares cercanos a los ríos porque no pueden tener un mejor acceso a tierra y quedan vulnerables ante situaciones como éstas”.

Las autoridades municipales son las encargadas de elaborar planes de ordenamiento territorial que identifiquen las zonas de riesgo e impidan la venta de terrenos en esos lugares, mientras que el Fondo Guatemalteco de Vivienda (Foguavi) es el encargado de proporcionar créditos que les permitan a los más pobres adquirir una vivienda digna y segura.

Sin embargo, Velásquez señala que tanto el ordenamiento territorial como la necesidad de resolver el déficit habitacional en el país siempre han estado “fuera de la agenda política”.

El déficit de vivienda en Guatemala, el país latinoamericano con más pobreza crónica, es de 1.2 millones, según estadísticas del Foguavi. El 39% de los más pobres carece de algún tipo de vivienda y 61% habita casas sin servicios básicos, como agua o luz, o localizadas en zonas de alto riesgo. 

Muchos de los sobrevivientes del desastre han pasado de la precariedad habitacional al desamparo. 

“No tenemos a dónde ir, nos quedamos sin casa”, afirma Julio López, de 23 años, un jornalero que perdió a seis familiares cuando su vivienda quedó sepultada por la avalancha en San Miguel Los Lotes. “Nos quedamos sin nada”, repite con la voz entrecortada por el llanto.