Petro, López Obrador y el nuevo progresismo latinoamericano

Gustavo Petro, exmilitante del M-19 y candidato presidencial de la izquierda colombiana –y quien podría dar una sorpresa el domingo 17–, habla de él y de Andrés Manuel López Obrador como los representantes del progresismo latinoamericano; es decir, una izquierda alejada de los anacronismos de la Guerra Fría y más enfocada en el combate al cambio climático, “la lucha entre las políticas de la vida, que apuntan a proteger nuestros recursos, y las políticas de la muerte, que son depredadoras”. Y abunda en la necesidad urgente de atacar el problema del narcotráfico con políticas que no sean dictadas desde Washington.

BOGOTÁ.- El candidato presidencial colombiano Gustavo Petro cree en la posibilidad de que el progresismo latinoamericano ligue dos triunfos en las próximas semanas –el suyo en Colombia y el de Andrés Manuel López Obrador en México– y asegura que “un escenario de ese tipo tendría un profundo impacto” en la región.

Pero, afirma Petro en entrevista, más allá de los resultados electorales, el sólo hecho de que López Obrador tenga “tanta fuerza” en México y él en Colombia “nos hace pensar en que ya está en construcción un eje del nuevo progresismo latinoamericano”.

Para el candidato presidencial de Colombia Humana, las relaciones entre su país y México son “fundamentales” para la región, porque en ambos países se expresa con claridad “el fracaso de la política antidrogas de Estados Unidos, que no les ha servido ni a ellos ni a nosotros”.

Por ello, el exguerrillero del M-19 y exalcalde de Bogotá propone “una discusión continental seria para analizar las razones de ese fracaso” y perfilar una estrategia antidrogas independiente de Washington.

Esto, agrega, “es vital para nuestros países, porque si no lo hacemos así, a Colombia y a México se los va a llevar la guerra antidrogas”.

Considera que se requiere “una nacionalización de la política antidrogas con un objetivo: reducir el poder de las mafias”. Y en ese sentido, alerta que la creciente presencia de los cárteles mexicanos en Colombia es un factor desestabilizador porque “con su poder económico están financiado a los ejércitos privados del narcotráfico, los están armando muy bien”.

Según Petro, los cárteles mexicanos “están armando a los actores de la nueva guerra que está surgiendo en Colombia” después de la firma de la paz con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, ahora convertida en Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC). 

Por eso, señala el exsenador y economista con estudios de posgrado en Bélgica, “la relación entre México y Colombia tiene que volverse muy estrecha y de mucha colaboración”. Y “ojalá que el reforzamiento de esta relación ocurra con López Obrador como presidente de México y con Petro como presidente de Colombia”, agrega.

Cuesta arriba

En los comicios del pasado 27 de mayo, Petro fue el segundo candidato con mayor respaldo, con 25.08% de los votos. El derechista Iván Duque, “delfín” del expresidente Álvaro Uribe, fue el puntero, con 39.14% de los sufragios. Como ninguno de los dos obtuvo la mitad más uno de los votos, ambos pasaron a la segunda vuelta, que se celebrará el próximo domingo 17. 

Con eso, el candidato de Colombia Humana hizo historia al convertirse en el primer aspirante izquierdista en pasar a la segunda ronda.

Según los sondeos, en la segunda vuelta Duque obtendría entre 52% y 55% de los votos, mientras que Petro se quedaría con entre 34% y 35%.

El candidato progresista, considerado por parte del país como un político de “extrema izquierda”, aunque él no cree en esa geometría política, espera remontar esa desventaja atrayendo a los electores que piensan votar en blanco (14%, según la firma YanHaas) y a los indecisos.

“Mi objetivo es ganar y hay una ciudadanía independiente en Colombia que se está expresando en ese sentido”, señala Petro, quien en los últimos días ha hecho guiños a los votantes de centro, como descartar la convocatoria a una Asamblea Constituyente, si gana los comicios.

Pese al nuevo discurso, más conciliador y moderado, que ha adoptado en la recta final de la campaña, el candidato de Colombia Humana no tiene, como Duque, el respaldo de los grupos económicos del país, ni los mismos espacios en los medios que tiene el derechista. Sus opositores lo acusan de que expropiará bienes de empresarios y que llevará a Colombia a un modelo económico y político autoritario, similar al de Venezuela.

“No le voy a hacer la guerra a los magnates ni los voy a expropiar, pero deben entender que el país no puede subordinarse a ellos”, señala Petro. 

Su condición de exguerrillero hace que seguidores de Duque lo tachen de “asesino y terrorista”, aunque él asegura que su trabajo en la insurgencia del M-19 –que firmó la paz con el gobierno en 1990– fue político y nunca empuñó un fusil.

También le critican su gestión como alcalde de Bogotá (2012-2015) y ponen en duda su capacidad para ejecutar las ideas que con tanta elocuencia y poderosa oratoria suele exponer. 

Él defiende sus buenos resultados en Bogotá en materia social y destaca que su administración estuvo exenta de escándalos de corrupción. Durante su gobierno, además, se redujo la criminalidad en la capital del país. 

Como representante (diputado) y senador, cargos que ocupó entre 1998 y 2006, Petro se caracterizó por denunciar casos de corrupción de altos funcionarios –sin importar que fueran de su propio partido– y por destapar los nexos entre paramilitares y cercanos colaboradores del entonces presidente Uribe.

Su historial de denuncias contra poderosos personajes de las élites políticas y económicas colombianas hacen que Petro sea visto por estudiosos de la política como el candidato del cambio.

Juan Carlos Rodríguez Raga, profesor de la Universidad de los Andes, comentó en su cuenta de Twitter: “Me parece que nunca antes en la historia reciente, quienes creen que el status quo político es ineficaz, clientelista y corrupto, habían tenido una oportunidad tan clara de cambiarlo”.

En el peor de los casos, agregó, Petro “sería un mal gobernante”. 

La izquierda fósil

Según Petro, quien busca erradicar la pobreza extrema y reducir la inequidad en el campo para cerrarle el camino a la violencia, el nuevo progresismo que se abre paso en Latinoamérica está llamado a poner el acento en el desarrollo humano, la protección del medio ambiente, la paz y la erradicación de la violencia.

“Esta corriente progresista”, dice, “viene en ascenso en México, con López Obrador; en Colombia, con el movimiento Colombia Humana (que lo postula a la Presidencia), y en países como Perú, con Verónika Mendoza (excandidata presidencial y líder de Nuevo Perú) y Brasil (donde el exmandatario socialista Lula da Silva encabeza los sondeos, pese a estar detenido acusado de corrupción)”.

Es, afirma, un eje que pasa por la Ciudad de México, Bogotá, Brasilia y Lima. “Sería un progresismo que daría un nuevo rostro a Latinoamérica”, asegura.

Y señala que el sello de esa corriente política, al margen de que sus líderes lleguen a ser presidentes de sus países, es “su apuesta por la vida, no por la muerte, como ha venido ocurriendo hasta ahora”.

Petro, de 58 años, sostiene que el núcleo de su programa de gobierno es la lucha contra el cambio climático: “Esa es la principal estrategia de desarrollo y eso significa que ya no podemos ver el mundo y nuestra región en el esquema de izquierdas y derechas, como en el siglo XX, sino en la lucha entre las políticas de la vida, que apuntan a proteger nuestros recursos, y las políticas de la muerte, que son depredadoras”. 

Para Petro, el nuevo progresismo latinoamericano tiene diferencias muy claras con la izquierda que llegó al poder en la región la década pasada: “Rompe con la división del trabajo que nos ha asignado el papel de simples exportadores de materias primas. Significa, además de la protección de nuestros recursos naturales, ser autónomos, independientes de las fuerzas del mercado en el mundo y tener una base productiva sustentada en el conocimiento, en el saber y en la educación”.

Esto, dice, “es algo que ya hicieron Corea del Sur y los países del sudeste asiático, incluida China”.

De acuerdo con el candidato de Colombia Humana, la izquierda tradicional latinoamericana “se mueve en otra dirección, en la dirección de lo que yo llamo el progresismo fósil, que se basa en la explotación de recursos naturales como petróleo, carbón, gas natural y todo tipo de materias primas”. 

Dice que en los últimos 15 años, con el denominado “giro a la izquierda” en la región, los gobiernos de esa corriente política aprovecharon el boom de los precios de las materias primas –que se fueron al alza por el acelerado crecimiento chino– y lograron “algunos éxitos sociales sobre esa base económica”.

Pero se trató, afirma Petro, de “un progresismo fósil que, al estar basado en la exportación de combustibles fósiles, no era sostenible”. 

Con la “crisis neoliberal” de 2008-2009 y la desaceleración del crecimiento chino cayeron los precios del petróleo y las materias primas “y esa circunstancia económica demostró la inviabilidad de un proceso de disminución de la pobreza basado en la explotación indiscriminada de recursos primarios”, señala.

Agrega que “el caso más claro es el de Venezuela, un país monodependiente del petróleo que vive una grave crisis económica, política y social”.

Petro sostiene que la caída de los precios del petróleo –un producto que es fuente de 96% de las divisas venezolanas– dejó al gobierno de Nicolás Maduro “sin capacidad de maniobra, y eso lo llevó a cerrar los espacios democráticos y a violar sistemáticamente los derechos y garantías de sus ciudadanos”.

La Venezuela de Maduro, señala, “es el más claro ejemplo de la crisis del progresismo fósil”. Y agrega que el camino hacia un nuevo progresismo, con políticas a favor de la vida, “ya comienza a percibirse en México con López Obrador, y en Colombia, con mi programa de gobierno”.

Petro, quien no conoce personalmente a López Obrador pero sí a políticos cercanos al candidato presidencial de Morena, como Marcelo Ebrard, asegura que “el nuevo progresismo latinoamericano es una salida a lo que hoy nos parece un callejón sin salida, como es la economía fósil”.

En Colombia, explica, “lo que proponemos es una política que nos separe progresivamente del petróleo y el carbón y que nos lleve hacia una economía productiva, hacia energías limpias y hacia la reactivación del sector agrícola, donde está el origen de nuestro conflicto armado”.

La paz completa 

Petro es el candidato que hoy garantiza el cumplimiento de los acuerdos de paz con las FARC, los cuales Duque quiere modificar para impedir la participación de los exjefes insurgentes en política.

Una Presidencia con Duque, asegura, tendría a Uribe como el poder detrás del trono “y esto no permitiría una construcción democrática del país ni la construcción de la paz”. 

Uribe, quien enfrenta decenas de denuncias en las cortes colombianas y en el Congreso por presuntos nexos con grupos paramilitares, fue el más enconado adversario de los acuerdos de paz y considera a Petro el mayor exponente colombiano del “castrochavismo”. 

El aspirante presidencial de Colombia Humana dice que el “antipetrismo” de Uribe es explicable: “En mis debates como congresista –recuerda– documenté y denuncié los nexos entre ejércitos privados del narcotráfico y la clase política tradicional del país, cuyo máximo exponente terminó siendo el gobierno de Uribe. Él fue quien generó, a partir de las Convivir (autodefensas permitidas por el gobierno) los ejércitos privados del narcotráfico. Y llegaron al poder y tienen mucho poder”.

Considera que, pese a que el acuerdo de paz con las FARC ha logrado reducir la criminalidad en Colombia, el fenómeno de la violencia persiste y tiene un nuevo rostro: “Hoy, los campos de batalla de Colombia no están cruzados por la disputa ideológica de la Guerra Fría. No tenemos guerrillas revolucionarias contra un Estado oligárquico, sino unas guerras mafiosas con un ingrediente que no teníamos antes: la fuerte presencia de los cárteles mexicanos de la droga”.

–¿Esta presencia es un problema de seguridad nacional para Colombia?

–Absolutamente. Los factores de poder de las mafias en Colombia cada vez son más mexicanos. No sólo por la enorme capacidad que tienen de financiar a sus propios ejércitos en Colombia, sino porque, al contrario de lo que ocurría antes, ahora los cárteles mexicanos enseñan a los colombianos las terminologías de muerte que han aprendido en los últimos años. Esto se traduce en una violencia parecida a la que vivimos en nuestras peores épocas.

Petro señala que en el litoral Pacífico de Colombia, la zona de mayor exportación de cocaína en el mundo, los cárteles de Sinaloa y Los Zetas tienen una gran presencia y estructuras armadas a su servicio, como la que comanda en la suroccidental zona de Tumaco el exguerrillero de las FARC Walter Patricio Artízala, Guacho. 

Éste, dice, “es un nuevo tipo de conflicto, una nueva guerra sobre la cual no tenemos experiencia y tenemos que aprender”. 

Según Petro, la pobreza, los retrasos en la aplicación de los acuerdos de paz con las FARC –en particular en los programas de inserción de los excombatientes a la vida productiva– y el asesinato de exguerrilleros y líderes sociales por parte de grupos neoparamilitares constituyen “un caldo de cultivo propicio” para el accionar de los cárteles mexicanos. 

“Enfrentar esto en el marco de una relación muy cercana con México es una prioridad para nosotros”, afirma.