“Godard, amor mío”

De rancio abolengo cultural, Anne Wiazemsky, nieta del premio Nobel de Literatura francés François Mauriac, hija de un príncipe ruso emigrado, actriz de Robert Bresson (Al azar Baltazar, 1966), se casó con Jean Luc Godard.

Éste la dirigió en La chinoise (1967); convertida en escritora, la princesa publicó, en 2015, Un año después (Un an après), libro autobiográfico donde cuenta la historia de su corto matrimonio con el aclamado director, el rodaje de la película que hicieron juntos y las manifestaciones del 68 en París.

La cinta, descalificada por las autoridades chinas como arte decadente, desata una crisis emocional e ideológica en el autor de Pierrot le fou.

Godard, amor mío (Le redoutable, Francia, 2017) es una adaptación libre sobre este episodio que dirige Michel Hazanavicius; en ese momento la actriz tiene apenas 20 años y Godard, a sus 37, convencido de que el cine debe fungir como arma para la revolución, comienza su etapa de militante maoísta, reniega de todo el cine burgués (con excepción de Jerry Lewis y los hermanos Marx) al grado de descalificar su propia obra por carecer aún de ímpetu crítico. El director de Sin aliento (1960) participa en las manifestaciones, acude a los mítines de la Sorbona y apoya el cierre del Festival de Cannes en mayo del 68.

Pero, ¡ay!, Monsieur Godard (Louis Garrel), genio de la Nueva Ola Francesa, cineasta indisociable del arte contemporáneo, se muestra odioso con su mujer y amigos, pedante con sus admiradores, injurioso con otros directores, ­Bertolucci entre ellos, sumiso con los estudiantes del movimiento y doctrinario como artista mientras intenta disolver la noción de autor con el grupo Dziga Vertov, con quien realiza obras colectivas.

Louis Garrel imita de Godard el acento suizo, sus tics, la relación de objeto materno que parece tener hacia sus gruesos lentes, los arranques de celos, hasta el caprichoso intento de suicidio; suena a caricatura, sobre todo si se piensa que el director vive aún y a sus 87 años sigue sorprendiendo a sus admiradores. Pero el actor logra construir su propio personaje, un Godard que existe para la película, que exaspera y divierte con sus berrinches.

Hazanavicius incorpora el estilo y la técnica de Godard, dislocación entre diálogo e imagen, montajes con letreros, el sistema de la imagen (mental y objetiva) que el director de El desprecio (1963) articula junto con sonidos y diálogos que funcionan más como imágenes que como conceptos; en un diálogo doméstico entre Anne y Godard, ambos afirman que nunca trabajarían para un director que los haga desnudarse, todo mientras Hazanavicius los muestra desnudos. Los incondicionales de Godard pueden dormir tranquilos, el ícono sigue en el altar.

Bajo el fresco de Godard, amor mío, pintado a manera de collage con escenas de La chinoise, avalanchas de protestas de estudiantes e intelectuales, sermones políticos del cineasta, el espectador asiste al derrumbe de un artista frente a su joven esposa, Anne Wiazemsky (Stacy Martin), quien va perdiendo el respeto y el amor por el hombre que la había deslumbrado. El Godard de esta comedia de humor negro se impone a sí mismo una doctrina a contrapelo de cualquier tendencia creativa que no despierte la conciencia de la clase trabajadora y obligue a los intelectuales a apoyar el cambio; el resultado es el de un personaje atormentado, más cerca de Woody Allen que del verdadero Godard.