El desprecio por las regiones

El centralismo, esa maldición de México desde su más remota fundación, creó en el imaginario nacional la idea de que el taltoani, el virrey o el presidente es una especie de semidiós que puede resolver los problemas de todos. 

Esta idea se ha potenciado en la ilusión del próximo proceso electoral. Pese a que estas elecciones serán los más grandes que haya vivido el país, pese también a que el presidente ya no tiene el control de otras épocas, nada ha acaparado más la atención que la elección presidencial. 

Bajo ese imaginario, las regiones sólo parecen existir como foros –Tijuana y Mérida– para el talk show de los presidenciables. Se cree que desde la Presidencia pueden resolverse los graves problemas que padecen las regiones y quien gane o pierda en ellas es irrelevante. De allí que ni Andrés Manuel ni Morena hayan luchado lo suficiente contra el fraude en las elecciones del Estado de México, y que Por México al Frente le haya entregado San Luis Potosí y Morelos a la peor ralea del PRD. Los presidenciables y, con ellos, buena parte de la nación, parecen pensar que en el centro del país se encuentra la salvación, y fuera de él lo premoderno, que sólo importa como un reservorio de votos para ganar la Presidencia.

Así, de la misma forma en que el centralismo y el presidencialismo continúan ocupando el imaginario social y político como el lugar privilegiado de un cambio, las regiones siguen pensándose no como formas necesarias de buenos gobiernos, sino como cacicazgos, en el sentido de autoridades ilegítimas, o cuotas de poder partidistas que no afectan la vida de la nación. Esta lógica priista dio seres como Gonzalo N. Santos en San Luis Potosí y Tomás Garrido Canabal en Tabasco. 

Hoy esa práctica, al igual que la del presidencialismo, continúa. Sólo que mientras el presidencialismo se ha debilitado y funge como un cacicazgo más grande, los caciques de las regiones se volvieron capos. Es el caso de los Duarte o el de los Moreira. Nadie osa detenerlos, hasta que por azar caen en desgracia. Mientras tanto, señores de vidas y territorios, trabajan, al amparo del desprecio y del olvido del centralismo, en el control político mediante la descomposición de sus regiones. Los Gallardo, en San Luis Potosí, o Graco Ramírez en Morelos, son ejemplos de lo que ocurre en gran parte del país. Me referiré al segundo.

Graco es una figura del pasado priista. Pupilo de Echeverría, disfrazado de izquierdista, ha sido un hombre que ha utilizado las mejores causas de la izquierda para enriquecerse y ascender en la vida pública. Tabasqueño, sin convicciones políticas, pero obnubilado por el poder y el dinero, se instaló en Morelos cobijado por el PRD con la única finalidad de ser algún día gobernador. Utilizando la cultura política en la que se crió –la mentira, el travestismo, el porrismo, la coacción y la corrupción–, se fue posicionando en la vida pública del estado. El hartazgo ciudadano por el fracaso de los últimos tres gobiernos (el del priista Jorge Carrillo Olea –a quien, hay que reconocerlo, Graco enfrentó con valor, pero por las peores razones– y el de los panistas Sergio Estrada Cajigal y Marco Antonio Adame), que sumieron a Morelos en la corrupción, y el prestigio de López Obrador, le dieron por fin la gubernatura. 

Ya en ella utilizó el poder para imponerse. Lastimó a los pueblos creando megaproyectos, controló, mediante prebendas y derrama de dinero, al Congreso y la prensa, y se apoderó de la policía con el Mando Único, sin lograr poner fin, como prometió, a la violencia. Por el contrario, el crimen y la violación de los derechos humanos crecieron: durante su gobierno se crearon las fosas clandestinas de Tetelcingo, donde es posible hablar de desapariciones forzadas. Utilizó tanto el estado de derecho como el hostigamiento para perseguir a sus críticos más duros, y el erario y el porrismo para someter lo mismo a la Universidad Autónoma de Morelos –cosa que logró– que a los municipios. Incrementó desproporcionadamente la deuda pública, sin mejora alguna para el estado, y colocó a sus parientes en puestos claves de gobierno. Señor del estado, impulsa ahora a su hijastro Rodrigo Gayosso –un “mirrey” sin atributos– a la gubernatura por el PRD. 

Pese a que toda su gestión apunta al fracaso de esa sucesión, Graco, sin control alguno, continúa utilizando su poder caciquil y sus prácticas priistas ahora al servicio de un fraude electoral, al grado de intentar asfixiar al Instituto Morelense de Procesos Electorales y Participación Ciudadana (Impepac) y al Tribunal Estatal Electoral (TEE), recortándole su presupuesto de operación en más del 50% vía el Congreso. La falta de dinero hará que no puedan colocarse todas las casillas destinadas al proceso electoral y que el TEE no pueda dictaminar a tiempo los recursos de impugnación. Con ello, Graco no sólo apuesta a mantener su poder en el estado, reinando detrás de un trono ilegítimo, sino también, si es necesario, haciendo fracasar la elección. 

Esa es la situación de gran parte de las regiones de México. Abandonadas a estas prácticas del pasado cada vez más degradadas, nada augura una salida para el país. Mientras sigamos pensando que el presidencialismo es la panacea política y las regiones sitios sin importancia que pueden ser gestionados por capos, mientras no construyamos un nuevo pacto social México seguirá su infernal descomposición.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.