Mucho show, poca sustancia

Hace pocos meses los presidentes de Estados Unidos y de Corea del Norte se amenazaban con la destrucción nuclear mutua. Ahora, el martes 12 ambos se reunieron amigablemente en Singapur, estrecharon las manos y se tomaron la foto. La esperada cumbre, sin embargo, fue calificada de fiasco y los acuerdos a los que llegaron fueron “decepcionantes” para algunos analistas. Todo se redujo a una declaración de buenos deseos y el desarme norcoreano, cacareado por Donald Trump como un logro personal, estaba establecido en acuerdos previos con otros países. Sin embargo, la reunión de la semana pasada hace pensar que los días del beligerante antagonismo Pyongyang-Washington quedaron atrás.

Sentosa, Singapur.- Ocurrió a las 09:03 horas de la mañana soleada del martes 12 en el hotel Capella, en esta isla. Desde la izquierda se acercó Kim Jong-un con tranco marcial y traje tradicional coreano. Desde la derecha caminaba Donald Trump con la sobriedad de las citas con la historia, en traje oscuro y corbata. En el fondo se alternaban las banderas de Corea del Norte y de Estados Unidos, compartiendo la variedad cromática (blanco, azul y rojo) y subrayando el plano de igualdad que reclamaba Pyongyang. 

Kim y Trump estrecharon las manos con rigor diplomático, primero, y relajaron después la mueca con leves sonrisas. Es la foto que el mundo ha esperado durante décadas: une no sólo a dos naciones sin relaciones diplomáticas sino a los líderes que más han representado sus diferencias. Apenas seis meses atrás se cruzaban insultos: “hombre cohete” o “viejo chocho”.

La cumbre de todas las cumbres deparó el previsto espectáculo mediático, la foto que colmará el ego de ambos líderes y la temida vacuidad sustancial. Trump y Kim salieron de Singapur con un puñado de vagos compromisos y ningún documento que fiscalice su cumplimiento. No hubo rastro de la presunta magia negociadora del presidente estadunidense, aunque sí de sus hipérboles: tremendos logros, éxitos más allá de lo que nadie podía imaginar, documento sólido y extenso que asegurará la paz…

El documento “extenso” es medio folio con cuatro puntos sin garantías vinculadas. Ambas naciones establecerán nuevas relaciones, construirán la paz y se ayudarán en la búsqueda de cadáveres de soldados. Corea del Norte, además, “se compromete a trabajar en la desnuclearización completa de la península”. No incluye ninguna de las exigencias que los expertos reclamaban para que el acuerdo trascendiera de los buenos propósitos: ni la entrega de una lista pormenorizada de las armas e instalaciones nucleares norcoreanas ni la supervisión del desarme por inspectores internacionales ni un calendario con plazos concretos.

Ese compromiso norcoreano por desarmarse –que Trump clama como un logro personal– no es nuevo: estaba ya en los acuerdos de 1994 y 2005. También en la Declaración de Panmunjom de la cumbre intercoreana de abril. Seúl explicó entonces que la detallada hoja de ruta sería establecida en la reunión de Kim con Trump.

La “misión cumplida” que clamaba la Casa Blanca contrasta con la desolación de los expertos más reputados. Andrei Lankov, de la Universidad Kookmin, habló de un acuerdo de “valor prácticamente cero”. 

“Esperábamos que fuera un fiasco, pero es peor de lo que imaginábamos. Estados Unidos podría haber sacado serias concesiones y no lo ha hecho”, declaró Lankov a la publicación NKNews. 

Para Robert Kelly, profesor de la Universidad de Pusan, el acuerdo fue “más delgado” de lo temido. Bruce Klingner, exanalista de la CIA y ahora en la Fundación Heritage, lo calificó de “muy decepcionante”. “Cada uno de los cuatro puntos estaba en documentos previos, algunos redactados de forma más rotunda y amplia”, resumió en Twitter.

Expectativas a la baja

El acuerdo certifica el derrumbe de las expectativas con las que Trump accedió a ­reunirse con Kim sólo 45 minutos después de haber recibido la propuesta. Dio por segura la firma del desarme en un tuit y advirtió que se levantaría de la reunión si Pyongyang planteaba cualquier objeción a la fórmula de desnuclearización completa, inmediata e irrevocable (CVID). 

Semanas después rompió unilateralmente el acuerdo de desnuclearización con Irán en contra de toda la opinión mundial y a pesar de que los técnicos internacionales negaron ningún incumplimiento. Había sido firmado por Barack Obama y, en su opinión, era una chapuza llena de lagunas. Con Corea del Norte, aclaró, enseñaría cómo se cierran estos tratos. 

La insistencia de los expertos en que el desarme de un país no se completa en una mañana sino que requiere muchos años, lo forzó a rebajar de manera paulatina las expectativas sobre la cumbre. Los analistas opinan que su miedo al fracaso, tras haber planteado la reunión en términos de todo o nada, precipitó su temporal cancelación semanas atrás. Sus tozudas alusiones a la fórmula Libia (la desnuclearización de Gadafi provocó su derrocamiento y asesinato) y el empeño en dibujar a Corea del Norte como un enemigo que acudía rendido y humillado se entendieron como un sabotaje encubierto.

La cumbre fue presentada finalmente como la forja de relaciones de confianza. El entusiasmo había menguado mucho en la víspera, pero pocos imaginaban el desierto de garantías. Aquel acuerdo de Irán, calificado por Trump como “el peor de la historia”, tenía el blindaje de Fort Knox comparado con el de Singapur.

El texto parece redactado unilateralmente por Corea del Norte. Tampoco existen menciones al CVID ni a las violaciones de derechos humanos. Y en la posterior rueda de prensa, Trump anunció que terminará con las maniobras militares conjuntas con Corea del Sur en la península, que descomponen sin remedio a Pyongyang porque las ve como ensayos de invasión. La decisión sorprendió a Seúl, su principal aliado en la zona, que horas después revelaba que estaba intentando discernir qué significaban las palabras del presidente. 

Trump le ofreció a Kim en Singapur una foto que habían soñado sus antepasados y que le confiere pedigrí internacional, detendrá los ejercicios militares que Pyongyang había pedido durante décadas, se plantea retirar tropas de Corea del Sur y excluye cualquier garantía del acuerdo. A cambio ha recibido las etéreas promesas de que Corea del Norte se desembarazará en un futuro indeterminado de un arsenal que nadie fuera del país sabe en qué consiste. 

La portada de la publicación The Economist resume la cumbre: “Kim Jong Won”, en un juego de palabras que sustituye el nombre del dictador por “ganó”.

Peter Kuznick, historiador de la American University, preveía que Kim no entregaría su arsenal “a cambio de las promesas vacías de un hombre que acaba de revocar el tratado con Irán”. 

“Su palabra no vale ni el papel en el que está escrita. Pero está desesperado por una victoria en esto. Quiere un gran espectáculo. Ama ese debate estúpido sobre si merece el Nobel de la Paz. Está entusiasmado por la posibilidad de conseguir algo que ni Obama ni otros lograron”, señala en entrevista vía correo electrónico.

Diplomacia norcoreana

La cumbre sirvió para que Trump exhibiera sus dotes escénicas. Desde el primer momento se erigió en el maestro de ceremonias: señaló a Kim con un breve ademán cuándo empezar a andar, le mostró su flamante limusina y monopolizó el discurso ante la prensa. Sorprendió que el líder norcoreano, habitualmente rodeado de funcionarios afanados en reírle las gracias y apuntar febrilmente sus dictados, pareciera cohibido y empequeñecido. No había abierto la boca en toda la jornada cuando Trump le preguntó si tenía algo que añadir y sólo entonces, cuando tronó ese vozarrón profundo de ultratumba y mucho tabaco, recuperó cierta sensación de autoridad. 

Quizá la asunción del segundo plano fue la cortesía que en Asia se debe a los mayores (Trump le dobla la edad) o quizá rehusó pelear con un animal mediático imbatible. Sea lo que fuera, Trump le devolvió el favor definiendo su compañía como “un honor”. 

Las expectativas infladas que había aireado Washington sobre la cumbre justifican el veredicto generalizado de fracaso. Una mirada más larga permite un juicio más benevolente. Es un éxito si atendemos a que meses atrás los dos líderes de naciones atómicas se cruzaban inminentes promesas de destrucción masiva. 

Es un éxito que Corea del Norte declarase una moratoria de lanzamiento de misiles y de pruebas nucleares y que desmantelara su silo atómico. Es un éxito que Trump diera el paso al que sus predecesores no se atrevieron. Y es un éxito que durante la jornada forjaran una sintonía personal que dificultará el regreso del fragoroso antagonismo. 

Pero Singapur no resolvió la cuestión capital de si Corea del Norte está dispuesta a sacrificar el instrumento que ha permitido su supervivencia mientras desfilaban los cadáveres de dictadores hostiles a Occidente y en el que ha invertido 40 años. 

Las circunstancias personales permiten el optimismo. Kim Jong-un está en su treintena y la tradición dinástica sugiere que morirá en palacio. Es dudoso que quiera afrontar el resto de su vida como un proscrito global, encerrado en su país, peleado con todos y con la amenaza de un ataque militar. Parece más atractiva la alternativa de ejercer la tiranía dentro de límites tolerables por Occidente conservando su riqueza y poder. Su paseo nocturno por Singapur como turista y sus selfies con diplomáticos locales metaforizan esos anhelos de normalidad. 

También la economía influye. Kim llegó al poder aclarando que el bienestar de su pueblo era prioritario y sonó contracultural en la tradición nacional. Colocó el desarrollo económico en paralelo al del programa militar y se rodeó de reformistas que copiaron la fórmula china. Ha evitado el colapso que buscaban las sanciones y mejorado la calidad de vida de muchos norcoreanos. 

Pero algunos juzgan los progresos de demasiado lentos y el país ya no es impermeable a la entrada de devedés de contrabando que arruinan la versión del paraíso socialista. Un estudio que manejaba Pyongyang décadas atrás asentaba que el bloque soviético cayó cuando el pueblo se dio cuenta de que afuera se vivía mejor.

“Necesita inversión extranjera y que se levanten las sanciones para mejorar las condiciones de vida de su gente. Está en un punto crítico, tiene que hacer algo con la economía”, señalaba Kim Jiyoon, experta del Instituto Asan de Estudios Políticos, en un panel de analistas en Singapur. Pero para acometer esa apertura económica necesita de la tranquilidad que disfrutó China después de la germinal visita de Richard Nixon en 1972 y las promesas de un presidente tan volátil como Trump no bastan. 

Algunos expertos apuntan al compromiso multilateral para vencer el miedo norcoreano. “Las garantías de terceros países tranquilizarán a Kim Jong-un. La opción deseable es que participen los integrantes de las conversaciones a seis”, señaló Shawn Ho, investigador de la Escuela Internacional de Estudios Internacionales S. Rajaratnam. Hablaba de aquel proceso negociador entre ambas coreas, China, Rusia, Japón y Estados Unidos que la década pasada fracasó por los recelos generalizados.

El acuerdo demuestra que Corea del Norte seguirá su hoja de ruta sin atender a los empujones de Estados Unidos. El frenesí diplomático que desató Kim apelando al diálogo en su discurso de Año Nuevo descarta que esté acorralado: en los últimos meses se ha reunido dos veces con el presidente surcoreano Moon Jae-in, otras dos con el presidente chino Xi Jinping, ha cursado las invitaciones al presidente ruso Vladimir Putin y al sirio Bashar-al Asad y negocia con el premier japonés Shinzo Abe. 

El nuevo Kim es un hombre de Estado que defiende la paz, que no insulta ni amenaza con inminentes océanos de fuego, que contesta con cortesías a las asperezas de Trump hasta devolverlo a la mesa de negociaciones y comparte abrazos y paseos bucólicos con Moon. Cada reunión con un dignatario extranjero es una grieta más en el plan de la “máxima presión” que anuncia Trump si Pyongyang desobedece sus exigencias.