Nahui Olin, “una mujer sobrenatural”: Tomás Zurián

Más de 250 obras, provenientes de museos como el Munal, el de Arte Moderno, Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo, Casa Diego Rivera de Guanajuato, del Estanquillo, entre otros, y colecciones privadas, como la del mismo Zurián, Andrés Blaisten y Pérez Simón, conforman la muestra Nahui Olin.
La mirada infinita, abierta desde el viernes 15 en el primero de estos recintos. El biógrafo de la artista y curador de la exposición, resume su contenido y propósito, rebate en entrevista las leyendas que han demeritado al personaje en la etapa de su vejez.

 

Imaginar a Carmen Mondragón cabalgando, completamente desnuda, en el rancho de su familia no es difícil, puesto que su imponente carácter rompió con los cánones de su época y la llevaron a ser no sólo la reconocida y mítica pintora Nahui Olin, sino una mujer con muchos otros intereses, como la poesía, la filosofía, las matemáticas y las ciencias exactas. No hubo límites para su imaginación.

Pero esa sensual imagen que bien podría sumarse a las series de desnudos que le hicieron Antonio Garduño o Edward Weston, nunca existió. Sólo forma parte del imaginario, del mito construido en torno a la artista, en el cual se han incluido otros hechos falsos, como su locura y la miseria de sus últimos días que la orillaron, supuestamente, a vender sus fotos de desnudo en la Alameda Central vestida en harapos. 

Hasta la existencia de un pestilente abrigo de pieles curtidas de gatos que la cubrían en su deambular por la entrañable avenida San Juan de Letrán, hoy Lázaro Cárdenas, en el Centro.

El restaurador Tomás Zurián, quien fuera director del entonces Centro Nacional de Conservación de Obras Artísticas (Cencoa) del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), tenaz investigador de la vida y obra de la creadora (de la cual prepara una biografía) y su principal promotor (ha repartido hasta ahora más de 8 mil 200 fotografías con el fin de hacer su rostro tan reconocible como el de La Gioconda (Proceso, 1745), va desbaratando una a una las falsas historias:

¿Cabalgar desnuda?

“No lo hubiera permitido nunca la rígida disciplina moral, impuesta por su madre, doña Mercedes Valseca, y aún menos su padre, el general Manuel Mondragón, ya que hubiera provocado un escándalo en los altos niveles sociopolíticos en los que se movía. Creo que debemos descartar esta equivocada imagen de Carmen, surgida de un sinsentido.”

En su casa de Coyoacán, refugio de su pasión e interés artístico e intelectual por María del Carmen Mondragón Valseca (1893-1978), bautizada como Nahui Olin por el pintor Gerardo Murillo Dr. Atl, el especialista habla de la muestra Nahui Olin. La mirada infinita, abierta al público el viernes 15 de junio en el Museo Nacional de Arte (Munal), ubicado en Tacuba 8, Centro Histórico.

“La idea fundamental que anima a toda la exposición es ubicar a Nahui Olin en el lugar que le pertenece dentro del desarrollo de las artes plásticas, de la literatura y de todos los múltiples temas que abordó. Porque sus intereses culturales abarcan un amplio espectro temático, desde las teorías dionisiacas de Friedrich Nietzsche, la ironía burlesca de Voltaire, el refinado razonamiento de Blas Pascal, o los literatos como Alphonse Lamartine y Alfred de Musset. Desde niña estaba acostumbrada a leerlos, desde su estancia en París cuando su padre fue a realizar una serie de cañones y rifles para el gobierno de Porfirio Díaz.”

Más de 250 obras, provenientes de museos, como el propio Munal, el de Arte Moderno, Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo, Casa Diego Rivera de Guanajuato, del Estanquillo, entre otros, y colecciones privadas, como la del mismo Zurián, Andrés Blaisten y Pérez Simón, conforman la muestra, cuya adaptación curatorial es de Mariano Meza.

Se despliega en cuatro núcleos temáticos:

–Carmen Mondragón y la síntesis plástica.

–Nahui Olin: La ciencia como utopía moderna.

–El cuerpo como expresión inmanente.

–La materialización del recuerdo.

Hay piezas de Nahui y de artistas relacionados como el Dr. Atl, quien fue su pareja, Jean Charlot, Alfredo Ramos Martínez, y los fotógrafos Garduño y Weston.

Pueden verse sus dibujos, grabados y caricaturas. A decir de Zurián era una “espléndida caricaturista”. Se dio a conocer como tal cuando aún era Carmen Mondragón, entre 1914 y 1920, y vivía en San Sebastián, España, a donde se fue con su esposo el también pintor Manuel Rodríguez Lozano, después de los acontecimientos de la Decena Trágica (febrero de 1913), en los cuales participó su padre como ministro de Guerra y Marina del gobierno usurpador de Victoriano Huerta.

Misterio y tragedia

En su Inventario del 19 de marzo de 2012 (Proceso, 1846), José Emilio Pacheco muestra su desconcierto porque Nahui no alcanzó “la vida perdurable del mito al mismo nivel de Frida Kahlo, Antonieta Rivas Mercado o Tina Modotti”, y en cambio fue más trágica que ellas, comenzando por su inentendible boda, en agosto de 1913, amadrinada por Sara P. de Madero.

“… ¿a los seis meses del asesinato de su esposo y la vivisección de su cuñado (Gustavo A. Madero)?” –pregunta Pacheco– y dice más adelante:

“Los crímenes de la ‘decena trágica’ no prescriben ni se perdonan. Son para nuestra historia lo que el colaboracionismo pronazi para los franceses. Quizá la sangre de febrero haya caído sobre Carmen Mondragón. Ella, por supuesto, no tiene culpa alguna. Tal vez así se expliquen las desgracias de su existencia y su hasta hoy relativa oscuridad.”

Zurián defiende al general Mondragón, “como mi suegro” –bromea– pues dice que él no mandó a matar a Francisco I. Madero ni al vicepresidente Pino Suárez, aunque sí inició el levantamiento y se puso a las órdenes de Bernardo Reyes, quien pretendía suceder a Madero en la Presidencia, pero “el verdadero artífice de la muerte de ellos es Huerta, definitivamente”.

A lo largo de cuatro décadas de investigación acuciosa, cuyos primeros resultados se presentaron en diciembre de 1992 en la exposición Nahui Olin, una mujer de los tiempos modernos, en el Museo Estudio Diego Rivera, Zurián se ha encargado de traerla a la luz y darle el lugar que le corresponde, pues abarcó más áreas que las mujeres de su época, consideradas precursoras del feminismo, como Kahlo, Rivas Mercado o Lupe Marín:

“Nunca fue una feminista de pancarta o de estar luchando en las calles en favor de las mujeres, ella recurría al ejemplo, con sus actitudes verdaderamente libertarias tenía las críticas obsesivas de las gentes de buena conducta, que era contra todo lo que luchaba. Es una mujer emblemática.”

Ahí está como ejemplo, menciona, la exposición de sus fotografías al desnudo de septiembre 1927 en su taller-estudio de la calle de 5 de Febrero 18, donde mostró los retratos que le hizo Garduño. El poder de convocatoria de “esta insólita mujer” logró la asistencia de diferentes artistas (Armando García Núñez, Manuel Álvarez Bravo, Roberto Montenegro, la coleccionista Lola Olmedo,) y “dos secretarios de Estado, don Manuel Puig Casauranc, de Educación Pública, y don Luis Montes de Oca, de Hacienda y Crédito Público”.

Todos, destaca Zurián, admiraban la inteligencia de Nahui:

“Su legado tangible está integrado por sus obras plásticas y literarias, mientras su legado intangible, su indeclinable sentido de libertad que antepuso por encima de todos sus intereses humanos y culturales, como lo dejó asentado en una carta: ‘El único amante, al que debo ser fiel durante toda mi existencia es a mi principio de libertad’.”

Duele pensar que, siendo una persona que “vino al mundo a cambiar paradigmas, provocar y perturbar a las conciencias anacrónicas” y en quien “el concepto de ‘mujer’ alcanza niveles de epopeya”, como la describe el investigador, terminara deambulando como indigente y ofreciendo sus fotos de desnudo al mejor postor, y quizá hasta prostituyéndose. Zurián es enfático al señalar que se trata de “leyendas urbanas”:

“La venta de sus fotos es común y Adriana Malvido (autora del libro Nahui Olin) lo repite hasta la saciedad: que vendía sus pinturas, sus fotografías desnuda, en la Alameda y en la avenida San Juan de Letrán. Es una falsedad absoluta. Sin embargo, todas las leyendas urbanas, en el imaginario popular, parten de un elemento veraz que después es transformado de tal manera que ya no se conoce el origen”.

Explica que el origen de esta leyenda puede estar en el hecho de que efectivamente solía vender sus fotografías, pero no en la calle. Piensa que quizá, cuando necesitaba dinero –“aunque nunca le faltó y es mentira también que viviera en la indigencia”– se dirigía a gente de una determinada capacidad económica, como abogados o artistas. Les mandaba un escrito diciendo que haría un nuevo álbum de fotos directas (quizá de negativos originales), y les ofrecía el producto.

Sobre ello tiene notas originales en las cuales se leen los mensajes, lo cual –a decir suyo– aclara lo de la venta. Considera que su primer esposo, Rodríguez Lozano, pudo haber difundido parte de las leyendas, entre ellas que cabalgaba desnuda. Pero él lo llama “el ángel del mal, el emisario de la muerte” pues inventaba cosas y destruyó a otras personas como a Antonieta Rivas Mercado.

–José Emilio Pacheco lo describe como “el auténtico Beltenebros capaz de convertir en sufrimiento y muerte las vidas que cruzaron por su camino”.

–Era demoniaco, destruía instituciones y destruía seres humanos. 

Relata, como ejemplo, que celoso de que todos los Contemporáneos gozarán de las dádivas económicas de Rivas Mercado y sabiendo el amor que ella le profesaba no obstante que él era homosexual y estaba relacionado con otros artistas como Tebo (Ángel Torres Jaramillo), la puso contra la pared para que eligiera entre el teatro Ulises, fundado por ella, y él. Así, dice, se acabó esa institución que estaba contribuyendo al desarrollo teatral de México. 

Nahui Olin, describe el especialista, no vestía como indigente, usaba ropa económica porque ya no tenía pretensiones ni pensaba en seducir, aunque nunca careció de recursos económicos. Recibía su cheque como docente del INBA por 4 mil pesos mensuales (según los talones que conserva Zurián) y gustaba de ir a comer al Casino Español. Es verdad que llegó a los dispensarios públicos por comida, pero era para sus gatos, a quienes cuando podía les compraba carne.

Pregunta también cómo se puede decir que una mujer está en la miseria cuando gustaba de gastar en joyas. Asegura tener notas de remisión de un refrigerador en Sears de México de 2 mil 468 pesos, más 175 por mantenimiento prepagado; en 1971 compró un medallón y una cadena en 495 pesos. Y, el 2 de octubre de 1968, la tarde de la masacre de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, compró un par de aretes de rubí con brillantes y un anillo de brillantes por 2 mil 480 pesos. Igual abrigos de mil 800. En fin “una mujer que compra todo esto, jamás pudo haber estado en la miseria”.

De gatos y fantasmas

Nunca anduvo por la Alameda Central cubierta con un abrigo de pieles de gatos, “esto es aberrante”. Considera que el origen de esta leyenda pudo ser que ella, eso sí, gustaba de disecar a sus gatos favoritos cuando morían y los enviaba con un taxidermista. Entonces, ¿por qué tantas historias falsas? Rememora Zurián la leyenda urbana de otra mujer que se mezcló con detalles de la vida de Nahui:

“La confundían con El Fantasma del Correo. Era una vieja prostituta septuagenaria de muy mala fama que pululaba por la callecita que está detrás del Palacio de Postal (llamada Condesa). Era alta, delgada y vestía con harapos y andaba por ahí buscando todavía algún cliente.”

A raíz de la exposición de Nahui de 1992 el escritor y periodista Alejandro Íñigo publicó el reportaje Carmen Mondragón, la dama de los gatos, porque el autor la conoció dándole de comer a los gatos. Fue de los pocos que pudo abordarla porque sucedía lo que con Pita Amor, que agarraba a paraguazos a quienes se le acercaban.

Zurián cita a Íñigo, quien relata cómo, pese a ser muy reservada, pudo platicar con ella hasta que un día le reveló que se llamaba Nahui Olin. Sus maestros en la escuela de dibujo La Esmeralda le preguntaron si estaba sublimando su Edipo o por qué buscaba al Fantasma del Correo. Quiso conocer más y se fue a la búsqueda de esa otra mujer:

“Muchas veces fui a donde me dijeron que la podía encontrar, finalmente un día me topé con El Fantasma del Correo, una mujer alta, vestida con andrajos, con plastas con maquillaje…”, relató el periodista. Y lo más hermoso, remata Zurián, es cómo termina su texto:

“Entonces me topé con El Fantasma del Correo, por fortuna no era mi dama de los gatos.”

Para el curador de la exposición es la prueba de la confusión entre las dos mujeres, y de que no era Nahui la que deambulaba por esa zona del Centro Histórico.

La exposición busca mostrar también que la artista “era una pensadora que compartía las inquietudes intelectuales de su época… amaba la ciencia, pero paradójicamente también se interesaba por el espiritismo y las ciencias ocultas, como lo hicieron Camille Flamarion en Francia, los artistas del Futurismo italiano y el poeta Leopoldo Lugones en Argentina (quien nombró a Gerardo Murillo como Dr. Atl)”.

Además conoció a los Modernistas y “acaso el más conspicuo de ellos, José Gorostiza” le dedicó una “elogiosa reseña” a su primera obra Óptica cerebral. Poemas dinámicos. También escribió sobre ella el estridentista German List Arzubide. Publicó varios libros, como Energía cósmica, Cálinement je suis dedans (Tierna soy en el interior); Á dix ans son mon pupitre (A los diez años en mi pupitre).

“Todo va incluido, revistas antiguas, periódicos y textos en donde se habla de ella, se hace referencia a su obra. Y considero que dentro de todo este conjunto de cosas, es verdaderamente extraordinaria la documentación fotográfica, hay entre 80 y 90 imágenes de los más grandes fotógrafos mexicanos y al menos tres norteamericanos. Weston, obviamente, el fotógrafo oficial de la Metro-Goldwyn-Mayer.”

Nahui Olin vivió hasta el final de su vida en la casa de sus padres en la calle de General Cano 107, en Tacubaya, y murió en la recámara que siempre le perteneció:

“Nunca estuvo loca. Vivía en un mundo paralelo dominado por su poderosa individualidad.”

Y más aún, agrega, “era una noble anarquista que rechaza el autoritarismo de los gobiernos, y su laicismo le confiere el derecho de crítica al poder dogmático de las religiones”.

Decide morir a las 4:40 horas del lunes 23 de enero de 1978, pero su legado artístico e intelectual, su belleza y mito, pueden verse hasta en esta exposición exhaustiva Nahui Olin. La mirada infinita, abierta hasta el próximo mes de septiembre.

Hacia la despedida, Zurián permite que el fotógrafo Alejandro Saldívar capture cinco de sus retratos inéditos.